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Mero “aislacionismo”: La política exterior de la “vieja derecha”
1/2/2000
Joseph R. Stromberg

Una de las “causas perdidas” a la cual los libertarios estamos ligados—y una de las más importantes—es a la de la Vieja Derecha “aislacionista”. Según lo empleado por Murray Rothbard, entre otros, el término la “Vieja Derecha” se refiere a una frágil coalición opuesta al New Deal en sus aspectos domésticos y externos. Mientras que no seguían una estricta línea partidaria, los “Viejos Derechistas” hablaban en gran medida desde la perspectiva del liberalismo clásico y del republicanismo clásico. Esto les valió epítetos como “conservadores” y “reaccionarios” dado que esos dos puntos de vistas se encontraban arraigados en la vida estadounidense real. Teniendo algo que conservar los hacía “conservadores”—una cosa terrible desde el punto de vista del Partido del Progreso. Ésta era una etiqueta que muchos en la Vieja Derecha rechazaban, sosteniendo con cierta terca futilidad que ellos eran los verdaderos “liberales” estadounidenses.1

La Vieja Derecha estaba efectivamente muerta antes de 1955 con el fallecimiento, la derrota electoral, o el retiro de muchas de sus figuras prominentes. Fundamentalmente, la Derecha se encontraba experimentando una transformación ideológica a medida que los nuevos voceros (de aquí en adelante denominados la “Nueva Derecha”) se apresuraban al intervencionismo y el imperio de ultramar bajo los slogans y las políticas de la Guerra Fría inventados en gran parte por los Liberales del Establishment.2 En un interesante caso de retraso cultural, la prensa estadounidense continuaba refiriéndose a los “conservadores” o lo que fuese como “aislacionistas” hacia fines de los años 50. No tomaron completamente en cuenta la transformación de la Derecha hasta 1964, cuando tuvieron que denunciar a Barry Goldwater como un coterráneo inhumano, de gatillo fácil que deseaba inmolar a pobres niñitas recolectoras de flores en un Armageddon nuclear, a diferencia de Ole LBJ, quien nunca, jamás nos involucraría en una guerra más amplia en ninguna parte. Pero al menos, finalmente se percataron de la existencia de la Nueva Derecha. Como Carl Oglesby lo precisaba (hablando de Vietnam), la Nueva Derecha Goldwaterista “acepta la descripción política [de la guerra] y por lo tanto quisiera que la guerra fuese más ferozmente peleada”3—un punto que se aplica a la totalidad de la Guerra Fría. Para los Goldwateristas, eran necesarias políticas mucho más activas para “ganar” esa gran lucha cósmica que aquellas emprendidas por los ineptos Liberales.

Premisas Problemáticas

El problema estaba en las premisas, y esto me trae de nuevo a la distintiva implementación de políticas exteriores de la Vieja Derecha. Era difícil precipitar a la Vieja Derecha en vanas cruzadas que involucraran al Bien Total contra el Mal Total. Como críticos de nuestra intervención en la Primera Guerra Mundial, estaban al tanto de los costos de las cruzadas ideológicas grandiosas y de la guerra en sí misma. ¡Esto—antes que un cierto cariño inexplicado por los gobiernos extranjeros conocidos por sus grandes desfiles y saludos graciosos—cuenta para su participación en el Primer Movimiento Estadounidense.4 Ciertamente, los Liberales lo “explicaban” en base al punto de vista de que cada uno a su Derecha tenían malos motivos (¡fascistas! ¡Nazis!), mientras que aquellos a su Izquierda—los Stalinistas me vienen a la mente—eran básicamente buenos pero demasiado apresurados. (Creo que podemos rechazar esta construcción.) Para algunos Viejos Derechistas la aversión a la intervención y a la salvaguardia del mundo continuó durante los albores del período de la Guerra Fría.

Estos supuestos “aislacionistas” (para utilizar el término impuesto contra ellos por sus enemigos intervencionistas) se preocupaban del riesgo de la guerra, de los costos de la guerra, y de las consecuencias domésticas de la política imperial. Entendían bien la declaración de Randolph Bourne de que “la guerra es la salud del estado.” La movilización permanente en épocas de paz—la esencia de la Guerra Fría—fomentaba muchas políticas indeseables. La conscripción era especialmente mala. El Senador Robert Taft de Ohio la llamó “esencialmente totalitaria” y agregó, “es la prueba más extrema de toda nuestra filosofía. . . tuvimos que haber combatido para abolir el totalitarismo en el mundo, tan solo para establecerlo en los Estados Unidos.” Cuando la administración Truman presentó la legislación para la conscripción de épocas de paz, o UMT (sigla en inglés para el entrenamiento militar universal), el diputado Howard Buffett de Nebraska sostuvo que el Servicio Selectivo “le probaría al mundo que Hitler tenía razón—que la amenaza del comunismo defuera justifica el militarismo y la regimentación en casa.” El diputado Lawrence Smith de Wisconsin sostuvo que no habría “escape alguno” a los “controles económicos, los controles de la mano de obra, y a la regimentación que acompaña al poder dictatorial.”5

