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La separación de la escuela del Estado
25/2/2004
Wendy McElroy

En la estela de un tiroteo fatal, la seguridad para una escuela secundaria de Washington DC le fue oficialmente transferida la semana pasada al Departamento de Policía de la ciudad. Oficiales armados patrullarán los edificios.

Esta es una indicación más de los severos problemas que rondan al sistema de la escuela pública: violencia, drogas ilegales, medicamentos asignados por mandato tales como el Ritalin, pocos logros académicos, programas de enseñanza controversiales, percibido prejuicio contra los varones.

Los padres que desean explorar alternativas educacionales a su propia costa deberían ser alentados a hacerlo, no obstante lo opuesto está ocurriendo. Los defensores de la enseñanza pública ven a los otros sistemas educativos como amenazas a ser reglamentadas, desalentadas y a veces demonizadas. (A menudo el ingreso y las carreras de estos defensores dependen de la continuidad del financiamiento mediante los impuestos de las escuelas publicas.)

¿Tienen alguna validez sus críticas a las alternativas educacionales?

Dos de las más viables son la enseñanza hogareña y los aprendizajes. Ninguna le impide a alguien optar por las escuelas públicas; cada una meramente ofrece una opción sin cargo para el público. ¿Cómo podría alguien razonablemente objetar eso?

Una objeción se origina en asumir que las escuelas públicas son necesarias para que los niños se vuelvan instruidos. La pretensión es infundada. Con anterioridad a la difusión de la educación pública a comienzos del 1900, las tasas de quienes sabían leer y escribir en los Estados Unidos eran altas. Una estimación muy citada proviene de un libro escrito en 1812 a instancias de Thomas Jefferson. El estadista francés Pierre Samuel DuPont de Nemours, quien emigró a los Estados Unidos, declaró sobre los jóvenes estadounidenses: “No más de cuatro en mil son incapaces de escribir de manera legible, incluso cuidadamente.”

Otras fuentes también atestiguan una tasa de instrucción alta antes del 1900, una instrucción que surgió en gran medida de la educación en el hogar.

Apuntar al pasado es innecesario. Hoy día los estudiantes hogareños a menudo se desempeñan mejor en los exámenes estandarizados que aquellos de las escuelas públicas. En 2001, por ejemplo, los estudiantes hogareños que rindieron el examen SAT promediaron 568 en el examen verbal y 525 en matemáticas; el promedio nacional fue de 506 en el verbal y de 514 en matemáticas.

Además, las naciones que activamente alientan los programas de aprendizaje tales como Alemania y Suiza disfrutan de una muy alta instrucción. Claramente, las escuelas públicas no son un sendero necesario para esa meta social.

Dos críticas adicionales de las alternativas educacionales son comunes.

Primero, las alternativas debilitan al sistema de la escuela pública; y segundo, ellas perjudican a los niños.

El primer argumento asume que los padres divergentes deberían apoyar y fortalecer una institución social que ellos consideran que daña a sus hijos. Sus “obligaciones sociales” están ubicadas en conflicto con sus responsabilidades como progenitores. Ninguno de tales conflictos existe. Los padres que emplean su propio juicio y dinero para educar a sus hijos no privan a otro padre del mismo derecho. Si las escuelas públicas, con todas sus ventajas, no pueden competir con las opciones del mercado libre, entonces las mismas merecen ser debilitadas dado que los niños merecen algo mejor.

La segunda crítica es la de que las alternativas educacionales perjudican a los niños.

En los años 80, cuando la enseñanza en el hogar apareció en el radar social, estaba muy de cerca asociada con el Derecho Religioso. Los estudiantes hogareños eran vistos como extremistas y amateurs no calificados. A medida que la enseñanza en el hogar ingresó en la corriente mayoritaria y una generación de estudiantes hogareños calificaron bien en los exámenes, la sospecha pública se desvaneció.

La acusación del perjuicio cambió. De la educación hogareña se dice en la actualidad que enmascara el abuso infantil. Este era el mensaje claramente sugerido por un informe en dos partes de CBS News del 14 de octubre intitulado “A Dark Side to Homeschooling.” (”Un Lado Oscuro de la Enseñanza en el Hogar”) El informe creó un furor de protestas en la comunidad de la enseñanza en el hogar; el mismo alentó también a que los políticos bregaran por una legislación anti-educación hogareña.

La columnista conservadora Michelle Malkin examinó un pedido de legislación en New Jersey. Cuatro muchachos adoptados fueron encontrados muriéndose de hambre pese a que los funcionarios del bienestar infantil afirmaban haber visitado el hogar no menos de 38 veces. En vez de condenar a la burocracia, los políticos inculparon al hecho de que los padres adoptivos los habían educado en el hogar. Así, todos los estudiantes hogareños de New Jersey pueden llegar a estar sujetos a indignidades como verificaciones de sus antecedentes criminales y a obstáculos como reglamentos de la salud más estrictos que aquellas impuestas en las escuela públicas.

Malkin concluyó: “¡Dios prohíba que los niños sean enseñados por sus propios padres sin supervisión de todo el conocimiento, de todo el cuidado, infalible ... del monopolio del bienestar infantil y de la escuela pública!”

Con los aprendizajes, el concepto del perjuicio cae bajo el espectro del “trabajo infantil” aún cuando los modernos aprendices no soporten ninguna semejanza con las imágenes del siglo 19 que surgen ante el sonido de ese término. Los aprendices que ingresan en los programas en los EE.UU., por ejemplo, deben tener al menos 16 años de edad. Además, el aprendizaje como educación alternativa fue establecido como una cuestión atinente a la libertad paterna y religiosa por el caso judicial Wisconsin v. Yoder (1972).

La causa trató sobre la tradición de los Amish y de los Menonitas por la cual los niños eran empleados entre los 14 y los 16 años de edad en la granja familiar o en una ocupación familiar, como la carpintería, en lugar de asistir a la escuela como la ley usualmente lo exige. El tribunal halló que tal empleo no constituía perjuicio. En la actualidad, estos aprendices permanecen como un excepción de facto a las leyes sobre el trabajo infantil y abren la puerta para otras excepciones.

Mi propósito no es el de contender con los padres que envían a sus hijos a las escuelas públicas. Considero que el sistema es un fracaso brutal, pero los padres deben decidir por sí mismos. Defiendo el extender las alternativas mucho más allá del típico debate de la escuela privada versus la escuela pública, e incluso más allá de la enseñanza hogareña.

Los aprendizajes, los experimentos como Montessori y la School of Living, la educación auto-guiada, los mentores ... El costo de la educación pública no está medido solamente en los dólares provenientes de los impuestos. Un universo de posibilidades educativas ha sido obstruido por el intento de hacer cumplir un monopolio gubernamental sobre cómo, dónde, cuándo y qué los aprenden niños.

Traducido por Gabriel Gasave


Wendy McElroy es Investigadora Asociada en the Independent Institute y directora de los libros del Instituto, Freedom, Feminism and the State y Liberty for Women: Freedom and Feminism in the Twenty-first Century.




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