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Irak: Política exterior negligente
20/10/2002
J. Victor Marshall

Cambio de régimen—la frase suena tan fresca y antiséptica. Pero antes de que el Congreso comprase la prescripción del Presidente Bush para curar las enfermedades del mundo, debería haber repasado cierto historial médico sobre los desastrosos efectos secundarios de este remedio de curandero.

El primer paciente en la fila para tomar esta áspera medicina—Irak—ya la ha probado anteriormente dos veces. Los resultados, convirtieron a un irrelevante provocador regional en una herida de preocupación mundial.

La primera dosis de Irak vino en 1963, cuando un joven protegido de la CIA llamado Saddam Hussein colaboró con el derrocamiento del General Abdul Qassim, quien dos años antes había nacionalizado algunos de los intereses petroleros extranjeros del país.

Según una historia, “la ayuda de la CIA incluyó, según se informa, la coordinación de los conspiradores del golpe desde la estación de radio de la agencia dentro de la Embajada de EE.UU. en Kuwait y el pedido de consejo (sobre quién) debía ser eliminado una vez que el golpe fuera exitoso.”

Tras más inestabilidad política interna, otro golpe respaldado por la CIA en 1968 instaló a Hussein como suplente del nuevo gobierno militar. Hussein esperó su turno y se convirtió en dictador en 1979.

La popularidad de Hussein en Washington alcanzó su pico durante los años 80, cuando la administración de Reagan-Bush apoyó su invasión de Irán con miles de millones de dólares en créditos a la exportación y la inteligencia de satélites súper-secretos.

Apoyando a Hussein, Washington estaba tan solo intentando enmendar el daño provocado por otro cambio de régimen que salió mal años antes en Irán.

Irán tomó su amarga medicina en 1953, cuando un ahora infame golpe, planeado por la CIA y la inteligencia británica, depuso al gobierno electo del Primer Ministro Mohammed Mossadeq, quien había nacionalizado la Compañía Petrolera Anglo-Iraní.

La Operación Ajax, como fue codificada, condujo a la muerte de centenares de seguidores de Mossadeq, al regreso del Shah al trono y a la creación de un nuevo consorcio petrolero favorable a las compañías petroleras de EE.UU..

Por los años 70, el Shah se encontraba malgastando miles de millones de dólares por año de la riqueza petrolera en exóticos armamentos. Sus cárceles se encontraban atestadas con las víctimas de su policía secreta, SAVAK. Y millones de resentidos iraníes comenzaron a escuchar a los clérigos anti-estadounidenses, incluyendo a uno llamado Khomeini.

El derrocamiento del Shah en 1979 marcó la primera gran victoria moderna del Islam político militante. Ayudó a inspirar a los jihadistas en un país vecino el que fue dejado similarmente cojo por el cambio de régimen: Afganistán.

En 1979, Afganistán estaba gobernado por un gobierno secular y pro-soviético. Sus políticas de reforma agraria, de los derechos de las mujeres y de la supresión del opio pusieron en contra a los conservadores rurales quienes comenzaron a rebelarse.

Un memo del Departamento de Estado argumentaba ese verano: “El mayor interés de los Estados Unidos estaría dado por la desaparición del régimen, a pesar de cualquier revés que esto pudiese significar para las futuras reformas sociales y económicas en Afganistán. El derrocamiento del (gobierno) demostraría al resto del mundo, particularmente al Tercer Mundo, que la visión soviética del inevitable curso socialista de la historia no es exacta.”

El Presidente Jimmy Carter aprobó la primera directiva para la ayuda secreta a los rebeldes islámicos el 3 de julio de 1979. El Consejero en Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski le dijo al presidente ese día “en mi opinión, esta ayuda va a inducir una intervención militar soviética.”

Los soviéticos finalmente intervinieron ese diciembre, temiendo un estado musulmán radical en su frontera. Brzezinski le escribió otra vez a Carter: “Tenemos ahora la oportunidad de darle a la URSS su Guerra de Vietnam.”

Los Estados Unidos y sus sucesores dieron a los mujahedeen entrenamiento en la guerra de guerrillas y miles de millones de dólares en armas, algunas de las cuales fueron más tarde empleadas contra nosotros después de que los soviéticos partieran.

En 1986, la CIA respaldó una iniciativa pakistaní “de reclutar musulmanes radicales alrededor del mundo para que vengan a Pakistán y luchen con los mujahedeen afganos,” según Ahmed Rashid experto en el Talibán. “Eventualmente, más de 100.000 Musulmanes radicales (estaban) influenciados por la Jihad.”

Uno de ellos era, por supuesto, el fanático saudita, Osama bin Laden.

Hoy, los Estados Unidos se encuentran empantanados en Afganistán mientras que los dos frutos vecinos del cambio de régimen—Irán e Irak—encabezan la corta lista de la Administración Bush de “eje del mal”. Irak aguarda su tercera dosis de cambio de régimen a un costo estimado de más de $100 mil millones e incontables vidas.

Los remedios que infligen demasiado daño a los pacientes son considerados negligencia criminal. Pero la prescripción de la Administración Bush es extraordinaria ya que amenaza lesiones graves también al médico. Los Estados Unidos no pueden permitirse criar más odio y resentimiento alrededor del mundo a través de los cambios de régimen, no obstante lo atractivo que ello pueda sonar.

Traducido por Gabriel Gasave




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