Felix Morley, presidente del Haverford College, escribió en 1955 que la centralización debe acompañar a nuestra política exterior cada vez más imperial. Nuestras instituciones, “antes que nuestra política imperial. . . serán modificadas.” El Congreso se estaba tornando una mera estampilla para las agencias que trabajaban en el mayor de los secretos como la CIA y la AEC (sigla en inglés para la Comisión de Energía Atómica). En 1957, Morley escribió en Modern Age que los Estados Unidos han alcanzado un punto en el cual “tenemos un interés creado en la preparación para la guerra.” Los gastos para la defensa eran un sustento fundamental del pleno empleo total y éramos peligrosamente adictos al mismo. Detrás del telón de secreto que la Guerra Fría hizo posible, estábamos “perdiendo la sustancia del auto gobierno” hacia una naciente “auto perpetuada elite directiva.”6

El veterano escritor anti-New Deal John T. Flynn, una figura central de la Vieja Derecha, escribía en 1955:

Por medio de la guerra y de la confusión de la posguerra, nuestro gobierno ha manejado mantener en marcha una prosperidad perniciosa, basada en continuos impuestos confiscatorios, endeudamiento sin fin, aventuras fantásticas en el exterior, un deshonesto pretexto de guerra contra el soviet al cual salvamos con nuestra asistencia militar y perpetuamos con nuestro Tesoro, y al cual ahora cuidamos como a un enemigo—no porque le temamos a su torpe sistema en un sentido militar—sino porque lo necesitamos. Lo necesitamos como el enemigo que este sistema corrupto requiere para mantener en marcha a los impuestos y al endeudamiento y al gasto.7

Tal crítica penetrante se desvaneció de la Derecha, o de la Nueva Derecha, hacia mediados de los años 50, y quienes la sostenían como Morley y Flynn quedaron cada vez más aislados. La Vieja Derecha detestaba al comunismo soviético. Su poder, allí donde existese, los inquietaba. Pero rechazaban cerrar los ojos a los peligros del imperio estadounidense, de la burocratización estadounidense, y del militarismo estadounidense. El intervencionismo sostenido, bajo el estandarte de la Guerra Fría como bajo cualquier otro, amenazaba profundamente a la históricamente única cultura de la libertad de los Estados Unidos.

Quizás nadie en la Vieja Derecha destacó esto tan bien como el industrial Ernest Weir en un discurso a comienzos de 1951:

Así las cosas oímos demasiado poco de parte de nuestra conducción que sea positivo y constructivo. Nos dicen que debemos prepararnos para soportar 5-10-20 años de tensión. . . de expansión gubernamental y de costos gubernamentales. . . de ampliación de los controles gubernamentales. . . de altos impuestos. . . del servicio militar para nuestra juventud. . . de una economía de un estado militarizado. Piense en lo que esto significará. Significará que antes de 20 años—si termina para entonces—habremos tenido dos generaciones enteras de estadounidenses que nunca han tenido la oportunidad de conocer a los verdaderos Estados Unidos. No tendrán experiencia alguna con la verdadera independencia individual que hiciera grande a este país sino por el contrario aceptarán como un cosa acostumbrada, el control detallado sobre sus vidas privadas por parte de una poderosa central gubernamental.8

Durante la Alta Guerra Fría tales iniciativas eran propensas a emanar tanto de la Derecha como de la Izquierda. Una ilustración perfecta es una colección de ensayos “conservadores” sobre el federalismo, publicado en 1961. Una gran parte de los colaboradores del mismo despreciaban a la descentralización y a la Décima Enmienda y solicitaban unos esfuerzos federales sin fin e hipertiroidiales—ayuda federal para la educación, la construcción de caminos, la desagregación, etcétera, en nombre de la “fortaleza nacional” necesaria para ganar la Guerra Fría. ¡Un colaborador incluso exigía un código de edificación federal de modo tal que cada uno tuviese un refugio anti bombas cuando los rusos nos atacasen! Los pobres Russell Kirk y James Jackson Kilpatrick hicieron poco progreso defendiendo la “democracia territorial” y los derechos de los estados en esa muchedumbre.9

Después de más de 40 años de Guerra Fría y sin ningún “desmantelamiento” real de sus estructuras,—incluyendo a nuestra vieja amiga, la OTAN en vista—a pesar del colapso del enemigo oficial, puede ser tiempo de echarle otra mirada a la crítica de la Vieja Derecha a la Guerra Fría y a la intervención.

