Mandatos de ayer y de hoy
El conflicto en Medio Oriente tiene preocupado al mundo entero. Es un asunto que se viene arrastrando desde hace demasiadas décadas y no parece tener solución. El costo en vidas y sufrimiento humano ha sido colosal para judíos, árabes e iraníes. La comunidad internacional no ha salido indemne, por muy alejado que esté un país de Medio Oriente, porque las secuelas económicas asociadas al precio del petróleo y sus repercusiones se sienten por doquier.
Por ello, sería prudente comprender las raíces históricas de ese problema, para que los políticos de las grandes potencias actuales eviten cometer los mismos errores que en el pasado, incurrieron sus pares.
Simplificando mucho la cuestión, las raíces históricas se remontan a la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918), específicamente, al tratado secreto entre Gran Bretaña y Francia en 1916, conocido como “Acuerdo Sykes-Picot”. Mediante ese pacto, se “repartieron” los territorios del decadente Imperio Otomano en Medio Oriente, en función de sus intereses económicos y políticos. Las zonas petrolíferas fueron factores clave que guiaron el diseño de las regiones a “adjudicar” a cada uno en el futuro.
En la Conferencia de “Paz” de París (1919 -1920) se creó la Sociedad de Naciones, como organismo internacional con potestad jurídica para intervenir en asuntos de los diferentes países. Casi al mismo tiempo, la Sociedad de Naciones otorgó cobertura legal al “Sistema de Mandatos”. Mediante ese mecanismo se remplazó la anexión colonial directa, por una tutela oficial supervisada por una de las grandes potencias europeas del momento.
De ese modo, el Acuerdo Sykes-Picot obtuvo un manto de legalidad, cuando Gran Bretaña y Francia de los papeles llevaron a la realidad, la apropiación de las zonas que cada uno se había adjudicado.
La “justificación” ética que los gobernantes británicos y franceses dieron en ese momento fue, que las naciones árabes todavía no estaban “maduras” para ser independientes. Agregaron, que ese “tutelaje” duraría hasta que esos pueblos fueron capaces de gobernarse a sí mismos. Es decir, no estaba establecida la fecha de su finalización.
Es interesante destacar que el presidente norteamericano de entonces, Woodrow Wilson (1913 -1921), estaba en contra de cualquier forma de colonialismo. En su famoso discurso ante el Congreso de su nación en enero de 1918, proclamó sus “14 puntos” para asentar las bases de una paz duradera a nivel planetario. Abogaba por “la autodeterminación de las naciones subyugadas por las potencias europeas”, o sea, por la “independencia de los pueblos” y “la libertad comercial”.
Pero ni los ingleses ni los franceses le hicieron caso. Sin embargo, para disimular el vasallaje al que estaban sometiendo a las naciones árabes, Gran Bretaña y Francia permitieron la existencia de “gobernantes” nativos, aunque era solo una fachada, ya que el poder real lo ejercía la potencia mandataria.
El saldo para las potencias europeas no fue bueno. Sufrieron atentados, violencia guerrillera e inestabilidad política en los territorios bajo sus mandatos. La situación se tornó tan insoportable, que por ejemplo Gran Bretaña tras la Segunda Guerra Mundial (1939 – 1945), le “tiró” el problema de su Mandato en Palestina a la recientemente creada ONU (1945).
Las consecuencias para Gran Bretaña y Francia de los mandatos en Medio Oriente incluyeron la expansión temporal de su poder imperial, pero también una fuerte resistencia local, altos costos militares y un legado de inestabilidad que, en el mediano plazo, afectó su hegemonía en la región.
El invento del “mandato en Palestina” le acarreó a Gran Bretaña perder su puesto como primera potencia mundial y árbitro global.
Por su parte, el mandato de Francia sobre Siria y El Líbano le costó malograr su prestigio internacional y expuso su debilidad frente a otras potencias.
Con la lucidez que lo caracterizaba, José Ortega y Gasset expuso en la Rebelión de las masas:
Yo sostengo que hoy sabe el europeo dirigente mucha menos historia que el hombre del siglo XVIII y aun del XVII. Aquel saber histórico de las minorías gobernantes —gobernantes sensu lato— hizo posible el avance prodigioso del siglo XIX. Su política está pensada —por el XVIII— precisamente para evitar los errores de todas las políticas antiguas, está ideada en vista de esos errores, y resume en su sustancia la más larga experiencia. Pero ya el siglo XIX comenzó a perder “cultura histórica”, a pesar de que en su transcurso los especialistas la hicieron avanzar muchísimo como ciencia.
Esta advertencia de Ortega debería ser atendida por los gobernantes de las potencias actuales, que ya no son europeas. Especialmente por los de Estados Unidos, con respecto a su mandato de facto sobre Venezuela.
La autora es uruguaya. Es escritora, investigadora y columnista de temas internacionales en distintos medios de prensa. Especializada en filosofía, política y economía, es autora de varios libros y ha recibido menciones honoríficas.
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