Nuestra especie, la más cooperativa
Al preguntarnos por las razones del éxito evolutivo de nuestra especie frente a otras, es necesario destacar nuestra extraordinaria capacidad para cooperar. Nuestra ventaja no consiste únicamente en ser “más fuertes” o más inteligentes individualmente, sino en nuestra capacidad para cosechar los beneficios derivados directamente de la cooperación.
La cooperación facilitó la caza de animales, la defensa frente a los depredadores, la crianza de niños con períodos de dependencia más prolongados, el cuidado de otros, la especialización, la exploración, la colonización y, algo no menos importante, el intercambio de alimentos.
Pero aún más llamativo es el hecho de que esta predisposición, favorecida por la selección natural, nos permitió aprender de otros, enseñar, modificar lo aprendido y transmitir conocimientos a la siguiente generación. Aquí se encuentra el elemento más distintivo de la mejora de la productividad humana, que finalmente trae aparejado el progreso.
Nuestra especie, a diferencia de otras, no solo coopera con parientes cercanos. También lo hace con desconocidos, con personas a las que nunca veremos, con individuos de otros lugares o regiones e, incluso, sin que forme parte de su intención —al estilo de Adam Smith y su mano invisible—, con las futuras generaciones. Desde luego, el lenguaje, la reputación y las instituciones que fueron surgiendo a lo largo de este dilatado proceso favorecieron dicho comportamiento.
No sobrevivimos ni superamos a otras especies únicamente gracias a la capacidad de nuestros cuerpos para adaptarse al medio ambiente. La cooperación nos llevó a producir ropa, refugios y armas; a desarrollar técnicas de navegación y procedimientos para cocinar; y a crear redes de intercambio en las que no solo circulaba lo que producíamos, sino también el conocimiento. Porque, en última instancia, eso es también lo que intercambiamos: conocimientos.
Esa cooperación sobre la que he escrito a lo largo de estas líneas se expresa, en las sociedades modernas, a través de los mercados y, en particular, mediante el comercio. El comercio es cooperación. Allí donde no hay cooperación surgen con naturalidad formas más primitivas de “intercambio forzoso”: todas ellas violentas y contrarias a esa predisposición cooperativa que subsiste en nosotros.
Así que jamás olvides que comerciar es cooperar, y que cooperar es uno de los rasgos distintivos de nuestra especie.
Seguimos conversando.
El autor es economista, PhD (c) en Ciencias Sociales y Jurídicas por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, España y máster en Economía de la Escuela Austriaca. Es liberal, vive en Guayaquil y es director ejecutivo del Instituto Ecuatoriano de Economía Política (IEEP).
- 28 de septiembre, 2026
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