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La Primera Guerra Mundial y la supresión del disenso
1/4/2002
Wendy McElroy

Los años que rodearon a la participación de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial fueron una divisoria de aguas para el modo en el que el país trató a los extranjeros dentro de sus fronteras durante las épocas de conflagración. Los inmigrantes habían llegado a los Estados Unidos hacia finales del siglo 19 y principios del 20. Cuando los EE.UU. le declararon la guerra a Alemania el 6 de abril de 1917, casi un tercio de los estadounidenses pertenecía a una primera o a una segunda generación de inmigrantes. Aquellos que habían nacido en Alemania, e incluso los que nacieron en los EE.UU. pero que eran de descendencia germana, cayeron bajo la sospecha de ser desleales.

Más tarde, en parte como una reacción contra la revolución bolchevique y contra la creciente oleada de socialismo en Europa, un sentimiento anti-inmigrante más general atrapó a los Estados Unidos de América. Por ejemplo, mediante los Redadas de Palmer de la década de 1920, el Departamento de Justicia acorraló a miles de extranjeros que supuestamente eran comunistas, anarquistas, reformadores laboristas, o de alguna otra forma una amenaza para la sociedad. Muchos fueron deportados por la fuerza.

La Primera Guerra Mundial fue el primer conflicto internacional de magnitud de los Estados Unidos, pero existían precedentes legales del maltrato a los residentes extranjeros.

En 1798, afloró la amenaza de una guerra con Francia: los inmigrantes de Francia e Irlanda—una nación alineada con los franceses anti británicos—eran vistos con sospecha política. En consecuencia, el Congreso sancionó cuatro leyes a las que se conoce de manera colectiva como las Leyes Sobre los Extranjeros y la Sedición. La Ley de Naturalización exigía que los extranjeros fuesen residentes durante 14 años antes de poder acceder a la ciudadanía. La Ley de los Extranjeros autorizaba la deportación de los extranjeros “peligrosos.” La Ley de los Extranjeros Enemigos permitía el arresto, la encarcelación, y la deportación de cualquier extranjero que fuese súbdito de una potencia enemiga.

La Ley de Sedición establece multas y penas de cárcel para cualquiera que

escribiese, imprimiese, profiriese o publicase . . . un escrito o escritos falsos, escandalosos o maliciosos contra el gobierno de los Estados Unidos, o cualquiera de las Cámaras del Congreso . . . o el Presidente . . . con la intención de difamarlos . . . o de involucrarlos. . . en un desprecio o descrédito; o para excitar en su contra. . . el odio de las personas de bien de los Estados Unidos . . .

Las leyes habían sido impulsadas por los federalistas—aquellos que estaban a favor de un gobierno federal fuerte y de una interpretación libre de la Constitución: los federalistas dominaban el Congreso. Uno de sus motivos era el de silenciar a la oposición de sus rivales políticos, los republicanos, a quienes los inmigrantes tendían a apoyar. Los prominentes republicanos Thomas Jefferson y James Madison consideraban que las facultades solicitadas por el Presidente John Adams bajo las Leyes se asemejaban a aquellas de un monarca. Denunciaron en particular a las Leyes de Sedición como “inconstitucionales,” como una violación de la Primera Enmienda. Tanto la legislatura de Kentucky como la de Virginia sancionaron resoluciones que rechazaban las Leyes y establecieron la doctrina de la anulación.

A pesar de que nadie fue procesado bajo las tres primeras medidas, una serie de influyentes republicanos—incluidos prominentes editores e impresores—fueron rápidamente acusados bajo la Ley de Sedición, obligándose a algunos periódicos a cerrar. Uno de los hombres procesados era el nieto de Benjamin Franklin y el director del Philadelphia Aurora. El cargo: difamar al Presidente Adams. Su arresto despertó un clamor público en contra de las Leyes, el cual ayudó a llevar a Jefferson a la presidencia en 1800. Una vez en el puesto, Jefferson indultó a aquellos condenados bajo la Ley de Sedición y el Congreso restituyó los importes pagados en concepto de multas, con intereses.

