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Las 10 principales razones para no “hacer” Irak
22/8/2002
Ivan Eland

Aunque el Presidente Bush no ha decidido formalmente invadir Irak, los emocionales golpes en el pecho de la prensa por parte de anónimos halcones civiles de alto nivel en su administración han alcanzado un crescendo. Y mientras los halcones, desde el 11 de septiembre, han hecho que luzca antipatriótico todo cuestionamiento acerca de dicha invasión, un análisis cuidadoso sugiere que tal respuesta de elevada testosterona sea evitada por 10 razones:

1. Un elevado número de muertes puede resultar en el país o al exterior. El Secretario de Defensa Donald Rumsfeld admite que Irak tiene armas biológicas y químicas. Enfrentado con la destrucción de su régimen (y posiblemente con su propia muerte), Hussein tendría un gran incentivo para utilizarlas contra las fuerzas de los EE.UU., Israel, los yacimientos petrolíferos, o aún el territorio de los EE.UU.. Si los zaparrastrosos terroristas de al Qaeda pudieron operar sobre el suelo de los EE.UU. sin ser detectados por años, entonces agentes de inteligencia iraquíes más altamente entrenados podrían contrabandear armas químicas o biológicas (y pueden ya estar haciéndolo). Los militares de EE.UU. han sido poco entusiastas respecto de emprender una invasión de Irak debido a los temores de elevadas muertes tras una lucha urbana o de dichas armas de destrucción masiva iraquíes .

2. La ocupación de un país islámico por parte de los Estados Unidos podría convertirse en un afiche de reclutamiento para los terroristas islámicos. Deberíamos recordar la movilización mundial de los radicales islámicos para combatir a los Soviéticos en Afganistán. Una invasión de Irak jugaría a favor de al Qaeda. Los terroristas esperan una respuesta excesiva e intrusiva de su adversario de modo tal que puedan reclutar más partidarios.

3. Invadir y ocupar Irak distraería al gobierno de EE.UU. de la tarea vital de destruir a un enemigo que ha atacado efectivamente al territorio de EE.UU.—al Qaeda. Las agencias de inteligencia de EE.UU. no tienen al parecer ninguna evidencia contundente que ligue a Irak con los ataques del 11 de septiembre. Como se trata de una invasión no provocada de los EE.UU. a Irak, sin apoyo internacional, es relevante para la legítima guerra contra los adversarios terroristas de los Estados Unidos.

4. La amenaza por parte de Irak es exagerada. Otros países despóticos tienen o están procurando armas de destrucción masiva (Siria, Libia, Corea del Norte, Irán, Pakistán, y Arabia Saudita), han invadido a sus vecinos (Siria, Libia, y Corea del Norte), e incluso empleado armas químicas (Libia en Sábalo durante los años 80). Por otra parte, el ejercito de Irak ha sido devastado por la Guerra del Golfo y una década de sanciones. Los estadounidenses deberían preguntarse porqué los Estados Unidos—a medio mundo de distancia—se encuentran más preocupados respecto de la amenaza iraquí que los propios vecinos de Irak.

5. Los grupos terroristas a los que Irak apoya no enfocan sus ataques contra los Estados Unidos. Tales grupos concentran sus ataques contra blancos en el Oriente Medio.

6. Aunque poco satisfactoriamente, la política de contención de EE.UU. ha funcionado. Si los Estados Unidos pudieron contener con éxito a una superpotencia (la URSS) por más de 40 años hasta que se derrumbó, pueden continuar conteniendo al dictador de una nación pequeña y pobre hasta que muera o sea derrocado.

7. Una invasión de EE.UU. a Irak podría desestabilizar o derribar gobiernos amigos en Turquía, Jordania, Egipto, Kuwait y Arabia Saudita. Enardecidas poblaciones Islámicas podrían levantarse contra esos regímenes, los cuales se encuentran cercanamente alineados con los Estados Unidos.

8. Los Estados Unidos podrían aislarse diplomáticamente o tener que gastar grandes cantidades de capital diplomático para ganar apoyo para la invasión. Las ya mencionadas naciones islámicas amigas—algunos de cuyos territorios serán necesarios para lanzar cualquier invasión—y los aliados europeos se encuentran casi universalmente poco entusiastas respecto de tal operación militar. Los Estados Unidos tuvieron que ofrecerle a Turquía cerca de $5 mil millones (billones en inglés) en condonación de deuda y otros estímulos financieros para obtener el renuente apoyo turco para un ataque de EE.UU. contra Irak.

9. En una época de desaceleración económica y de tinta roja para el gobierno de EE.UU., una invasión y una ocupación de largo plazo de Irak podrían costar miles de millones de dólares (billones en inglés), reventar el presupuesto y lanzar a la economía de EE.UU. a un colapso. La Guerra del Golfo costó $80 mil millones (en dólares del 2002). Debido a que los Estados Unidos estarían probablemente enfrentados con una larga ocupación de Irak para estabilizar al país después de la invasión, es probable que el costo sea más alto esta vez. Y a diferencia de la Guerra del Golfo, ninguna ayuda financiera de otras naciones puede esperarse para solventar los costos.

10. La amenaza de guerra en el Oriente Medio o de una pérdida de producción ante el combate real podría hacer que el precio mundial del petróleo se elevase enormemente. Luchar en Irak podría reducir la producción petrolífera allí, al igual que cualquier ataque Iraquí contra los campos petrolíferos kuwaitíes y sauditas usando mísiles armados con armas de destrucción masiva.

Después de un sobrio análisis, uno debe concluir que los políticos civiles asignados en la administración deberían detener el vociferado apoyo para la guerra y escuchar los consejos de moderación de aquellos en las fuerzas armadas que tendrían que luchar y morir en dicho enfrentamiento. La supervivencia de Hussein en los 11 años posteriores a la Guerra del Golfo—combinada con su demonización por parte de tres administraciones estadounidenses—ha llevado a muchos a exagerar la amenaza que el déspota representa y a minimizar los costos de desechar la política de contención que lo ha contenido con eficacia.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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