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Daño colateral: Dos escenarios, una lógica
15/4/2002
Robert Higgs

Timothy McVeigh, es justo decirlo, entrará en la historia como un terrorista. Colocó una bomba que mató a hombres, a mujeres y a niños inocentes junto con los agentes del gobierno contra quienes él había decidido tomar represalias por sus ataques contra estadounidenses en Waco y en otras partes. En una carta enviada a Gore Vidal, fechada el 4 de abril de 2001, McVeigh describió las razones de su acción:

    Cuando una fuerza agresora lanza continuamente ataques desde una base particular de operaciones, es una sana estrategia militar combatir al enemigo. Además, pidiendo prestada una página de la política exterior de los EE.UU. decidí enviar un mensaje a un gobierno que se estaba tornando cada vez más hostil, bombardeando a un edificio gubernamental y a los empleados públicos dentro de ese edificio, quienes representan a ese gobierno. Bombardear el Edificio Federal Murrah fue moral y estratégicamente equivalente al ataque de los Estados Unidos a un edificio del gobierno en Serbia, Irak, u en otras naciones. Basado en observaciones de las políticas de mi propio gobierno, vi a esta acción como opción aceptable. Desde esta perspectiva, lo qué ocurrió en la Ciudad de Oklahoma no difirió en nada de lo que los estadounidenses hacen llover sobre las cabezas de otros a toda hora, y, subsecuentemente, mi actitud mental era y es una de segregación clínica (reproducido en Gore Vidal, “The Meaning of Timothy McVeigh,” Vanity Fair, septiembre 2001, p. 410)

El pasado otoño, en la estela de los ataques del 11 de septiembre contra el World Trade Center y el Pentágono, el gobierno de EE.UU. lanzó su supuesta guerra contra el terrorismo, dirigida primero a destruir a al-Qaida y a los secuaces del Taliban de esa organización en Afganistán. Gran parte de la acción militar estadounidense en Afganistán ha tomado la forma de bombardeos y de otros ataques aéreos contra supuesto personal, estructuras y equipamiento enemigos. La situación en la tierra, sin embargo, ha demostrado ser menos que transparente: ha sido difícil distinguir al amigo del enemigo, al civil inofensivo del combatiente armado.

El Equipo 555 de las Fuerzas Especiales del Ejército, entre otros, emprendió la tarea de identificar al personal y a la propiedad enemigas y de dirigir ataques aéreos contra ellos. Cuándo los pilotos militares de EE.UU. expresaron dudas respecto de atacar objetivos particulares, el líder del equipo, el Oficial Principal Autorizado Dave Diaz, optó por “jugar este juego terminológico.” Les dijo a sus hombres: “Sí, es una aldea civil, chozas de barro, como todas en este país. Pero no digan eso. Digan que es un compuesto militar. Es un área urbanizada, cuarteles, mando y control. Al igual que con los convoyes: Si realmente era un convoy con vehículos civiles que utilizaban para el transporte, diríamos: hey, convoy militar, transporte de tropas.” (extraído del artículo de Dana Priest, “U.S. Had Difficulty Identifying Targets,” New Orleans Times - Picayune, 20 de febrero 20, 2002, p. A-3, tomado de The Washington Post). Los pilotos vinieron a aceptar las indicaciones del contralor del fuego en tierra y dirigieron su artillería en tal sentido. Aunque el Oficial Autorizado Diaz manifiesta que su grupo procuró evitar la matanza de civiles, en ciertas ocasiones miembros del Equipo 555 se encontraron con mujeres y niños mezclados con personas a las que consideraban eran combatientes del Taliban que “necesitaban golpear en ese momento.” En esos casos, “la indicación que le di a mi equipo, y la indicación de más arriba (cuarteles centrales), es la de que eran combatientes.” (ibid.).

En otro lugar en Afganistán, tras un ataque aéreo a principios de marzo que causara la muerte de una mujer e hiriera a un niño, un comandante estadounidense en la Base Aérea de Bagram dijo que desconocía que la mujer y el niño se encontraban en el vehículo sobre el cual él había ordenado el ataque, pero afirmó también que, de haberlo sabido, no hubiese cambiado sus órdenes:”Hubiésemos seguido adelante y atacado de todos modos” (extraído del artículo de David Wood, “Status of Women, Children Questioned After Airstrike,” New Orleans Times - Picayune, 14 de marzo, 2002, p. A-7). Algunos oficiales militares de los EE.UU. cuestionaron si matar a civiles era la mejor manera de ganar el apoyo del populacho local, pero otros expresaron la opinión de que las acciones tomadas por al-Qaida habían removido la necesidad de sutilezas morales: “En una guerra a muerte como esta, donde la inmoralidad del enemigo se encuentra probada públicamente, si ellos involucran a sus no combatientes entonces éstos se convierten en blancos legítimos, no importa cuan deplorablemente.” (ibid.).

Después de que las tropas de tierra estadounidenses habían atacado equivocadamente a un grupo de afganos que no estaban afiliados con el Taliban o con al-Qaida, matando a dieciséis de ellos, y tomando a otros veintisiete prisioneros durante un tiempo y tratándolos rudamente antes de liberarlos, el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld declinó disculparse: “No los llamemos “inocentes,”” dijo a los reporteros. “No sabemos exactamente qué es lo que eran. Eran individuos que le dispararon a nuestras fuerzas” (Thom Shanker, “Attack Victims Not Taliban Or al-Qaida,” New Orleans Times - Picayune, 22 de febrero, 2002, p. A-13, reimpreso del The New York Times). La autodefensa, parecería, no es una excusa válida para disparar sobre las tropas atacantes de EE.UU.. Rumsfeld declinó culpar a sus fuerzas por sus acciones e indicó que no se tomaría ninguna acción disciplinaria contra los responsables de realizar el ataque: “¿Por qué habría que hacerlo? No puedo imaginar por qué tendría que haber alguna” (ibid.).

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Investigador Asociado Senior en Política Económica y Editor General, The Independent Review, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.




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