De esta forma, desde los primeros años de los Estados Unidos, los temas de los residentes extranjeros y de la libertad de expresión han estado vinculados durante las épocas de crisis. A pesar de que los primeros republicanos no fueron necesariamente más sanguíneos respecto de los extranjeros residentes que los federalistas, fueron intensamente suspicaces de la expansión de la autoridad del gobierno federal. Consideraban que la facultad de suprimir las libertades constitucionales sería empleada inevitablemente para reprimir a la oposición política.

El Extranjero Enemigo Interno

El 16 de abril de 1917, todos los varones mayores de 14 años de edad que aún eran “nativos, ciudadanos, naturalizados, o súbditos” del Imperio Alemán se convirtieron en extranjeros enemigos. En 1918, una ley del Congreso incluyó a las mujeres de 14 o más años de edad. En esa época, sin embargo, el término “extranjero enemigo” era aplicado a virtualmente cualquier residente extranjero al que el gobierno estimaba indeseable. Se convirtió en un arma efectiva que el gobierno blandía en contra de aquellos individuos y organizaciones que fuesen pacifistas, criticas de la guerra, o de algún otro modo políticamente objetables.

Los extranjeros enemigos eran una alta prioridad en la agenda de los tiempos de guerra. El mismo día que el Congreso declaró la guerra, el Presidente Wilson emitió 12 reglamentaciones sobre su tratamiento. A los extranjeros enemigos les fue prohibido poseer bienes tales como armas de fuego, aeronaves, o aparatos inalámbricos. No podían publicar una “ataque” sobre rama alguna del gobierno estadounidense. No podían residir en un área designada como “prohibida” por el presidente. Podían ser trasladados a un lugar escogido por el presidente. Los extranjeros enemigos no podían salir de los Estados Unidos sin permiso y se les exigía registrarse con el gobierno para recibir una tarjeta de registro.

El 16 de noviembre de 1917, fueron añadidas 8 reglamentaciones más a las 12 originales. Las mismas restringían cuán cerca y bajo qué circunstancias los extranjeros enemigos podían aproximarse a instalaciones tales como muelles, vías del ferrocarril, y depósitos—restringiendo de esta manera de facto su posibilidad de trabajar. A los extranjeros les fue prohibido viajar por aire y al Distrito de Columbia. La restricción incorporada en la Sección 20 proveyó las bases para la posterior internación de los extranjeros; la misma establecía, en parte:

El Fiscal General se encuentra autorizado por la presente para hacer y declarar, periódicamente, tales reglamentaciones concernientes a los movimientos de los extranjeros enemigos según lo estime necesario en las premisas y a favor de la seguridad pública, y para establecer en dichas regulaciones que los extranjeros enemigos compadezcan mensual, semanalmente, o con otra periodicidad, ante las autoridades federales, estaduales o locales; y que todos los extranjeros enemigos se reporten en las oportunidades y lugares y ante las autoridades especificadas en tales reglamentaciones.

Un motivo detrás de las reglamentaciones era claramente el de establecer el control sobre los grupos radicales disconformes con las políticas gubernamentales, incluidas las políticas sobre la guerra.

La Primera Guerra Mundial anunció un basto programa de conformidad y de centralización sobre la sociedad estadounidense. Por ejemplo, dentro del comercio, la Ley de Administración Ferroviaria le otorgó el control de facto de los ferrocarriles—el medio de transporte más importante—al gobierno federal. La Junta del Trabajo de Guerra, la Junta de las Industrias de Guerra, y un listado de otras agencias gubernamentales centralizaron el comercio en nombre de apoyar el esfuerzo bélico. La nacionalización del combustible, el servicio militar obligatorio, los controles de precios—estas y muchas otras medidas introdujeron profundamente al gobierno federal en las vidas económicas del estadounidense medio.

La Embestida contra las Libertades Civiles

El gobierno federal también obstaculizó las libertades civiles, especialmente el derecho a disentir. El radical movimiento de los trabajadores se convirtió en un foco de atención para el gobierno por varias razones. El mismo era exitoso: en las primeras décadas del siglo 20, el desasosiego de los trabajadores se había extendido como un reguero de pólvora a través de amplias zonas de los Estados Unidos y provocado huelgas efectivas. El mismo se oponía a la guerra: sus prominentes líderes comunistas y socialistas consideraban que la guerra estaba siendo librada en favor del capitalismo y sentían camaradería, no hostilidad, hacia los trabajadores extranjeros. El socialismo, en general, se había vuelto una amenaza política: en cada elección presidencial desde 1900 a 1912, el líder laborista Eugene Debs se había postulado en la boleta electoral del American Socialist Party, recibiendo cerca de un millón de votos en 1912.

