Salvador Allende, el mito glorificado
Por Antonella S. Marty
Cada 11 de septiembre, se conmemora en Chile la caída del gobierno del ex presidente Salvador
Allende. En aquella fecha, pero en 1973, Allende -que había
arribado al gobierno tres años antes, en representación de la coalición de
izquierda Unidad Popular- es informado sobre el inicio de la toma de distintos
puntos de la ciudad por parte de las fuerzas armadas chilenas. El presidente se
dirige hacia La Moneda, lugar que sería testigo de los últimos minutos de vida
del mandatario. Las fuerzas militares le solicitan la entrega del poder esa
misma mañana, pero Allende descarta esta idea. Luego de algunas horas de
tensión, los tanques ingresan en la zona del palacio, lo que da inicio al
ataque, motivando a un pedido de cese del fuego por parte del jefe de estado.
En esta instancia, Allende cede e insta al personal que lo acompañaba hasta ese
momento a que se retire del salón que había sido elegido como refugio. Al
quedar solo en aquel salón, dispara un fusil –obsequio de su admirado Fidel Castro- contra su mentón. Salvador Allende, promotor del despotismo
comunista, estaba muerto.
En 1970, Allende llegaba al gobierno de la mano de un ideario
marxista-socialista, tras obtener el 36,2% de los votos contra el candidato de
la derecha, que alcanzó un 34,9%. Meses después -y al no haber segunda vuelta-,
el parlamento escogería a Allende para la presidencia de la nación, bajo la
condición de que firmase y respetase el Estatuto de Garantías Democráticas. Luego de rubricar el documento
con su firma de puño y letra, Allende reconoció que el acto se había tratado de
una simple estrategia para llegar al poder, e implementar su programa
comunista de gobierno.
No obstante, y conforme lo citaba el periódico The Economist días
después de la caída de Allende, "la
muerte transitoria de la democracia en Chile era lamentable, pero la
responsabilidad directa pertenecía claramente al Dr. Allende y a aquellos de
sus seguidores que atropellaron la constitución".
De este modo, y como lo explica José Piñera -hermano del actual presidente, y economista creador
del sistema privado de pensiones en Chile-, la misma institución que lo llevó
al poder decidió removerlo, tras registrarse sus numerosos atropellos contra la
constitución del país. Un mes antes de su caída, la cámara de diputados
firmaría un acuerdo para remover al jefe de estado, respaldado por el accionar
de las fuerzas armadas el 11 de septiembre. Este convenio fue, en ese entonces,
aprobado por 81 diputados de la Cámara, esto es, aproximadamente dos tercios de
la misma.
Durante los gobiernos previos al de Allende (Jorge Alessandri y Eduardo Frei Montalva), se dio inicio a una serie de medidas que
luego serían completadas al extremo bajo su mandato, en este caso, expropiaciones
(hoy reconocida medida de ciertos gobiernos populistas latinoamericanos).
Comenzado el desgaste del derecho de propiedad, se multiplicaron las dudas
respecto del tiempo de vida remanente para el Estado de Derecho.
Antes que ser glorificado por sus intentos de imponer un régimen al
estilo cubano, Salvador Allende quizás debiera ser recordado como un ferviente
portador de arbitrariedad y promotor de graves atropellos contra la
constitución chilena de aquel entonces. Durante su presidencia, la nación
recobró la senda de la miseria social -aspecto que difícilmente pudo ayudar al
crecimiento económico registrado por Chile en décadas posteriores-, en tanto se
computaron avances en contra de la prensa libre y la propiedad privada, se
incrementó el respaldo en favor del extremista Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), y el gobierno se
comprometió con la agenda y estatutos de la OLAS -espectro a cargo de extender
el ideario de la revolución comunista en la región-. Las huelgas se volvieron moneda
corriente, la inflación se disparó en cifras lindantes con el 350% anual,
idéntico despliegue acusó la emisión monetaria, y las industrias se acercaron
al desplome. Abundaron controles de precio y su lógico subproducto, esto es, el
desabastecimiento. En definitiva, Allende consolidó un programa económico que
asistió en la destrucción de la nación, tanto a nivel socioeconómico como
institucional.
El éxito del modelo de crecimiento y desarrollo chileno jamás habría
sido posible si el derrocado mandatario se hubiese mantenido en La Moneda. En
1989, por la pacífica vía del referéndum, Pinochet regresó el control del poder
a los civiles, en las manos de Patricio
Aylwin (demócratacristiano de centro-izquierda). El mismo
expresaría, poco tiempo después que "el gobierno de Allende se aprestaba a consumar un autogolpe, para
instaurar por la fuerza una dictadura comunista", y que "las fuerzas armadas no hicieron sino
adelantarse a ese riesgo inminente".
Ni Aylwin ni los gobiernos subsiguientes renegaron del sendero que
condujo a la República de Chile a convertirse en uno de los países más estables
e institucionalmente más sólidos de la América Latina. La dirigencia chilena
asumió el compromiso de respaldar la alternancia política al tiempo que mantuvo
la continuidad del rumbo económico, más allá de la diferencia de ideologías
comportadas por los diversos espacios políticos.
De haberse inscripto el destino de Chile dentro del comunismo, América
Latina -muy probablemente- hubiese contabilizado una segunda Cuba en su haber.
Sin el ejemplo chileno, las implicancias para la región quizás hubiesen sido
muy distintas, y en tal sentido supo expresarse Mario Vargas Llosa: "Si Chile retrocede hacia alguna forma
de chavismo, sería una catástrofe no solo para los chilenos sino para toda
América Latina".
Por su parte, Salvador Allende también había compartido su indudable
aversión frente al Estado de Derecho, en uno de sus últimos discursos públicos: "En un período de revolución, el poder
político tiene derecho a decidir en el último recurso si las decisiones
judiciales se corresponden o no con las altas metas y necesidades históricas de
transformación de la sociedad, las que deben tomar absoluta precedencia sobre
cualquier otra consideración; en consecuencia, el Ejecutivo tiene el derecho a
decidir si lleva a cabo o no los fallos de la Justicia".
De tal suerte que, a cuarenta años de aquel suceso, a cada cual le
corresponde discriminar qué interpreta realmente por "democracia" y,
más aún, replantearse cuál es la instancia en la que el cadalso de la misma dio
comienzo en Chile.
Será hora de que América Latina reconsidere su rumbo y abra sus ojos
ante los ideales que ha perseguido durante todas estas décadas; el fracaso
histórico, en realidad, no existe. Fundamental es comprender que, a criterio de
que exista prosperidad, cada individuo debe ser respetado como tal y no ser
avasallado por el Estado bajo ningún tipo de forma. En tanto esto ocurra, se volverá más claro que la violencia a la hora de
imponer ideas no es el camino; solo debe imperar la libertad.
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