El peor de los mundos

ABC, Madrid
La astracanada en que se ha convertido el Brexit era perfectamente previsible. Después de dos años, todo gira alrededor del mismo dilema: partir el Reino Unido o partir Irlanda. La pertenencia a la Unión Europea sigue siendo, después de los ríos de tinta oral y escrita que han corrido, la única forma de disolver ese dilema. Muchas de las objeciones que los euroescépticos disparan contra la UE son atendibles, pero la conclusión a la que nos llevan estos dos años de laberinto sin salida es que la solución a los problemas planteados, especialmente el de la burocratización esclerótica de Europa, está dentro y no fuera de la unión. Porque, dadas las relaciones ya existentes entre británicos y europeos, el Brexit implica, además del dilema mortal, nueva burocracia y muchas limitaciones a la libertad de mercado y empresa que, se supone, los euroescépticos propugnan.
Esto, en cuanto a los euroescépticos liberales. Pero también los euroescépticos nacionalistas han acabado expuestos, pues el dilema que es la nuez del asunto –partir el Reino Unido o partir Irlanda– atenta contra la soberanía de muchos británicos por una u otra vía, además de que resucita, en Irlanda del Norte, un enfrentamiento entre unionistas y republicanos que desde finales de los años 90 estaba diluido gracias a que las diversas soberanías habían logrado conjugarse de tal forma unos y otros tenían razones para aceptar el statu quo.
Todo esto evidencia lo que era muy obvio desde un principio: que no hay una salida pactada o “blanda” porque ello supondría seguir de una u otra forma en la Unión Europea, ya sea a través de alguna variante del mercado único o de la unión aduanera (o ambas). Un acuerdo que supusiera mantener al Reino Unido en el mercado único implicaría aceptar las cuatro libertades, incluida la libre circulación de personas, verdadero anatema para los euroescépticos; un acuerdo que implicara mantener al Reino Unido en la unión aduanera permitiría a los británicos bloquear la circulación de personas, pero le impediría hacer acuerdos comerciales por su cuenta con terceros países (gran promesa de los euroescépticos). Supondría, además, igual que si siguiera perteneciendo al mercado único, aceptar muchas normas europeas y la injerencia de tribunales supranacionales. ¿Qué sentido tendría haber provocado la hecatombe de los últimos dos años para acabar pactando la permanencia en… el mercado único o la unión aduanera, que es a lo que conduce una salida “blanda”?
Por eso, repito: la única forma de ser coherentes con el Brexit es abandonar Europa de forma categórica y traumática. Coherente… pero trágica para todas las partes y ciertamente lesiva para la libertad y la soberanía, las dos cosas que, se supone, animan a los euroescépticos (los liberales en el primer caso y los nacionalistas en el segundo) en su pretensión rupturista.
Son muy pocos los euroescépticos que hicieron campaña en favor de la salida del Reino Unido que tuvieron en su día las agallas de declarar que la única forma real de llevar a cabo el Brexit era a la bruta. Y son pocos los que, dos años después y ante el caos en que está sumida la pérfida Albión, lo admiten. Si hubieran hecha explícita esta maciza verdad durante la campaña, el Brexit habría sido derrotado de manera inmisericorde.
La ficción ideológica de que era posible abandonar la Unión Europea de manera indolora, sin partir al Reino Unido o partir Irlanda, tuvo éxito electoral por razones emocionales, como ocurre con las votaciones populistas. Lo honrado hubiera sido decir la verdad y lo inteligente, pelear contra la burocracia injerencista, la política y la judicial, desde adentro.
- 28 de septiembre, 2026
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