El radical movimiento de los trabajadores era además un blanco fácil a causa de la gran cantidad de inmigrantes entre sus miembros. Los inmigrantes mentalizados políticamente tenían toda una tradición de llevar consigo a sus ideas radicales. Por ejemplo, en las últimas décadas del 1800, la International Working People’s Association (IWPA es su sigla en inglés) publicó no menos de cinco documentos solamente en Chicago, tres de los cuales eran en alemán.

Además, para la Primera Guerra Mundial, había una amarga historia de choques entre los movimientos radicales de trabajadores y las autoridades. El incidente del Haymarket en Chicago es un ejemplo notorio. En la primavera de 1886, 65.000 trabajadores de la ciudad se plegaron a una huelga o fueron impedidos de ingresar a sus trabajos por sus empleadores. El 3 de mayo, la policía disparó sobre una multitud de trabajadores, matando a varios de ellos. Al día siguiente, una reunión de manifestantes concluyó en una violenta colisión que dejó a siete policías y a un número desconocido de trabajadores (estimado en cerca de 20) muertos.

Ocho radicales—tanto inmigrantes como nacidos estadounidenses—fueron procesados. O, más exactamente, su ideología fue puesta en juicio. El fiscal le advirtió al jurado, “La ley está en juicio. La anarquía está en juego. Estos hombres [los acusados] han sidos seleccionados . . . en virtud de que son líderes . . . Condenen a estos hombres . . . salven a nuestras instituciones, a nuestra sociedad.” A pesar de que eran demostrablemente inocentes, cuatro de los acusados fueron ejecutados, con uno que escapo a su destino mediante el suicidio.

Al momento de la Primera Guerra Mundial, era difícil separar limpiamente uno del otro a los temas del radicalismo laboral, del socialismo, de la oposición a la guerra, y de los extranjeros enemigos. El gobierno federal veía a todos ellos como amenazas.

La agrupación Industrial Workers of the World (IWW es la sigla en inglés para los Trabajadores Industriales del Mundo) o “Wobblies,” se convirtió en un objetivo primario el cual creció tan rápidamente que se volvió un nombre familiar a través de gran parte de los Estados Unidos a comienzos del siglo 20. Hoy día, pocas personas han escuchado de la IWW. Su importancia en la historia social estadounidense ha sido casi olvidada. Su volátil ascenso hasta la prominencia fue igualado en drama solamente por su desastroso colapso como resultado de la represión gubernamental. Su historia es un relato aleccionador.

En el verano de1905, los trabajadores radicales se reunieron en Chicago para fundar una nueva agrupación—la Industrial Workers of the World (IWW). La misma operaba en competencia con la más conservadora American Federation of Labor (AFL o Federación Estadounidense del Trabajo), por entonces la más poderosa agrupación de trabajadores en los Estados Unidos. Además de encarnar al socialismo, la IWW adoptó políticas de membresía menos restrictivas que las de la AFL. Activamente se organizaba y reclutaba entre los trabajadores ambulantes, los negros, y los inmigrantes, de quienes recibía un entusiasta apoyo.

Líderes tales como William “Big Bill” Haywood enseñaban que todos los trabajadores deberían organizarse en un solo sindicato industrial a fin de evitar la posibilidad de que los gremios individuales fuesen enfrentados unos contra otros. La IWW empleaba un enfoque localista: el ejecutivo era débil a drede; la membresía estaba abierta a todos; las huelgas locales eran alentadas. De este modo, con líderes nacidos estadounidenses, la IWW se convirtió en la voz más prominente de los trabajadores inmigrantes, quienes a menudo eran desairados por otras organizaciones laborales.

