Líderes mesiánicos, más allá del bien y del mal
Uno de los problemas de las sociedades latinoamericanas es nuestro apego a fórmulas mágicas para intentar dejar atrás el atraso y los problemas que enfrentamos en la región. Hoy me referiré a la fórmula mágica del líder: aquel político que, según esta fórmula, debería situarse por encima de la Constitución y las leyes, y a quien se le perdona cualquier exceso en pos de un resultado que, por cierto, nunca llega.
Según el recetario de la magia latina, de la que hecha mano nuestro ilustre analfabeto económico, hay algo que no puede ni podrá suceder bajo los cauces normales de una democracia liberal. Nuestro líder debe ser capaz de atropellar todo cuanto se cruce en su camino si llega —y siempre es así— a ser necesario. Huelga decir que, en ese escenario, lo único que realmente presenciamos es la pérdida de libertades y derechos individuales, el irrespeto a la poca institucionalidad existente, autoritarismos y, para variar, continuamos pobres y sin avanzar.
¿Por qué esta reflexión? Las ideas que se encuentran contenidas en la tradición occidental —las de la democracia liberal— no son ideas emanadas de un momento de claridad o del designio de líderes con visión: son el resultado de transcurso del paso del tiempo, a lo largo de generaciones y generaciones, donde diversas rutas y respuestas se ensayaron, y solo las mejores respuestas —léase instituciones— lograron subsistir por coordinar mejor la convivencia humana. Por ello, están ahí, junto a nosotros, porque probaron responder mejor a los problemas que enfrentamos como especie.
Para evitar el abuso del poder, surgieron las constituciones; para evitar la concentración del poder, surgió la tripartición de este; para evitar el autoritarismo, surgió la libertad de expresión; para evitar la dictadura, la alternancia del poder. Como pueden observar, son una especie de legado de buenas prácticas que solo han llegado a sobrevivir porque probaron, frente a otras alternativas —otro tipo de respuestas—, ser mejores para permitir aquello que llamamos convivencia.
En la tradición liberal ha llegado a ser tan claro su rol fundamental que, por ello, esta es la tradición que ha triunfado por doquier. Las sociedades más civilizadas, pacíficas y prósperas operan bajo este cúmulo de instituciones —respuestas—, y ello es parte de su éxito. Por ello, no, mis amigos: digamos no a los líderes mesiánicos.
Seguimos conversando.
El autor es economista, PhD (c) en Ciencias Sociales y Jurídicas por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, España y máster en Economía de la Escuela Austriaca. Es liberal, vive en Guayaquil y es director ejecutivo del Instituto Ecuatoriano de Economía Política (IEEP).
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