Quienes Eran

La Vieja Derecha estaba compuesta principalmente por los Republicanos del ala derecha quienes deseaban evitar los costos institucionales y económicos de la guerra y del imperio. Como tales, los mismos no son vistos como dignos predecesores por la Izquierda pacifista y sus revelaciones han sido abandonadas por la mayoría de sus sucesores Republicanos. No obstante, vieron que convertir a los habilitaciones autoritarias de la guerra en políticas permanentes “de tiempos de paz” era el mejor camino al estado militarizado. Al mismo tiempo, la extensión de los “intereses” de los EE.UU. por todo el mundo estaba convirtiendo a la Vieja República en un Imperio.

Arthur Ekirch, Bruce Porter, y Robert Higgs, entre otros, han observado la intima unidad entre la intervención social en el país y la intervención militar en el exterior.10 Ese gran liberal humanitario y clásico Herbert Spencer escribió que “las políticas internas y externas de una sociedad se encuentran tan ligadas, que no puede haber una mejoría esencial de la una sin una mejora esencial de la otra.”11 Uno podría agregar que un empeoramiento de la una opera junto con un empeoramiento de la otra. De esta manera, difícilmente fue accidental que tantos reformadores sociales de fines de siglo nunca pudiesen elogiar demasiado a la guerra y al imperialismo. (Teddy Roosevelt es tan solo uno que me viene a la mente.)

La Vieja Derecha era bien conciente de la unidad filosófica de ambas esferas de intervención. El Senador Taft lo puntualizó bien:

Existen muchos buenos estadounidenses que hablan acerca de un siglo estadounidense en el cual los Estados Unidos dominarán al mundo. . . Si confinamos nuestras actividades al campo del liderazgo moral seremos exitosos si nuestra filosofía es sana y apela a los pueblos del mundo. El problema con aquellos que abogan por esta política es que ellos realmente no se confinan a sí mismos al liderazgo moral. Se encuentran inspirados por la misma clase de ideas de control planificado del New Deal en el exterior como las recientes Administraciones han deseado hacerlas cumplir dentro del país. En sus corazones desean imponer sobre estos pueblos extranjeros mediante el uso del dinero estadounidense e incluso, quizás, de las armas, políticas cuyo liderazgo moral es capaz de avanzar solamente mediante la fuerza sana de su principios.12

Esto resume mucho de la Doctrina Truman, la Doctrina Nixon, la Doctrina Bush, y la Doctrina Clinton. (Sí, él, también, pavimenta juntas a las “doctrinas”, cuando no se encuentra ocupado de otra manera.) Dejo fuera a un par de presidentes porque no estoy seguro de si realmente tenían “doctrinas” como tales. Ciertamente todos ellos tuvieron políticas del mismo tipo. JFK genuinamente deseaba llevarnos hacia adelante, en el país y en el exterior, pero con más entusiasmo, drama, vigor, y contra-insurgencia que con la que el anodino compañero Eisenhower fastidiaba. Esto funcionó muy bien, especialmente en el Sureste de Asia. Su heredero, Lyndon Johnson, ilustra el punto perfectamente: ¡una de sus grandes inspiraciones era la de intentar sobornar a Vietnam del Norte para que abandone la guerra ofreciéndole una suerte de Autoridad del Valle de Mekong modelada en base a la TVA! La Doctrina Clinton parece involucrar la exportación de toda la nueva clase estadounidense de decepciones acerca de los derechos del bienestar y los derechos civiles, bombardeando a aquellos que no se contentan lo suficientemente rápido, y entonces estableciendo grandes proyectos civiles para reconstruir a las ciudades de aquellos que se sometan. Finalmente, y como Dave Barry—no estoy maquillando esto—el fijador y factotum político de FDR Harry Hopkins opinó en 1941 que Hitler solamente podría ser derrotado por “el New Deal universalmente extendido y aplicado.”13

En 1991, el columnista Charles Krauthammer escribió que el renovado “aislacionismo” a ambos lados del espectro político planteaba una grave amenaza para la apropiada (intervencionista) política exterior estadounidense. La amenaza provenía de los aislacionistas del ala derecha (¿los imbéciles del Oeste medio quienes rechazaban aprender francés?) y los ex “pacifistas” traumatizados por Vietnam. En aquel entonces, Krauthammer tenía una lista larga de deseos de “amenazas” anticipadas y de intervenciones: “Corea del Norte, Libia, Pakistán, Irán, África del Sur.”14, Me encontraba listo para observar a las Legiones de Respuesta Flexible de JFK hacer llover muerte sobre el pagano y luego compensarlo con paredes de yeso, estableciendo cocinas de sopa, y celebrando seminarios sobre el liberalismo de los grupos de interés y las prácticas electorales en el Condado de Cook, en Illinois. (el Dr. New Deal, conoció al Dr. Ganar la Guerra Perpetua.) Después de todo, John Kennedy nos empantanó en Vietnam y fundó los Boinas Verdes y los Cuerpos de Paz. Teniéndolo de las dos formas nunca lo tuvo muy bien.