El conflicto con las autoridades era inevitable, aún antes de la Primera Guerra Mundial. Parte de los motivos para ello era la voluntad de la IWW de utilizar tácticas drásticas, tales como el sabotaje y la confrontación violenta con los rompe-huelgas. Pero el conflicto no solucionable era el ideológico. Para la IWW, el gobierno era un instrumento de la explotación capitalista. Para las autoridades, la IWW era una organización revolucionaria que procuraba derribar al gobierno existente.

Así, cuando 165 líderes de la IWW fueron arrestados en 1917, los cargos en su contra se extendían de traición al uso de la intimidación en las disputas laborales.

En junio de 1917, el Congreso sancionó la Ley de Espionaje, la cual prescribía pesadas multas y condenas de cárcel por actividades en contra de la guerra, las cuales eran vagamente definidas. La Ley fue rápidamente utilizada en contra de la IWW. En septiembre, las salas de reuniones de la IWW a través de la nación fueron atacadas por sorpresa por agentes del gobierno. Más de 160 oficiales, miembros y simpatizantes de la IWW fueron arrestados.

Ciento un acusados fueron a juicio en abril de 1918, incluido el titular de la IWW Big Bill Haywood. Después de cinco meses, el juicio concluyó en un veredicto de “culpable” para todos, con Haywood y otros 14 recibiendo sentencias de 20 años en prisión. Colectivamente, los acusados fueron multados por un total de $2.500.000. La IWW fue virtualmente destruida.

La hecatombe de la IWW generó poca protesta por parte del público, en la medida que la mayoría de la gente la asociaba con una actitud anti-estadounidense—un cargo alimentado por el gran número de minorías y de extranjeros entre sus miembros. Incluso el lenguaje de la IWW era considerado antipatriótico debido a su retórica apasionada la que reflejaba demasiado de cerca a la de los socialistas en otras tierras. Un incidente conocido como la Deportación de Bisbee ilustra la profundidad del odio público hacia la IWW y hacia los extranjeros.

En el pueblo minero de Bisbee, estado de Arizona, la IWW reclutaba miembros entre los trabajadores mejicanos y europeos quienes rutinariamente realizaban tareas en trabajos con una paga inferior a la de los estadounidenses nativos. En junio de 1917, la IWW le presentó una lista de exigencias a las compañías mineras de Bisbee, incluida la de terminar con la discriminación en contra de los trabajadores de la minoría y extranjeros. Cuando las compañías rechazó cada una de las demandas, se convocó a una huelga.

Entonces estalló un rumor: la IWW había sido infiltrada por pro-alemanes. A las 2 de la mañana, cientos de vigilantes armados rodearon a casi 1.200 hombres, a quienes obligaron a subirse a 24 vagones de ganado de un tren, los enviaron a Nuevo México, y los abandonaron en un área remota. Los deportados estuvieron sin amparo durante semanas hasta que las tropas estadounidenses los escoltaron hacia instalaciones donde muchos fueron retenidos por meses.

Las autoridades en Bisbee custodiaron todos los caminos hacia la ciudad para evitar que los hombres, o cualquier otro indeseable, ingresaran a la misma. Otros trabajadores locales fueron enjuiciados y deportados si se los encontraba culpables de deslealtad a las compañías mineras. Una comisión federal investigó las deportaciones pero halló que ninguna ley federal había sido violada. La cuestión fue remitida al estado de Arizona, el cual no tomó acción alguna contra las compañías mineras.

Un informe en Los Angeles Times (15 de julio de 1917) capturó la respuesta del público en general:

Sobre nuestro propio suelo se encuentra un enemigo . . . exhortando a la revolución e invocando la anarquía . . .la I.W.W.. De Butte a Bisbee, de Seattle a Leadville, esa organización internacional, repleta de extranjeros, conducida por convictos, e intentando vagamente disfrazar su sabotaje detrás del título falaz de “Trabajadores Industriales del Mundo,” está en franca guerra contra nuestro gobierno.

La deportación de Bisbee estuvo coordinada por vigilantes privados de quienes el gobierno recibía a menudo un apoyo entusiasta. Queen Silver, quien asistió a las reuniones de la IWW en Los Angeles cuando niña, relataba en sus escritos,

Cuando la persona [de la IWW] se paró para ofrecer un discurso de colecta, esa fue una señal hacia todos los individuos de la American Legion en la audiencia para arrestar a una o dos personas que estuviesen junto a ellas, tal como habían sido enviadas a hacerlo. Mi madre fue una de las personas arrestadas. Todas fueron liberadas más tarde. Fue un hostigamiento.

