Argentina antes del amanecer

Mañana, como decía el destacado analista Carlos Pagni en La Nación esta
semana, empieza el futuro en la Argentina. Lo que está en juego ya ni
siquiera es si el proyecto Kirchner entró en su recta final, algo que
podemos dar por descontado, sino qué y quiénes vendrán después. Eso se
empezará a dilucidar mañana. Presten, pues, mucha atención, cancillerías
y observadores del mundo entero.
Sabemos con certidumbre délfica que el resultado de las legislativas
que mañana renovarán la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del
Senado sepultará por fin y para siempre la ambición de perpetuidad del
kirchnerismo. El famoso “Cristina eterna” pasará a mejor vida. Está
garantizada la derrota de la lista que encabeza el candidato de la
presidenta, Martín Insaurralde, en la determinante provincia de Buenos
Aires, y de las listas oficialistas en Santa Fe, Mendoza, Córdoba y la
Ciudad de Buenos Aires, los siguientes cuatro distritos electorales en
importancia. De allí no sólo saldrá un Poder Legislativo en el que será
imposible cambiar la Constitución para que la presidenta opte a un
tercer mandato en 2015 sino, con mucha probabilidad, un Congreso mucho
menos dócil del existente.
Esto es de por sí una novedad. Es cierto que ya en 2009 el
kirchnerismo sufrió un revés serio en las elecciones legislativas, pero
en la práctica no perdió el control del Congreso. Su capacidad de
intimidación suplió la falta de legisladores propios con creces, de modo
que la oposición volvió a entrar en un período de hibernación política.
Ahora es distinto: la base popular del gobierno es mucho menor, el
contexto económico mucho peor y la posibilidad de la “eternidad” es
nula, lo que implica disidencias múltiples dentro del Partido
Justicialista.
Hay, pues, dos preguntas importantes que surgen de inmediato ante lo
que va a pasar mañana. La primera, cuyo alcance es de corto y mediano
plazo, es: después de esto, ¿qué puede esperarse del gobierno de cara a
sus últimos dos años? La segunda, cuyo alcance es de mediano y largo
plazo, puede formularse así: ¿Qué puede esperarse de cara a 2015, cuando
los argentinos elegirán al nuevo gobierno?
Ninguna de las dos preguntas tiene respuestas claras, y si algo es
riesgoso en la política argentina es hacer pronósticos. Pero hay datos
suficientes que nos permiten aproximarnos a las respuestas.
La primera pregunta es más sencilla, porque la respuesta no vendrá
dada tanto por la reacción de la presidenta y su entorno como por la
apabullante realidad de la economía y sus implicaciones políticas al
interior del gobierno. Lo que cabe esperar es esto: una dosis pequeña de
racionalidad forzada por las circunstancias, pero en ningún caso una
marcha atrás en el proyecto. Ello vendrá, a su vez, acompañado de una
lucha política que ya no será tanto la del gobierno contra la(s)
oposición(es) como la del peronismo contra el propio peronismo. Y, en la
medida en que esa autofagia política consumirá las energías del
gobierno, es improbable que exista la fuerza para que el Ejecutivo siga
avasallando a las distintas instituciones y espacios de la sociedad
civil, como ha ocurrido hasta hace poco.
Ya hay indicios de que la abapullante realidad económica a la que me
refiero está obligando al gobierno a mostrar cierta cautela. Por
ejemplo, ha señalado su disposición a llegar a acuerdos con las
numerosas empresas que le han ganado procesos administrativos por
controversias comerciales en el Ciadi. Esto es, para quien haya seguido
de cerca esas controversias, muy novedoso: un claro indicio de que van
sintiendo la pegada del aislamiento internacional ahora que tienen menos
armas para defenderse de él.
Se ha empezado a hablar también, por otra parte, dentro del gobierno,
de ajustar algunas tarifas en servicios altamente subvencionados y de
la posibilidad -milagro de milagros- de sacar de sus puestos a algunos
personajes que encarnan mejor que nadie el desastre de la inflación, la
inseguridad jurídica y la caída de las reservas: Guillermo Moreno, el
temido secretario de Comercio Interior; Alex Kicillof, en la práctica,
una suerte de viceministro de Economía y cerebro de la operación de
captura de YPF; por último, el propio Hernán Lorenzino, ministro de
Economía, inmortalizado en YouTube por la entrevista en la que dijo “me
quiero ir” cuando una periodista griega le preguntó por la inflación.
En cualquier caso, el “modelo” no da más de sí: para sostener una
tasa cambiaria irreal, se han gastado ya el 20 por ciento de las
reservas sólo en lo que va de este año. Cualquier viraje hacia una dosis
de prudencia sólo se explicará por esta zozobra que ha erosionado la
base popular del gobierno. Esa zozobra es el saldo, en realidad, de un
sistema que lleva una década, y estuvo diseñado para consumir mucho y
barato a costa de producir poco y gastar mucho dinero público. Con unas
finanzas en estado crítico, una desconfianza internacional ejemplificada
por el hecho de que el FMI sencillamente ha decidido no creer en las
estadísticas oficiales argentinas y una inflación que galopa hacia el 30
por ciento, el mazazo electoral de mañana no va a dejar margen
suficiente al gobierno para seguir huyendo hacia adelante. Por eso digo
que cabe esperar, bajo fuerza de las circunstancias, algunas dosis (muy
pequeñas) de racionalidad a partir de ahora. Dentro, por supuesto, del
mismo modelo inviable. Eso podría costarle la cabeza a Moreno, cuyo
fracaso en el combate contra la inflación tuvo un momento de exquisito
bochorno cuando el Big Mac, que él había fijado en negociaciones con la
empresa Arcos Dorados, dueño de la franquicia máster para la región, en
25 pesos, pasó a costar 36 pesos…
La respuesta a la segunda pregunta -¿Qué y quiénes sucederán al
kirchnerismo?- es más complicada, porque no existe ni ha existido en
toda esta década una oposición nítida y unificada con un líder
permanente. Cada vez que surgía una fuerza amenazante, los Kirchner
lograban aplastarla. Empezando con el propio Ernesto Duhalde, el
peronista responsable de haber convertido a Néstor Kirchner en candidato
en 2003 y de su triunfo electoral.
