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La mayor historia de 2003
26/12/2003
Tibor R. Machan

¿Cuál fue la historia más grande de 2003? Fue la decisión del gobierno de los EE.UU. de ir a guerrear con Irak. ¿Por qué? Porque, entre todas, a pesar del resultado deseable de derribar a una dictadura viciosa, la misma fue una injustificada acción militar tomada por nuestro gobierno.

¿Qué justifica el ir a la guerra? Cuando un país es atacado; o cuando otro país con el cual se ha establecido un tratado razonable y justo es atacado; o cuando es inminente, según lo demostrado por una sólida información de inteligencia, que un país o un aliado será atacado. Entonces está justificado iniciar una acción militar contra un país que emprende el ataque o que está a punto de emprenderlo. Es para eso que los militares de un sistema justo de gobierno existen, para defender al país, pero no para emprender la guerra contra países con gobiernos que pueden muy bien merecer ser derribados.

Existen varios países truhanes a través del globo, siempre los ha habido y probablemente seguirá habiéndolos, dada la propensión de los gobiernos a ser despóticos, tiránicos, y opresivos. Hasta hace muy poco en la historia humana no han existido gobiernos con mucho mérito en ninguna parte porque ninguno de ellos ha hecho lo que justifica su establecimiento, a saber, proteger los derechos humanos básicos de sus ciudadanos. De hecho, probablemente todos los países antes del nacimiento de los Estados Unidos de América hayan sido ilegítimos, en sentido estricto. En vez de reconocer a sus habitantes como ciudadanos, los trataban como súbditos. Súbditos son personas subyugadas por los gobernantes, más o menos crueles y perversos, pero en todo caso gobernando injustamente, en última instancia ilegítimamente en términos de la ley justa, la cual se supone surge del consentimiento pleno de aquellos que están siendo gobernados.

Por consiguiente, difícilmente alguna guerra haya sido justamente emprendida por alguno de sus participantes, aunque algunas fueran menos culpables de injusticias que otras. Pero si uno toma seriamente la idea de los derechos humanos individuales, si, de hecho, tales derechos existen—como la Declaración de la Independencia estadounidense lo afirma y la Constitución de los EE.UU. procura traducir en las leyes—entonces no puede razonablemente dudarse que casi todas las guerras en la historia humana han esencialmente importado actos de mutua agresión. Las mismas fueron como matones procurando gobernar el territorio, sin ninguno de ellos teniendo justificación alguna para su conducta violenta. No hay duda, algunos matones son menos desagradables que otros, pero en la historia humana las guerras han ocurrido principalmente entre malandrines de mayor o menor gravedad.

Dado, sin embargo, que solamente cuando los ciudadanos de un país son atacados—o se encuentran demostrablemente próximos a ser atacados—está justificado ir a la guerra, está claro que el Presidente George W. Bush decidió hacer lo que era incorrecto. Por otra parte, él y su staff se percataron claramente de esto, puesto que tan impacientemente anticiparon razones bastante plausibles para sus acciones, razones que tenían solamente un defecto central—eran equivocadas o fabricadas. Si Irak hubiese tenido armas de destrucción masiva (WMD su sigla en inglés), o estuviera al borde de producirlas, hubiese sido de hecho justificado atacarlo. Eso es como que alguien saque un arma y le dispare a una persona que es sabido que se encuentra a punto de dispararle. Pero no importa cuán perverso un régimen pueda ser, si esta lacra no se encuentra violentamente dirigida contra los ciudadanos de un país, los militares de ese país no tienen justificación para atacar al régimen.

Existe una alternativa efectiva, por supuesto, pero la misma tristemente está fuera de moda y, de hecho, en gran medida es ilegal, aunque las leyes que la prohíben son en sí mismas injustas. La misma implica que los ciudadanos de otros países, junto con los sujetos de la nación sinvergenza, se alcen en apoyo de los ciudadanos tiranizados como voluntarios (quiénes no se encuentran compelidos como lo están todos los soldados para defender los derechos de los ciudadanos de su país). Mírelo de esta manera, desabridamente: mi guardaespaldas está obligado a defenderme pero no a circundar y defender a otros, incluso si esos otros están siendo atacados u oprimidos. Sin embargo, si yo deseo ofrecerme voluntariamente para ayudar a estos otros, eso podría estar plenamente justificado. Algo similar a estas líneas caracterizó a la guerra civil española en los comienzos del siglo veinte. En virtud de ello miles de civiles de todo el globo fueron allí a luchar para el gobierno relativamente liberal. Esto, sin embargo, no ocurrió en Irak. En cambio lo que aconteció en 2003 es que los militares estadounidenses dejaron su posta correcta para emprender una guerra allí donde no había ninguna justificación para emprenderla. Ninguna cuantía de doble discurso puede convertir esto en algo correcto, incluso si algunas buenas consecuencias netas surgieran de ello. Algunas muy malas lo hicieron también.

Traducido por Gabriel Gasave


Tibor R. Machan, es Investigador Asociado en The Independent Institute y Profesor de Filosofía en la Chapman University. Para más información sobre el tema de esta columna, véase su libro, Private Rights and Public Illusions (The Independent Institute, 1995).




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