Cooperación social vs. Socialismo
Por Bertie Benegas
Lynch
La explicación más
ilustrativa que he escuchado de un liberal para exponer su visión, ha
sido la de reconocer que no sabe qué es lo adecuado y conveniente
para los demás. Todos somos distintos, todos tenemos distintas
inclinaciones, proyectos, escalas de valores y motivaciones. La planificación
de nuestras vidas es única, siempre cambiante y no comparable con la de
otros. Por eso, para lograr una sana convivencia y el pleno ejercicio de los
derechos de las personas, es menester el respeto irrestricto a la voluntad
de cada una de ellas y la total autonomía para conducir sus vidas, asumiendo las
consecuencias de las propias decisiones.
Cada individuo tiene derecho
a su vida, su libertad y su propiedad y, el ejercicio de estos derechos, no
deben responder a nadie más que a la voluntad del dueño. El hecho de vivir en
sociedad no otorga derecho a nadie a disponer de la vida, la libertad y el
fruto del trabajo ajeno. Las circunstancias negativas que devengan de nuestro
accionar, nuestra mala fortuna, necesidades o aspiraciones de mejora de
nuestra condición, no nos da derecho a forzar a otros a proveernos de
soluciones.
La vida en sociedad tiene un
sentido enormemente constructivo, no agresivo. El individuo, a través de
la cooperación social, constantemente comparte proyectos comunes con
otros individuos. La cooperación social tiene
carácter voluntario por naturaleza, es decir que, para que se
considere tal, el componente de la libertad es una condición esencial. Lo
enriquecedor de las relaciones humanas, es que permiten satisfacer necesidades –sociales,
emocionales, religiosas, económicas, culturales o de cualquier otro tipo- que
de otro modo, no serían posibles. Estas necesidades van desde la división del
trabajo hasta la caridad. Los vínculos sociales son también cambiantes ya que,
como queda dicho, nuestras escalas de prioridades están en constante
transformación, ya sea debido a modificaciones en nuestros propios gustos o a
factores no controlables que alteran nuestros procesos decisorios.
Contrariamente a la
filosofía liberal, existen distintas corrientes de pensamiento que, aunque con
muchos matices, la mayoría confluye en el principio de la planificación
central. Una de las obras más conocidas del Premio Nobel de
Economía Friedrich von Hayek, se titula La Arrogancia
Fatal refiriéndose al engreimiento insolente e inconducente del
socialismo que se jacta de saber qué es bueno para la gente y lo hace
obligatorio. Este sistema necesariamente implica la forzosa postergación de los
proyectos de vida individuales para confluir en el dudoso concepto del bien
común.
El liberalismo se opone a la
planificación central por dos motivos. En primer lugar, porque considera
moralmente inaceptable imponer escalas de valores o planes de vida a otros, aun
conjeturando que será beneficioso para ellos. En segundo lugar, porque no cree
posible contar con información dispersa y cambiante respecto de los valores y
proyectos de vida del resto de sus congéneres.
El socialismo quiebra el
respeto a la libertad y la propiedad porque existe un precepto superior de
aplicación coactiva que diluye los principios de derecho y responsabilidad individual.
Asimismo, destroza la cooperación social creando una red de servidumbre cruzada
en la que todos están obligados a solucionar la vida de otros bajo un confuso criterio
que, paradójicamente, se suele denominar solidario. Los términos como bien
común y los proyectos nacionales y estratégicos son, en definitiva, una forma
de imponer proyectos personales financiados con recursos de otros. De este modo
la sociedad, lejos de tener el carácter virtuoso y cooperativo que propone el
liberalismo, se transforma en un irrespirable e inmoral tejido de pedidos al
gobierno para obtener el fruto del trabajo ajeno.
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