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La política de seguridad nacional fue puesta de cabeza
6/11/2002
Ivan Eland

Pese a que el emergente plan de guerra del Pentágono para invadir Irak y deponer a Saddam Hussein requerirá al parecer fuerzas mucho menores que las que acarreara el desalojo de las tropas iraquíes de Kuwait en 1991, el Pentágono planea movilizar un número similar de personal de la Guardia Nacional y de la Reserva (250.000). ¿Por qué? Para proteger a los blancos civiles en los Estados Unidos y en las bases militares en el exterior.

Esa precaución aparentemente prudente plantea un interrogante mayor: ¿la política de seguridad nacional de Bush ha puesto a la "seguridad nacional" de cabeza?

Personas de todas las convicciones políticas podrían probablemente convenir en que la primera responsabilidad de la política de seguridad nacional de cualquier gobierno es asegurar la seguridad de sus ciudadanos y de su territorio. Lógicamente, no deberían ser emprendidas las políticas que pudiesen minar este objetivo principal, especialmente cuando pudiesen servir solamente a intereses periféricos o planteasen solamente vagas amenazas en el futuro. Sin embargo, la política de Bush de lanzar una invasión no provocada contra una pequeña y relativamente pobre nación, que nunca ha atacado a los Estados Unidos y que no evidencia signo alguno de hacerlo pronto—y que no tendría ningún incentivo para hacerlo en el futuro a menos que fuese provocada (según la CIA)—podría realmente poner en peligro a los ciudadanos y al territorio al los que pretende proteger.

La mayoría del Washington oficial está temerosa de decirle al emperador que está desnudo, pero el robusto despliegue de las fuerzas de la Guardia y de la Reserva para proteger el frente interno indica que los burócratas tienen una capa preparada.

De encontrarse arrinconado y amenazado con la extinción, Hussein tendría todos los incentivos para comisionar ataques en los Estados Unidos usando agentes de la inteligencia iraquí o a los grupos terroristas radicales. Más espantosamente, Hussein posee armas químicas y biológicas, las cuales ha sido hasta ahora disuadido de emplear contra una superpotencia que puede tomar represalias con miles de cabezas nucleares. No obstante, Hussein no tendrá ningún incentivo verdadero para no utilizar las armas químicas o biológicas, o suministrárselas a los terroristas, si la guerra sobreviene. Comprensiblemente, el gobierno de los EE.UU. desea mantener sosegada a esta horripilante posibilidad, pero el previsto despliegue masivo de fuerzas de la Guardia y de la Reserva revela los temores del gobierno.

Y debiéramos tener temor. La intervención militar de los EE.UU. da lugar al terrorismo vengativo. Según el Departamento de Estado de los EE.UU., 1991, el año de la Guerra del Golfo, vio el mayor número de ataques terroristas internacionales desde el final de la Guerra Fría. Una parte desproporcionada de esos incidentes ocurrió durante la guerra en sí misma—enero y febrero de ese año. Muchos de los incidentes en 1991 fueron actos cometidos en percibida solidaridad con la causa iraquí. En 2002 o 2003, en la estela del ataque no provocado contra un país musulmán, un enardecido mundo islámico radical podría perpetrar una repetición del desempeño de 1991. Y, por supuesto, Hussein—quién no enfrentó su extinción en 1991 y quién ha apoyado hasta ahora a grupos terroristas que no enfocan sus ataques contra los Estados Unidos ni nunca les facilitó armas de destrucción masiva—podría volverse mucho más activo, atacando a los Estados Unidos directamente o indirectamente a través de sustitutos.

¿Por qué Bush está poniendo en peligro al territorio de los EE.UU. para ir tras un pequeño rufián del tercer mundo en una lejana tierra que ha sido contenido con eficacia durante más de una década? Porque durante la Guerra Fría los Estados Unidos intervinieron a menudo en el tercer mundo y empujaron su perímetro de defensa siempre hacia adelante para controlar el expansionismo soviético. Después del fin de la Guerra Fría, la política exterior de los EE.UU. permaneció en piloto automático. El Washington oficial se sintió cómodo con el anticuado intervencionismo del pasado.

Los sucesos del 11 de septiembre deberían haber sacudido a la nación en un debate sobre las ventajas y las desventajas de tal política activista. Con la desaparición de la superpotencia soviética, las ventajas de empantanarse en conflictos en tierras lejanas disminuyeron grandemente. Los ataques vengativos contra el Pentágono y el World Trade Center en protesta de la "infiel" presencia militar de los EE.UU. en Arabia Saudita, la tierra de los sitios más sagrados del Islam, deberían haber sido un llamado de atención para el gobierno de los EE.UU. acerca de que el preocuparse por la seguridad de otras naciones podría poner en peligro a los ciudadanos y al territorio de los Estados Unidos.

Pero los ataques del 11/09 parecen haber tenido el efecto opuesto en la administración Bush. Por ejemplo, la misma publicó una declaración de la seguridad nacional que decía "la mejor defensa es una buena ofensa" y ha procedido a agrandar el perímetro, ya sobre-extendido, de la defensa de los EE.UU.. La administración envió tropas a Yemen, a Georgia, y a las Filipinas, estableció bases militares en varios países en Asia central y ampliará la OTAN y probablemente ataque a Irak.

Sin embargo, el 11 de septiembre ágiles terroristas penetraron todas las capas de la defensa y atacaron el núcleo. La administración Bush debería darse cuenta que enredarse más aún en el exterior, atacando y ocupando a Irak, podría pintar un blanco sobre el pueblo estadounidense.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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