Grace Verne Silver—la madre arrestada—no fue llevada a la estación de policía. Una empresa de intereses privados, la Merchants and Manufacturers Association, guardaba los archivos sobre los radicales para la policía y Grace fue detenida allí.

El público estadounidense había evidenciado buena voluntad para tolerar e incluso para participar en el acorralamiento, en el hostigamiento, y en la “deportación” forzada de estadounidenses nativos. La deportación forzada de radicales extranjeros del territorio de los Estados Unidos pronto le seguiría.

El Final de la Primera Guerra Mundial

A medida que los Estados Unidos ingresaban en el último año de la Primera Guerra Mundial, 1918, el fervor “patriótico” parecía crecer. En mayo, la Ley de Sedición impuso “una multa de no más de $10,000 o prisión por no más de veinte años, o ambas . . .” a cualquiera que estuviese dispuesto a “proferir, imprimir, escribir, o publicar algún lenguaje desleal, profano, difamatorio, o abusivo acerca de la forma de gobierno de los Estados Unidos.”

En octubre de 1918, el Congreso sancionó la Ley de Extranjeros, la que establecía que “cualquier extranjero respecto del cual se descubriese en algún momento posterior a su ingreso a los Estados Unidos, que al tiempo del mismo o por haberse convertido después, fuese un miembro de alguna organización anarquista” podría ser deportado.

Los libertarios de aquella época, incluidos Albert Jay Nock, H.L. Mencken, Randolph Bourne, y Oswald Garrison Villard se expresaron en protesta contra tales medidas. Pero la mayoría de las voces aún permanecían en silencio.

Las distintas leyes de 1917 y 1918 fueron utilizadas para destruir lo que quedaba de la izquierda en los Estados Unidos. Victor Berger, el primer socialista en ser elegido al Congreso, fue sentenciado a 20 años de cárcel por estorbar el esfuerzo bélico. (Mientras Berger se encontraba libre durante la apelación, sus electores lo regresaron al Congreso.) El líder socialista de los trabajadores Eugene V. Debs fue condenado a 10 años de cárcel por pronunciar un discurso en contra de la guerra.

El 11 de noviembre de 1918, los aliados y Alemania firmaron un armisticio: la guerra había concluido.

Pero el pánico político—parcialmente el resultado de la revolución bolchevique—atrapó a los Estados Unidos. En 1919, las huelgas estallaron, perjudicando a algunos segmentos de la industria; en ocasiones la violencia feroz irrumpió en ambos lados. Los disturbios raciales sacudieron a las ciudades a través de los Estados Unidos, incluida Chicago, donde cinco días de alborotos dejaron un saldo de 38 personas muertas, varios heridos, y cerca de mil personas sin hogar: los disturbios raciales fueron llamados el “Verano Rojo” de 1919.

Un acontecimiento fue fundamental: el 1 de mayo de 1919, varias bombas les fueron enviadas a través del correo a figuras prominentes, incluido el Fiscal General A. Mitchell Palmer; este fue el comienzo del “Susto Rojo.” Un Palmer sobreviviente inculpó a los comunistas, a quienes consideraba que eran abrumadoramente inmigrantes. En su ensayo “The Case against the ‘Reds’,” Palmer explicaba:

Mi información demostró que el comunismo en este país fue una organización de miles de extranjeros que eran aliados directos de Trotzky. Extranjeros de la misma casta de mente deforme y de indecencias de carácter, y demostró que ellos les estaban haciendo las mismas ilegales promesas destellantes de autocracia criminal a los estadounidense, que le habían hecho a los campesinos rusos.

Las Redadas de Palmer

Con la facultad de deportar, Palmer y su asistente, John Edgar Hoover, lanzaron una cruzada contra la izquierda radical.

