La familia totalitaria: del nacional socialismo al comunismo

De las distintas doctrinas políticas totalitarias existentes, hay que decir que todas tienen un elemento común: colocan a alguna entidad —abstracta y difusa— por sobre el individuo de carne y hueso. Todas presuponen variantes del colectivismo y terminan siempre en una suerte de Estado totalitario.
Los colectivismos colocan de manera sistemática alguna forma de “bien superior” por sobre la realidad de las personas: la nación, el partido, la raza, el Estado o el pueblo, entre otros. Todos creen, invariablemente, que desde el Estado se puede modelar la realidad imperante. Terminan en un elevadísimo —casi total— nivel de planificación central económica y en la pérdida de libertades. Por cierto, jamás solucionan los problemas reales de la gente.
Tradicionalmente han sido enemigos de las democracias occidentales, pues el líder, el partido o el Estado, no pueden ser sometidos ni al imperio de la ley, la división de poderes y a respetar las libertades civiles, políticas o económicas. La limitación del poder es, por definición, algo que no tiene razón de ser para las variantes de la familia totalitaria.
Sin embargo, la gran lección que hoy han aprendido las distintas variantes totalitarias -entre ellas, el socialismo vegetariano o carnívoro- es que ya no cabe intentar tomar el poder por la vía de las armas. Aún los más convencidos “revolucionarios” lo saben: hoy hay que hacerlo mediante el voto, para luego, desde el poder, desmantelar al sistema que blinda las libertades personales, pues estas son incompatibles con el sistema que se pretende imponer.
De manera casi invariable esta ha sido la ruta que los totalitarismos utilizan en la actualidad, para terminar, como siempre, imponiendo su “visión del mundo”. Siempre suponen una suerte de adanismo: en el que nada de lo anterior fue bueno y, con ellos, comienza la historia.
Solo queda advertir: cuidado. Los proyectos totalitarios rara vez se presentan como tales. Suelen vestirse de ovejas, invocar los miedos de la gente y prometer el cielo en la tierra. No importa si llegan al poder mediante elecciones o con respaldo popular: cuando una causa abstracta se coloca por encima del individuo, la libertad se pone en riesgo. La historia ya nos enseñó el desenlace. Porque cuando el individuo deja de ser el centro, el poder no encuentra límites.
Seguimos conversando.
El autor es economista, PhD (c) en Ciencias Sociales y Jurídicas por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, España y máster en Economía de la Escuela Austriaca. Es liberal, vive en Guayaquil y es director ejecutivo del Instituto Ecuatoriano de Economía Política (IEEP).
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