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¿Tienes un mal día, Wolfie?
29/10/2003
Ivan Eland

Después de un ataque contra el hotel Rashid en Bagdad en el cual un cohete impactara tan sólo a un piso de distancia del ostensiblemente agitado Secretario de Defensa Interino Paul Wolfowitz, Paul Bremer, el virrey estadounidense para Irak, indicaba lo obvio—que las fuerzas de ocupación de los EE.UU. habían tenido un mal día. Es mejor que la administración Bush y el pueblo estadounidense estén listos para muchos más.

Pese a que los militares estadounidenses sostienen que el Secretario Wolfowitz no era el blanco del ataque, ese giro es dudoso. Los funcionarios basan esa conclusión en indicaciones de que el ataque fue planeado algunos meses atrás y en que la visita de Wolfowitz no había sido anunciada. Pero, por supuesto, los atacantes habrían podido plantarse fuera al hotel, en donde muchos ocupantes VIP y luminarias visitantes cuelgan sus sombreros, y esperar en las malezas hasta que la presa de alto perfil arribase. Wolfowitz, el arquitecto de la invasión estadounidense y de la ocupación de Irak, habría sido un blanco lucrativo. Otra indicación de que los atacantes pudieron haber sabido acerca de la visita de Wolfowitz fue el descubrimiento de una bomba al borde del camino en la ruta prevista de la procesión vehicular del secretario.

Ese giro de los militares estadounidenses no había sido el primer intento de soslayar las malas noticias con propaganda. Recientemente, los militares admitieron que un helicóptero Blackhawk se estrelló, hiriendo a su tripulación. Pero en un intento por embotar el impacto adverso inicial de la noticia de la caída, las fuerzas armadas alimentaron la incertidumbre sobre si el helicóptero fue o no derribado por el fuego enemigo hostil. No importa que los militares supiesen, en ese momento, que las guerrillas iraquíes habían estado disparando potentes armas contra el Blackhawk. De modo similar, cuando fueron interrogados acerca de un reciente ataque de la guerrilla iraquí que lesionó a 13 miembros del personal de servicio, en lugar de admitir que el incidente ocurrió, los militares dijeron inicialmente que el mismo se encontraba bajo investigación.

La autoridad de la ocupación estadounidense tendría toda la razón de negar que Wolfowitz había sido el blanco. La autoridad de la ocupación se percata que si lo hubiese sido, las fuerzas iraquíes de oposición deben haber tenido una inteligencia muy buena acerca de las actividades previstas del funcionario. Además, tanto los iraquíes como el mundo concluirían probablemente que los presumidos militares estadounidenses no pudieron ni tan siquiera asegurar la seguridad de un importante jefe civil en uno de los sitios más protegidos de Irak. Los iraquíes arribarían a la razonable conclusión de que si los militares de los EE.UU. tienen problemas para proteger a un VIP tan importante, no pueden protegerlos tampoco a ellos. Esa inseguridad podría causar que muchos iraquíes renuncien a seguir cooperando con la ocupación estadounidense.

Ya sea que Wolfowitz fuese o no específicamente un blanco, la situación general en Irak no está poniéndose mejor para la administración Bush—como el subsecuente torrente de coordinados ataques suicidas con bombas lo evidencia. La administración insiste en que la prensa estadounidense no se está centrando en las “buenas noticias” en Irak—por ejemplo, que las escuelas han sido reabiertas y que las calles se encuentran más limpias. Por supuesto, la administración está asumiendo que gran parte de la prensa y del pueblo estadounidense realmente alguna vez se preocupó de los iraquíes. Tristemente, la invasión y la ocupación de Irak ha sido siempre básicamente algo “acerca de nosotros.” Muchos estadounidenses se deleitaron viendo a los servidores de los EE.UU. colgar la bandera estadounidense, al menos brevemente para la oportunidad de la foto, sobre la estatua de Saddam Hussein en el centro de Bagdad. Y respecto de gran parte de la guerra y de sus consecuencias, la prensa estadounidenses se ha concentrado en las muertes militares de los EE.UU.—que es lo que más les interesa a los espectadores, oyentes y lectores estadounidenses—e ignoró aquellas de los iraquíes. Como en Vietnam—donde los Estados Unidos ganaron cada batalla (las buenas noticias de esa guerra) pero las altas cifras de cuerpos de estadounidenses hicieron eventualmente que el público de EE.UU. exigiera la retirada—el goteo, goteo, goteo de las malas noticias puede matar la alegría de una buena aventura en el exterior.

Y el problema acaba de comenzar. La información muestra que los ataques en Irak se están volviendo más frecuentes, sofisticados y mortales. Pero los Estados Unidos no han sido exitosos en conseguir que naciones extranjeras colaboren enviando a sus tropas. Y arrojar más fuerzas estadounidenses en el incipiente pantano desmentiría las afirmaciones de la administración de una seguridad mejorada y, con una elección aproximándose, podría ser perfectamente un suicidio político. De esta manera, la administración parece ver a una escalada de la violencia para desarraigar a los atacantes como su única opción. Aunque los niveles generales de tropas se mantienen constantes en Irak, los militares están lanzando más fuerzas al área más inestable del Triángulo Sunnita. El plan es correr a las guerrillas y matarlas. Pero hacerlo mataría a muchos más civiles iraquíes. Crecientes muertes civiles podría muy bien ser la última opción para muchos iraquíes. Actualmente, las encuestas indican que menos del 15 por ciento de los iraquíes ven a las fuerzas estadounidenses como libertadoras, en comparación con el 43 por ciento de hace seis meses. Los números es poco probable que retrocedan.

Incluso si el más reciente giro de Paul Bremer de que los días malos en Irak serán numéricamente excedidos por los días buenos resultase cierto, suficientes días malos—es decir, ataques espectaculares contra sitios prominentes o grandes números de personal de ocupación—podrían hundir a la excursión iraquí de la administración Bush.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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