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El nubarrón del Servicio Militar
27/4/2004
Ivan Eland

Incluso algunas voces liberales — por ejemplo, el senador Joe Biden y The New York Times— están demandando que se aumenten los 135.000 efectivos estadounidenses y los 20.000 mercenarios en Irak con más tropas de los EE.UU.. Comprometer aún más a las fuerzas de la nación en el atolladero iraquí solamente incrementará la presión para reinstalar el servicio militar obligatorio. Otros liberales, tales como el congresista Charles Rangel, sin embargo, se encuentran defendiendo directamente un regreso a la conscripción. Retornar al servicio militar es una política terrible y es completamente innecesario, incluso si uno acepta la dudosa noción de que mantener grandes cantidades de efectivos estadounidenses atascados en Irak sea una buena idea.

En todos los niveles — desde el plano filosófico más elevado moviéndose a través de consideraciones prácticas de alcance-medio hasta las motivaciones políticas más bajas — reinstalar el servicio militar es una mala idea. El Presidente Bush insiste en que las fuerzas estadounidenses que están siendo extintas en una lejana e intensa guerra de elección en Irak están muriendo por nuestra libertad — una proposición dudosa dado que es cuestionable si ellos tan siquiera están peleando por la libertad de los iraquíes. Pero por el bien del argumento, digamos que tiene razón. ¿Deberíamos el resto de nosotros, sentados en casa en nuestros sillones reclinables, obligar a los jóvenes — y ahora posiblemente a las jóvenes — a renunciar a su libertad para potencialmente morir por la nuestra? Esclavizar a la gente para pelear por la libertad de otros hubiese sido aborrecible para los fundadores de una de las naciones más libres en la historia del mundo.

De manera más práctica, las fuerzas armadas de los EE.UU. no desean un regreso a la conscripción. Los militares han deducido que los soldados que se ofrecen como voluntarios para el servicio militar están más motivados para volverse mejores soldados que los no deseosos conscriptos. Muy pocos analistas militares sostendrían que las fuerzas armadas con conscriptos de la era de Vietnam eran mejores que las fuerzas armadas voluntarias de la actualidad — por lejos, las mejores del mundo. Solamente el imperial sobre estiramiento hasta el punto de quiebre inducido por los políticos podría obligar a los generales a considerar reinstalar el servicio militar. Las fuerzas armadas de los EE.UU. son enormes (2.3 millones de efectivos activos y de reserva) pero están esparcidas por todo el mundo para cumplir con los anticuados compromisos de seguridad. Por ejemplo, aún después de la Guerra Fría, los Estados Unidos retienen a 100.000 efectivos en el Este de Asía y a 100.000 en Europa. En el Este de Asía, las fuerzas estadounidenses están allí para contener una potencial invasión de Corea del Sur por parte de Corea del Norte. No obstante que los tiempos han cambiado desde la Guerra de Corea y la economía de Corea del Sur es ahora casi 24 veces la de la indigente Corea del Norte. Los Estados Unidos deberían retirar sus fuerzas y permitir que los ricos surcoreanos asuman más de la carga por su defensa.

En Europa, la situación es incluso más ridícula. El colapso del Pacto de Varsovia 15 años atrás no ha dejado amenaza alguna por contener para las fuerzas estadounidenses basadas en Europa. ¿Por qué siguen aún allí?

Las fuerzas armadas de los EE.UU. correctamente sostienen que aún sus gigantescas fuerzas son demasiado pequeñas para cumplir el grandioso objetivo de vigilar al mundo. La solución de algunos políticos y analistas es la de reclamar un fuerza mayor y un servicio militar para cubrir los grados en vez de descartar a los compromisos innecesarios o arcaicos. Esto es análogo a que los familiares de una persona que esta subiendo de peso exijan que el gobierno reclute por la fuerza a individuos para confeccionar vestimentas más grandes, cuando una solución más saludable sería que la persona perdiese peso. La única diferencia es que los trabajadores textiles conscriptos no serán asesinados durante su servidumbre.

Además, el ejército de los EE.UU. se ha reorganizado poco para las misiones de edificación de naciones post Guerra Fría que le han sido requeridas desempeñar durante los pasados 15 años. Comparadas con la potencial beligerancia acorazada de la Guerra Fría, tales misiones de edificación de naciones exigen menos tropas de combate y más fuerzas de apoyo (por ejemplo, unidades de la policía militar y de asuntos civiles). También, unidades blindadas y pesadamente mecanizadas son de uso limitado cuando se pelean guerras de guerrillas, tales como esas en Afganistán e Irak. A pesar de que muchas de tales unidades en el Ejército se encuentran parcialmente utilizadas, las fuerzas de apoyo en los componentes activos y de la reserva se encuentran en una oferta reducida y estiradas hasta el punto de quiebre. Una vez más, los políticos precisan tanto de obligar al Ejército para que se reorganice de modo tal que su dotación de personal sea empleado más óptimamente o, más preferiblemente, reducir o eliminar las misiones de edificación de naciones.

La conscripción — la cual mina las libertades de los jóvenes estadounidenses y la economía civil por su ausencia de las tareas altamente productivas — le permite a los políticos evitar la dura decisión de deshacerse de compromisos militares anticuados o de hacer más eficiente al Ejército. Pese a que poner en peligro las vidas de los jóvenes por una compensación insignificante podría ahorrar dinero del gobierno en una época de déficits presupuestarios, estos costos societarios ocultos (fuera del presupuesto) y las ineficiencias de un servicios militar serían asombrosas. La economía civil sería drenada del valor de miles de millones de dólares en trabajo capacitado.

Y al final llegamos a la política. La administración Bush y muchos en el Congreso se percatan de que involuntariamente arruinar las carreras de la juventud estadounidense y poner sus vidas en riesgo, exasperaría a unos hasta ahora latentes Estados Unidos medios. La conscripción fue un factor importante en volver impopular a la Guerra de Vietnam en casa y probablemente trazaría el final de la complicada aventura en Irak del Presidente Bush. Los políticos deberían andar con cuidado respecto de la conscripción o la mayoría silenciosa puede no permanecer silente.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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