Desde 1991, hemos descubierto que algunos de los pacifistas disfrutan bombardeando a los extranjeros, y el mismo Krauthammer descubrió una intervención que no le agradó, y por esto debiera ser elogiado. En cualquier caso, el “aislacionismo” renovado en cualquier parte—Izquierda o Derecha—y con cualquier nombre es algo acerca de lo cual regocijarse. Aún así, la tarea es inclusive más desalentadora de que lo que Ernest Weir predijo, dado que tres, en vez de dos, generaciones han crecido bajo la impresión de que todas las incursiones efectuadas contra la libertad y la propiedad en esa extensa época son “normales” e incluso, en una clase de humorada, “constitucionales.”

El científico político Bruce Porter sugiere que existe algún motivo para la esperanza. Escribe que “al final de la Guerra Fría, a pesar de los casi cincuenta años de movilización nacional total o parcial, la sociedad civil en los Estados Unidos permanece más fuerte, más independiente de criterio y más anti estatista que en virtualmente cualquier país de Europa o de Asia.” El ser más anti estatista que las masas heroicas de Natovia puede, sin embargo, no ser del todo suficiente. El estado realzado, el cual creció bajo el pretexto del estado extranjero sin fin, trasciende sus orígenes militares y adquiere una nueva raison d''''''''''''''''''''''''''''''''''''''''''''''''''''''''''''''''état como el piloto de la economía y proveedor del bienestar social. Fundamento Militar o no, el estado estadounidense no irá apacible hacia ésa buena noche.”15


Notas:

1. Véase Murray N. Rothbard, “Confessions of a Right Wing Liberal,” Ramparts, 15 de junio, 1968, pp. 48-52, y “The Transformation of the American Right,” Continuum, Summer 1964, pp. 220-31. Véase también Justin Raimondo, Reclaiming the American Right: The Lost Legacy of the Conservative Movement (Burlingame, Calif.: Center for Libertarian Studies, 1993).

2. Véase el editorial, “The Ultra-Right and Cold War Liberalism,” Studies on the Left, vol. II, no. 1 (1962).

3. Carl Oglesby, “Vietnamese Crucible: An Essay on the Meaning of the Cold War” en Carl Oglesby y Richard Shaull, Containment and Change (London: The Macmillan Company, 1967), pp. 36-37.

4. Sobre las manchas contra la AFC, véase Michele Flynn Stenehjem, An American First: John T. Flynn and the America First Committee (New Rochelle, N.Y.: Arlington House, 1976), esp. Capítulo 7, “Anti-Semitism and Profascism in the AFC: Fact and Fiction.”

5. Robert A. Taft, “Compulsory Military Training in Peace Time,” Vital Speeches of the Day, 1 de julio, 1945, p. 557; Howard Buffett, Congressional Record, 15 de junio, 1948, pp. 8362-63; Lawrence Smith, ibid., 17 de junio, 1948, p. 8707.

6. Felix Morley, “Conservatism and Foreign Policy: Either the Constitution or the Policy Must Give Way,” Vital Speeches, 15 de enero, 1955, pp. 974-79, y “American Republic or American Empire,” Modern Age, Verano 1957, pp. 20-32.

7. John T. Flynn, The Decline of the American Republic (New York: Devin-Adair, 1955), p. 161.

8. Ernest T. Weir, “Good Government and a World at Peace,” Vital Speeches, 15 de junio, 1951, p. 732.

9. Robert A. Goldwin, ed., A Nation of States: Essays on the American Federal System (Chicago: Rand McNally, 1963).

10. Véase Arthur A. Ekirch, Jr., The Decline of American Liberalism (New York: Atheneum, 1969 [1955]), especialmente el Capítulo 11, “The Progressives as Nationalists”; Bruce D. Porter, War and the Rise of the State: The Military Foundations of Modern Politics (New York: Free Press, 1994); y Robert Higgs, Crisis and Leviathan (New York: Oxford University Press, 1987).

11. Herbert Spencer, The Man versus the State, ed. Donald MacRae (Baltimore: Penguin Books, 1969), p. 189.

12. Robert A. Taft, A Foreign Policy for Americans (Garden City, N.Y.: Doubleday & Company, 1951), pp. 17-18.

13. Harry Hopkins citado en John Charmley, Churchill’s Grand Alliance (New York: Harcourt Brace & Co., 1995), p. 20.

14. Charles Krauthammer, “The Lonely Superpower,” The New Republic, 29 de julio, 1991, pp. 23-27.

15. Porter, pp. 293-94.

Traducido por Gabriel Gasave


Joseph R. Stromberg es Investigador Asistente en The Independent Institute.



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