Comenzando en el otoño de 1919, entre 5.000 y 10.000 residentes extranjeros sospechados fueron arrestados sin una orden judicial en las que se dieron en llamar los Redadas de Palmer. Ninguna evidencia de una supuesta revolución fue descubierta; se encontró que muchos de los arrestados eran ciudadanos estadounidenses afiliados a un sindicato o al partido político “equivocado.” La vasta mayoría de los arrestados fue eventualmente liberada pero cientos de “extranjeros enemigos”—incluida la anarquista Emma Goldman, una ciudadana naturalizada que fue “desnaturalizada”—fueron eventualmente deportados a la Unión Soviética.

La Corte Suprema no defendió los derechos constitucionales de los ciudadanos estadounidenses arrestados bajo las leyes. El Juez de la Corte Suprema de los EE.UU. Oliver Wendell Holmes, Jr. Justificó la represión en un famoso pronunciamiento en el cual señalaba que cuando el ejercicio de la libre expresión constituía un “claro y actual peligro” para los Estados Unidos—“peligro” tal como lo definía el gobierno—las autoridades podían legítimamente suspender la Primera Enmienda.

Los Redadas de Palmer continuaron hasta 1920. Sin embargo, a medida que los científicos y manifestantes que se oponían a la guerra, los sindicalistas, y los líderes socialistas seguían siendo brutalmente arrestados sin autorización y retenidos sin juicio, la aprobación del público varió.

La oposición comenzó a organizarse. Por ejemplo, en 1920 se creó la American Civil Liberties Union para protestar contra la violación de derechos constitucionales tales como el arresto sin causa, el allanamiento y la confiscación no razonables, la negación del debido proceso, y la brutalidad policial. Su primer director, Roger Baldwin, era un pacifista y miembro de la IWW.

El propio Palmer padeció una serie de aprietos que apresuraron la desaparición de su influencia política. Por ejemplo, predijo una insurrección comunista para el 1 de mayo de 1920, provocando un pánico tal que la legislatura del estado de Nueva York se rehusó a sentar en sus bancas a cinco socialistas que habían sido elegidos. Cuando la insurrección no aconteció, un resentimiento y un escepticismo agudos reemplazaron al pánico.

Para 1921, el Susto Rojo estaba efectivamente terminado. El mismo persiste como un recordatorio de cómo los intereses de la seguridad nacional pueden ser utilizados por el gobierno a fin de suprimir las ideas políticas disidentes aún más allá del periodo de guerra. Esto es especialmente cierto cuando aquellos que expresan las ideas pueden ser vilipendiados como “extranjeros.” En efecto, cualquier grupo segregado que amenazara el status quo político pasó a estar bajo sospecha.

Por ejemplo, los negros. La raza se enmarañó con los intereses de los trabajadores y la intolerancia política. Cuando los trabajadores negros migraron masivamente con dirección al norte hacia las ciudades industriales, los disturbios raciales se encendieron.

El linchamiento de negros se incrementó dramáticamente y los estadounidenses negros se volvieron también victimas del Susto Rojo. El jamaiquino Marcus Garvey—una de las voces negras más poderosas en los Estados Unidos—fue tomado como un blanco para la deportación por el FBI y una organización a la que él fundó, la Universal Negro Improvement Association, fue infiltrada y desacreditada por los agentes federales.

El periodista H.L. Mencken, quien él mismo cayó bajo la sospecha gubernamental debido a su descendencia alemana y a su amor por la cultura germana, comentaba acerca del desatino de cambiar a las libertades fundamentales por seguridad. Escribió acerca de la opinión de Holmes del “peligro claro y actual”:

Uno descubre una clara declaración de la doctrina de que, en épocas de guerra, los derechos garantizados por la Primera Enmienda dejan de tener sustancia alguna, y pueden ser descartados por cualquier jurado que haya sido lo suficientemente inflamado por un fiscal de distrito desesperado por un puesto más alto . . . . Encuentro difícil de reconciliar a tales ideas con cualquier plausible concepto del liberalismo.

Este artículo se encuentra reimpreso con autorización. Copyright 2002, Future of Freedom Foundation.

Traducido por Gabriel Gasave


Wendy McElroy es Investigadora Asociada en The Independent Institute y directora de los libros del Instituto, Freedom, Feminism and the State y Liberty for Women: Freedom and Feminism in the Twenty-first Century.



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