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Las universidades cobran a lo grande por planes de estudio inútiles
11/11/2003
Wendy McElroy

Antes de enviar a sus hijos a los establecimientos universitarios en Norteamérica, los padres deberían leer dos nuevos informes.

Lo que se hace pasar por educación en muchas universidades no es meramente un bochorno intelectual; el mismo es además tremendamente costoso. La buena noticia: un foco está brillando en al actualidad sobre estos problemas, y los estudiantes en un futuro cercano podrían recibir la calidad de educación por la cual sus padres han estado pagando a través de los aranceles y de los impuestos.

El primer estudio, Death of the Liberal Arts? (¿La Muerte de las Artes Liberales?) fue hecho público el mes pasado por el Independent Women’s Forum (Foro de Mujeres Independientes). Melana Zyla Vickers examinó los planes de estudios de los 10 principales colegios universitarios de artes liberales según la clasificación del autorizado U.S. News and World Report. Concluyó: “Aún en el mejor de los casos ... los alumnos que se inician no pueden obtener una educación sólida en historia, literatura y en otros aspectos esenciales de la civilización.”

Entre el conocimiento que los nuevos alumnos no encontrarán se incluye un curso sobre Shakespeare en Bowdoin, alguna sinopsis de la historia estadounidense en Amherst y una síntesis sobre algún periodo literario en Swarthmore. Mientras tanto, los nuevos alumnos en el William College pueden explorar áreas tan esotéricas como un curso de inglés sobre “el deseo del hombre ... de tomar, ordenar, idealizar y copiar la bondad de la naturaleza mientras humaniza, saquea y destruye el medio ambiente” aun cuando no exista un curso integral en historia.

Solamente tres universidades ofrecen a los estudiantes “un curso que a penas podría ser calificado de Civilización Occidental.” Solamente tres reciben un “aprobado”: Es decir, proporcionan una introducción integral al inglés, la historia y las ciencias políticas, lo cual constituye la base de una educación en las artes liberales.

No obstante, para un alumno nuevo el costo de graduarse de uno de los “diez mejores” podría rondar una suma tan alta como los $120.000.

Un segundo informe, producido por la College Board, una asociación de escuelas sin fines de lucro, Trends in College Pricing 2003 (Tendencias en los Precios Universitarios 2003), destaca: “el costo de la matrícula y los aranceles universitarios se incrementaron un promedio de $579 en las instituciones públicas con carreras de cuatro años, $1,114 en las instituciones privadas con carreras de cuatro años, y $231 en las instituciones públicas con carreras de dos años” en 2002.

La mayoría de los estudiantes pagará menos por la enseñanza que lo que surge de los catálogos pero sus padres, como contribuyentes, aún se harán cargo de la cuenta. El informe explica: “Casi el 60 por ciento de los no graduados reciben alguna forma de asistencia financiera para ayudarlos a pagar la universidad.” El año 2002 al 2003 vio una cifra record de asistencia financiera estudiantil—$105 mil millones. Pese a que la mayor parte de la ayuda es otorgada como prestamos estudiantiles que deben ser repagados, “más de $40 mil millones de [no-repagables] subvenciones de asistencia fueron distribuidos a los estudiantes universitarios por los gobiernos federal y estadual y por los colegios y las universidades.”

Utilizando investigaciones del National Center for Educational Statistics, Neal McCluskey del Cato Institute suministra la relación del impuesto con el financiamiento privado. “Más de la mitad de los ingresos de las universidades públicas—$79 mil millones—fueron extraídos directamente de los contribuyentes federales, estaduales o locales, mientras que solamente el 18,5 por ciento provino de los aranceles estudiantiles y de las matrículas.”

Un creciente número de padres se están cuestionando si el dinero—público o privado—es bien empleado. Es decir, ¿ se educa realmente con el mismo a sus hijos?

El 5 de octubre, el New York Times publicó un trabajo de Greg Winter intitulado, “Jacuzzi U.? A Battle of Perks to Lure Students.” (“¿Desea un Jacuzzi? Una Batalla de los Beneficios para tentar a los Estudiantes). Winter informó de los competitivos gastos en amenidades mediante los cuales algunas universidades esperan atraer a los estudiantes.

Entre dos de sus ejemplos: “La Ohio State University está gastando $140 millones para construir a lo que sus pares envidiosamente se refieren como el Taj Mahal, un complejo de 657,000 pies-cuadrados ostentando kayaks y canoas, jaulas de interior para practicar baseball y cursos de lazos, masajes y un muro de escalamiento lo suficientemente grande como para que 50 estudiantes lo escalen simultáneamente. En el tablero de dibujo de la University of Southern Mississippi hay planes para un parque acuático hecho y derecho, completo con cursos de agua, un río serpenteante y algo llamado un puente húmedo—una lámina de agua plana y movediza de modo tal que los estudiantes puedan acostarse y mantenerse frescos mientras toman sol.”

No queda claro si los ejemplos precedentes son excepciones o una tendencia. Ni si el plan de estudios de los “10 principales” es típico o el resultado de otros factores, tal como su elitismo. Cualquiera sea la respuesta, lo cierto es que importes significativos de dinero de los impuestos y de la matrícula están siendo distraídos en proyectos no-académicos así como también en cursos que no elevan la calidad de la educación. Posiblemente, los cursos la disminuyen.

Aquellos que creen que una educación universitaria debería preparar a los estudiantes para la vida y para subsistir desean saber cómo el plan de estudios puede ser mejorado y el dinero gastado de una mejor manera.

Sobre los programas de estudios: algunos de los problemas hoy día son atribuidos a la penetración de la corrección política en el ámbito universitario. “Death of the Liberal Arts?” concluye con una alentadora sección intitulada “It Wasn”t Always This Way” (“No Fue Siempre Así.”) Vickers destaca que el “cambio hacia la corrección política es relativamente nuevo.” Por ejemplo, tan tarde como en 1989, tanto Wellesley como Swarthmore “aún ofrecían comprehensivas revisiones de la historia estadounidense y europea para los nuevos alumnos.” Hay una solución obvia: volver a un plan de estudios en el cual el conocimiento sea más valorado que la corrección política.

Los académicos se resistirán al intento de que se los haga responsables ante aquellos quienes pagan sus salarios. Una solución: remover los obstáculos a la responsabilidad, tal como la inmovilidad del cargo. Al mismo tiempo, privatizar tanto del sistema universitario como sea posible a fin de que el mismo le responda a sus “clientes”—es decir, a los padres y los estudiantes que adquieren y consumen sus servicios.

Si los clientes valoran la corrección política o los parques de agua, entonces ellos pueden pagar el costo tanto en estándares académicos más bajos como en unos aranceles académicos que se incrementan. Mientras tanto, aquellos quienes valoran el conocimiento y la habilidad pueden disfrutar de los comparativamente modestos y mínimos aranceles académicos que les costaría adquirirlos.

Traducido por Gabriel Gasave


Wendy McElroy es Investigadora Asociada en the Independent Institute y directora de los libros del Instituto, Freedom, Feminism and the State y Liberty for Women: Freedom and Feminism in the Twenty-first Century.




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