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Las armas de decepción masiva de la Administración Bush
5/6/2003
Ivan Eland

Se ha encendido un tórrido debate respecto de si Irak poseía armas de destrucción masiva y si la administración Bush--para justificar su invasión de ese país--engañó al público en relación con la evidencia de que esas armas existían. La evidencia acerca de tal "micro-decepción" parece evidente en virtud de las filtraciones difundidas a la prensa por los contrariados analistas de la inteligencia, quejándose de la presión por parte de la administración para hacer que la inteligencia se ajuste a la línea dura de la política de Bush para Irak. La administración Bush, ignorando el análisis experto del Departamento de Energía según el cual las tuberías de aluminio iraquí importadas no podrían ser utilizadas para producir armas nucleares, también incluyó la acusación de que sí podrían serlo, en el discurso del Secretario de Estado Powel a las Naciones Unidas, dirigido a edificar el apoyo para una dura resolución sobre Irak. De manera similar, el Presidente Bush no se retractó en su aseveración, hecha durante el discurso sobre el Estado de la Nación de este año, de que Irak intentó comprar uranio a una nación africana, incluso cuando se encontró que la cita se encontrada basada en documentos fraguados. Finalmente, dos informes discrepantes de analistas de inteligencia del Departamento de Estado--observando que no existía evidencia confiable alguna de que Irak había recomenzado su programa nuclear--fueron eliminados de la versión de una estimación de la inteligencia del gobierno revelada al público. Pero, como de costumbre, la prensa se centra en la pulga e ignora al elefante--el "macro-engaño" de la administración.

El intenso foco de la prensa en encontrar las armas de destrucción masiva iraquíes puede tener un resultado indeseable. Si las armas son eventualmente halladas, la cuestión del engaño de la administración podría evaporarse. Nadie se centrará en el engaño más grande de Bush al pueblo estadounidense en su esfuerzo por vender su aventura militar. Para los principiantes, aún si se encuentran las armas no convencionales, el hecho dominante es que Saddam Hussein no las utilizó incluso en el escenario en el cual la mayoría de los analistas militares occidentales predijeron que lo haría: la espantosa situación de un invasor extranjero que pone fin a su régimen (y posiblemente a él). Si Hussein no utilizó tales armas en esa situación extrema, lo más probable es que él no las hubiese empleado, en ausencia de una invasión, contra una superpotencia con un arsenal nuclear que domina el mundo. Los halcones podrían responder que uno nunca puede estar seguro sobre las intenciones de un déspota. Pero durante la Primera Guerra del Golfo y sus postrimerías, Hussein no tenía ningún historial de utilizar armas poco convencionales contra potencias armadas nuclearmente: Israel, Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos.

Hussein tampoco poseía incentivo alguno para dar, o un antecedente de entregar, tales armas a los terroristas--otra justificación de la administración Bush para la invasión. De hecho, la administración acusó a Irak de apoyar al terrorismo pero olvidó mencionar que los grupos a los que Hussein apoyó no centraron sus ataques contra objetivos estadounidenses (atacan sobre todo blancos israelíes). Además, Hussein no tenía ningún incentivo para entregar las super armas, la cuales son costosas para desarrollar y producir, a los grupos terroristas radicales e imprevisibles que bien podrían volverse en su contra o que podrían ponerlo aún en más apuros con las grandes potencias.

Por supuesto, la CIA le dijo a la administración Bush que Hussein no era proclive a utilizar algún arma de destrucción masiva o a entregarla a los terroristas a menos que los Estados Unidos lo provocaran atacando Irak. El Senador Bob Graham (demócrata por Florida), entonces presidente del Comité de Inteligencia del Senado, solicitó que el análisis de CIA fuese desclasificado antes que el Congreso debatiera la resolución de apoyo a la guerra. En respuesta, la administración desclasificó solamente aquellas conclusiones que apoyaban su posición belicosa. Graham tuvo que presionar a la administración para conseguir que el texto entero fuera desclasificado. Desafortunadamente, ese análisis pasmosamente importante--que hacía menos trascendente la posesión de armas poco convencionales (aún en el peor de los casos absolutos, armamentos nucleares) por parte de Hussein--fue ignorado por el Congreso, la prensa, y el público estadounidense en la carrera para apoyar la guerra de la administración. En otras palabras, una pequeña y relativamente pobre nación podría haber sido disuadida de incluso utilizar algunas armas nucleares contra una superpotencia con miles de ojivas nucleares. Bastante antes de la guerra, el informe de la CIA indicó claramente que Hussein no era la amenaza inminente que la administración sostenía.

Para conseguir el apoyo del público para una política sospechosa, la administración también se obsesionó por tratar de vincular a Saddam Hussein con los ataques del 11 de septiembre, lo que nunca pudo hacer con éxito. Los intransigentes en el Pentágono destacaron un informe de un estudiante que actuó como un informante no fiable, sobre una presunta reunión entre un funcionario de la inteligencia Iraquí y uno de los jefes de los secuestradores, Mohammed Atta, en Praga en abril de 2001. El FBI desenmascaró ese cuento observando que los recibos del hotel de Atta, y del alquiler de sus automóvil durante ese período, demostraban que él mismo se encontraba en los Estados Unidos.

Siempre que el análisis razonado en la política del gobierno cambia rápidamente, uno deba desconfiar de que la administración en el poder se encuentra efectuando un análisis de mercado para obtener el apoyo popular y de las burocracias relevantes del gobierno. Rara vez, sin embargo, los altos funcionarios gubernamentales admiten que esto ocurra--como lo hizo el Secretario de Defensa Interino Paul Wolfowitz cuando admitió que la administración escogió a las armas iraquíes de destrucción masiva como la justificación para la invasión, porque ésa era la única cuestión sobre la que las burocracias de la seguridad podrían ponerse de acuerdo. Si una administración sale a comprar motivos para invadir a otro país y tiene que engañar al público y al congreso para justificar sus acciones, quizás debería reconsiderar la política. Y lo que es igualmente importante: si la información sobre los programas de armas de los estados truhanes es tan poco concluyente que la administración tiene que distorsionarla y decorarla, ¿cómo pueden los Estados Unidos conducir una estrategia de “guerra preventiva”, que es críticamente dependiente de la buena inteligencia?

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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