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La defensa de su hogar no es terrorismo, ni siquiera en Irak
2/7/2003
Robert Higgs

Aunque el Presidente George W. Bush declaró a la conquista militar estadounidense de Irak un éxito hace ya más de dos meses, la matanza continúa como algo rutinario, al igual que los esfuerzos del gobierno de los EE.UU. de pintar una cara sonriente sobre la muerte, la destrucción, y el desorden que su invasión ha traído al desgraciado pueblo iraquí. De acuerdo con Bush y el procónsul de los EE.UU. L. Paul Bremer III, la vida está retornando a la normalidad en Irak, pero si una carencia de energía eléctrica, de saneamiento básico, y de seguridad pública es normal, entonces los desafortunados iraquíes debería estar orando por el rápido advenimiento de la anormalidad.

Bush juramenta que los continuos ataques contra las tropas estadounidenses en Irak no lo disuadirán de la “restauración” del país conquistado. Insiste en que los atacantes consisten solamente en extremistas Baathistas y en “terroristas.” Contra estas resistencias, el comandante de las fuerzas estadounidenses el General David McKiernan promete “golpear duro y con fuerza mortal” siempre y dondequiera que la oportunidad se presente para desintegrar a los opositores a la ocupación de los EE.UU..

Esta caracterización oficial de la situación en el terreno, sin embargo, suena cada vez más hueca. Incluso el lector ocasional de los informes noticiosos ha aprendido que las enormes campañas estadounidenses contra los citados resistidores—la Operation Peninsula Strike, la Operation Desert Scorpion, y más recientemente la Operation Sidewinder—importan mal informados e indiscriminados esfuerzos, signados más por la fuerza militar abrumadora y la potencia de fuego masiva que por una genuina comprensión de la situación real. Pertrechados tan solo con acotillos, los estadounidenses se encuentran actualmente intentando efectuar una cirugía de cerebro, y no están teniendo mucho éxito.

¿Cómo podría ser de otra manera? Los soldados estadounidenses no están ni entrenados ni inclinados para actuar como policías. No saben nada acerca de cómo investigar un crimen, identificar a los apropiados sospechosos, y aprenderlos sin probocar un daño enorme sobre inocentes espectadores. En Irak los estadounidenses operan bajo la tremenda desventaja de no entender ni la lengua ni las costumbres de los individuos a los que intentan controlar. Ni tampoco son las tropas estadounidenses un cuerpo de arquitectos, de ingenieros de la construcción, de expertos en salud pública, o trabajadores sociales. Son matadores entrenados. Esperar que “reconstruyan” Irak es estúpido. La tarea del ejército es la de destruir, no construir.

Colocadas en una posición insostenible, las tropas patrullan ahora a las ciudades iraquíes y mantienen puntos de control en las calles, convirtiéndose en blancos de la oportunidad para cualquier iraquí que elige atacarlas. Obviamente, Irak se encuentra atestada con los rifles militares, las granadas impulsadas por cohetes, y otras armas, y hombres entrenados para utilizarlas. En esta situación hostil y peligrosa, las tropas estadounidenses logran naturalmente pícaros dedos gatilladores. Chorreando sudor miserablemente en sus armaduras, las mismas se tornan más inclinadas a, como Edmund L. Andrews del New York Times informara el 2 de julio, “disparar primero y hacer preguntas después.”

Andrews observa también que los frecuentes tiroteos de los EE.UU. y otros asaltos contra los iraquíes están “dejando un rastro de amargura, de confusión y de hambre para la venganza.” ¿Cómo podrían no hacerlo? En incidentes recientes una multitud de personas inocentes ha sido equivocadamente tomada como blanco, alcanzada por balas perdidas, y herida por explosiones y fuegos. En un aldea al norte de Bagdad, por ejemplo, una familia de pastores fue atacada por los tanques de EE.UU.. En otro lugar, una familia fue muerta mientras trabajaba para extinguir los fuegos que las bengalas estadounidenses habían iniciado en un campo de trigo.

Los puntos de control del tráfico en las ciudades, proporcionan escenarios para los recurrentes incidentes con los soldados de gatillo fácil soltando su potencia de fuego—bien, ¿quién puede decir quiénes son las personas blanco de las descargas? El mayor del Ejército de EE.UU. Scott Slaten, un oficial de asuntos públicos, declara que los conductores que huyen de los puntos de control son “usualmente criminales, Baathistas, o individuos escapando de crímenes por los que no pensaban que serían atrapados,” pero ¿cómo puede el joven y asustado cabo en un punto de control saber posiblemente el carácter o las intenciones del conductor al que le dispara en una reacción instantánea?

No estamos tratando exactamente con el debido proceso cuando un soldado nervioso descarga un ráfaga de ametralladora pesada, como lo hiciera uno recientemente en un incidente en Bagdad al que un testigo iraquí describió diciendo “Ellos mataron a personas inocentes por nada.” Testigos afirmaron que ninguna señal les ordenaba a los conductores detenerse, y que los mismos fácilmente pudieron haber errado o malentendido a los soldados que les hacían señas desde el costado del camino. En otro incidente reciente en un punto de control, testigos dijeron que el automóvil se había detenido antes de que un soldado estadounidense le disparara con una ametralladora pesada, hiriendo a su anciano conductor así como también a los ocupantes de un vehículo cercano alcanzado por las balas perdidas. Las ametralladoras y las áreas urbanas densamente pobladas hacen una combinación mortal.

Los estadounidenses perplejos porque las condiciones no cuajan en Irak, parecen hipnotizados por la propaganda oficial estadounidense que representa a la conquista y a la ocupación del país como una “liberación.” Para solucionar este rompecabezas, tan solo necesitamos darle vueltas a la situación en nuestras propias mentes. Imagínese que el ejército iraquí ahora controla su ciudad. Imagínese que de vez en cuando sin razón aparente alguna, ellos irrumpen en los hogares, pateando, aporreando, y disparándole a los ocupantes y llevándose a algunos como cautivos hacia destinos desconocidos por razones desconocidas. Imagínese que los iraquíes que pasan por su casa apuntan los cañones de sus tanques contra la misma, que los iraquíes en las calles apuntan sus rifles automáticos contra usted y sus hijos mientras salen a hacer sus compras. Imagínese que de vez en cuando, le disparan a un niño de 12 años lo suficientemente tonto como para mirarlos fijo en el momento equivocado en el lugar equivocado. Imagínese que cuando usted y sus vecinos protestan pacíficamente por sus acciones, ellos a veces abren fuego salvajemente contra la multitud de manifestantes y los edificios adyacentes. Piense acerca de todas estas clases de horrores, los cuales hoy día componen la vida cotidiana del pueblo iraquí, y póngase en su lugar.

Entonces pregúntese: cuándo usted elige contraatacar ante la brutal ocupación por parte de extranjeros de su país, su ciudad, y su vecindario, para resistir la profanación de su lugar de veneración, a fin de buscar venganza por la matanza arbitraria de su seres queridos, ¿tiene alguién el derecho de considerarlo un terrorista?

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Investigador Asociado Senior en Política Económica y Editor General, The Independent Review, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.




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