Al problema de que no ha existido a lo largo de la década una
oposición unida y un líder definitivo se añade ese protoplasma infinito
que es el peronismo, con sus innumerables moléculas. Como ocurre de
tanto en tanto, han surgido últimamente nuevos disidentes peronistas que
se vienen a sumar a los anteriores y a los de más atrás, de modo que el
resultado es una complejidad que no permite ver con certidumbre quién
va a suceder a Cristina. Opositores y disidentes hoy compiten por el
liderazgo de la oposición intensamente. De allí que el resultado de
mañana sea tan importante también en este sentido.
La oposición tiene ahora, si puedo simplificar peligrosamente las
cosas para hacerlas una pizca más comprensibles, algo así como tres
grandes referentes. Uno es Mauricio Macri, el jefe del gobierno de la
Ciudad de Buenos Aires y líder de PRO, que saldrá reforzado en la
capital pero que necesita puntuar bien en las provincias del interior
para mantener vigentes sus expectativas. Otro es una alianza electoral
que no sabemos si va a durar, compuesta por el radicalismo tradicional y
algunos grupos de izquierda, además de la incombustible Elisa Carrió, y
que tiene en el interior, tanto en Santa Fe como en Mendoza, a figuras
claves, como el socialista Hermes Binner y el radical Julio Cobos. Aquí,
por lo pronto, ni siquiera está definido cuál de los tres sería el
candidato. Peor: ni siquiera está definido si irán juntos a las
presidenciales en dos años.
Un tercer referente son los disidentes peronistas. Hasta hace poco
figuraban en este lugar personajes como Francisco de Narváez, que logró
derrotar a Néstor Kirchner en unas elecciones legislativas anteriores, o
José Manuel de la Sota, el ex gobernador de Córdoba que es un “cacique”
a tener en cuenta. Pero ahora la estrella de este bando es Sergio
Massa, intendente de Tigre cuya lista mañana derrotará a la de Cristina
en la provincia: pasará a ser el favorito de cara a 2015, al menos en el
corto plazo.
Del lado oficialista, las cosas están aun menos claras, pero el dato
clave es el acercamiento que se ha producido entre el gobierno y el
gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, quien hasta
hace poco era considerado un disidente y parece estar vislumbrando que
su única opción es ser el candidato del poder.
Si Massa obtiene una ventaja muy contundente -entre ocho y 10 puntos-
sobre la lista oficialista en la provincia, pasará a ser el candidato
presidencial a derrotar. Como peronista disidente, este antiguo liberal
nucleará en torno suyo a una constelación de peronistas disidentes,
viejos y nuevos. Su propuesta será de centroderecha, desmarcada del
populismo, aunque, dadas las necesidades electorales, él mantendrá un
lenguaje algo ambiguo.
Querrá decir que el cambio de modelo hacia la racionalidad a partir
de 2015 ya estará por lo menos sostenido por dos de las tres principales
fuerzas opositoras: la de Massa y la de Macri. Pero hay más: algunos
miembros claves de la alianza (UNE) entre radicales y socialistas
moderados son de tendencia parecida a la de Macri y Massa, aunque no lo
admitan abiertamente. Es el caso de Hermes Binner, que tuvo el coraje de
decir, como socialista, que apoyaba a Henrique Capriles contra Nicolás
Maduro en Venezuela. Y quizá sea el caso de Julio Cobos, a pesar de que
fue vicepresdente del kirchnerismo y de que es de la Unión Cívica
Radical, por tanto, de un partido populistón.
En resumidas cuentas: la oposición, sea cual sea la fuerza que emerja
como la dominante de aquí a 2015, garantiza una apuesta por un cambio
de modelo. Digo bien “una apuesta por un cambio” y no “un cambio”
directamente. ¿Por qué? Porque el cambio efectivo dependerá de que sean
capaces de armonizarse para gobernar juntos, o al menos no
entrematándose, cuando uno de ellos tenga el gobierno y trate de tomar
decisiones teniendo a un peronismo desestablizador enfrente. Ya sabemos
cómo acaban los gobiernos a los que el peronismo no deja gobernar. Por
eso hará falta mucha la unidad de los afines en torno al próximo
gobierno a partir de 2015, única forma de asegurarle la gobernabilidad
al cambio de modelo.
¿Algún peligro de que el peronismo populista, por ejemplo con Scioli,
gane las elecciones presidenciales? Nunca puede descartarse nada en la
Argentina. Pero es improbabilísimo que un peronista gane con las
banderas del oficialismo. Por lo pronto, se viene la guerra entre ellos
mismos. Porque el gobernador de Entre Ríos, Sergio Urribarri, aspira a
la candidatura gobiernista y tiene muchos apoyos en el entorno de
Cristina, que nunca ha querido a Scioli. Si consideramos el desprestigio
creciente del gobierno y el zafarrancho entre aspirantes oficialistas
próximo a suceder, ¿son grandes las posibilidades de que la oposición,
que mañana obtendrá un triunfo decisivo, sea derrotada en 2015?
No, no lo son. Por eso creo que mañana empieza el futuro. A pesar de todo.
- 28 de septiembre, 2026
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