Salario mínimo: Engaño máximo en Guatemala
Por José Raúl González Merlo
Es la época del año en que la Comisión Nacional del Salario (CNS) se reúne para decidir en cuánto aumentará el salario mínimo. Los delegados sindicales proponen entre un 30 y un 40 por ciento de incremento. Si no se llega a un “acuerdo”, el presidente tendrá la última palabra. Guatemala no es el único país del mundo que mantiene esa perniciosa práctica. Pero no por ello perjudica menos la vida de los más pobres.
La canciller alemana, Ángela Merkel, acaba de negociar con la oposición política, por primera vez, la imposición de un salario mínimo para los trabajadores alemanes. Aunque suene increíble, uno de los países con los mejores estándares de vida a nivel global no había implementado esa política. No es una coincidencia que, hasta ahora, Alemania presuma con una de las tasas más bajas de desempleo en Europa. Sin embargo, eso se ha puesto en riesgo. Son los lujos que se pueden dar los países ricos; como EUA, por ejemplo, en donde hay manifestaciones en Nueva York para que el presidente Obama duplique el valor del salario mínimo de US$7.50 la hora a US$15. El Guatemala, el salario mínimo es de poco más de US$1.10 la hora.
La razón por la que el salario es menor en Guatemala que en EUA y en Alemania no se debe a la mayor generosidad de los empresarios estadounidenses o alemanes. Se explica por la productividad de los trabajadores de cada uno esos países. Sin embargo, los políticos universalmente han puesto a la carreta adelante del buey. Es un error creer que el salario determina la productividad del trabajador. Es al revés. La productividad determina el salario. Por ello, subir el salario por decreto condena a los empleados menos productivos a quedarse sin trabajo. Y ellos, generalmente, son los que tienen menos instrucción o menos experiencia.
Alguna vez se ha preguntado ¿por qué es que hay personas vendiendo todo tipo de cosas en medio del tráfico en la calzada Aguilar Batres? La respuesta tiene que ver con el hecho de que es ilegal darles empleo. Es decir, o les paga el salario mínimo o mejor no los contrate. De ahí que estén condenados a caminar por las calles vendiendo de todo; tratando de ganarse la vida de manera honrada. Subir el salario mínimo no solo es mala política económica, es cruel porque aleja, aún más, la posibilidad de que ellos encuentren un empleo formal. De los más de seis millones de personas que forman la población económicamente activa, sólo poco más de un millón tiene empleo en el sector formal…
Elevar el salario mínimo se ha convertido en la medida demagógica por excelencia en Guatemala y en todo el mundo. Es un “regalo de Navidad” de los gobernantes al pueblo. Una “conquista social” de los sindicalistas a sus colegas. La realidad es que es el engaño máximo porque el pueblo no logra establecer la relación del aumento del salario mínimo y su desempleo. Por otra parte, no todo el desempleo es malo. Hay uno que produciría beneficios inmediatos entre los más pobres: cerrar la CNS. Dejar sin trabajo a todos sus miembros terminaría con la empobrecedora práctica de subir, todos los años, el salario mínimo.
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