Argentina: Era previsible lo que venía

Por Roberto Cachanosky
Esta nota la escribí en 2004 haciendo el balance del primer año de gobierno
de Néstor Kirchner.
¿Cuál es el listado de temas que se me ocurre para este primer año de
gobierno de Kirchner? El primer discurso, antes de asumir la presidencia,
recordando a los terroristas caídos en la década del ’70. Un injustificado
descabezamiento de las Fuerzas Armadas, el desplante a los empresarios
franceses, el desplante a los empresarios españoles. El enfrentamiento con
Scioli por pensar distinto en materia de tarifas de los servicios públicos.
Decir que todos somos hijos de las Madres de Plaza de Mayo y luego escuchar a
Hebe de Bonafini diciendo que si en el Museo de la Memoria no se exhiben las
armas que utilizaron los terroristas en los ’70, ese museo no sirve para
nada. Es decir, veo a un presidente enalteciendo la figura de una persona que
tiene la violencia como forma de imponer sus ideas.
Recuerdo también a un presidente insistiendo permanentemente con los
derechos humanos y abrazándose con Fidel Castro, que es un déspota que no
duda en torturar y encarcelar a todo aquél que piensa distinto en Cuba. O
juntándose con Chávez, que es el típico populista y dictadorzuelo de América
Latina.
En este año de gobierno también recuerdo a Kirchner diciendo que a Bush
lo iba a dejar knock out, que la culpa de todo lo que nos pasa es de los
fondos buitres, del Fondo Monetario Internacional (FMI) o de las
privatizadas.
En este año de gobierno recuerdo a un Kirchner humillando al Ejército
haciendo que el jefe del mismo se suba a un banquito para descolgar un cuadro
como si fuera un ordenanza. Con esa actitud no humilló a Bendini. Humilló a
las Fuerzas Armadas. Lo recuerdo presidiendo un acto en la ESMA –por cierto
con muy poca gente– que terminó en un desbande donde se destrozó el centro
educativo y se izó la bandera del Che Guevara en reemplazo de la bandera argentina.
Una Argentina con valores de respeto a la patria hubiese visto este acto
como una traición. Sin embargo, se lo vio como un acto de chiquilines
revoltosos. El mismo estilo de los chiquilines revoltosos que, en los ’70,
mataban y ponían bombas por doquier intentando establecer una dictadura al
estilo cubano o de la Unión Soviética.
En estos doce meses veo a un presidente dejando que los piqueteros –que
no son otra cosa que grupos políticos violentos que, al igual que en los ’70,
también quieren imponer una dictadura al estilo cubano– se adueñen de las
calles con total pasividad del gobierno. El ciudadano común, decente, que
trabaja y paga sus impuestos, no tiene derechos en Argentina. Los derechos
les corresponden únicamente a los violentos que, encapuchados y con palos en
mano, se adueñan de las calles y violan los más elementales derechos de las
personas honestas.
Veo también a un presidente metiéndose en la interna política de Uruguay
o de Bolivia y a un presidente generando un fenomenal conflicto con Chile por
el incumplimiento de contratos.
En fin, en un año de gobierno, veo resentimientos, odios, divisiones,
persecuciones, maltratos. Y lo que no veo por ningún lado son reformas
estructurales, lucha por establecer reglas de juego eficientes que nos permitan
progresar. No veo que se esté construyendo un país hacia el futuro.
Veo a un presidente que cree que las inversiones se consiguen a las
trompadas, en vez de crear condiciones generales que incentiven el ingreso de
capitales.
Veo a un presidente que cree que la gente va a invertir porque él lo
ordena.
Veo un presidente que no entiende que la Argentina de fines del siglo XIX
y principios del XX, no creció por el precio del trigo, sino porque sus
políticos habían logrado generar las condiciones para que llegaran capitales
y gente. Hoy veo a un presidente que cree que un país no se construye con
reglas de juego claras, sino con el precio de la soja.
A nadie escapa que la mejora económica de los últimos doce meses tiene
que ver con una cuestión aleatoria: la suba de los precios internacionales de
la soja, el petróleo, el acero, entre otros.
Ahora bien, si efectivamente a un año de gobierno el presidente tiene el
nivel de imagen positiva que muestran las encuestas que publican los medios,
entonces, yo me pregunto: ¿es tan cierta la demanda de instituciones sólidas
por parte de la sociedad? ¿Está la sociedad argentina compuesta por una
mayoría de individuos que, si zafan económicamente, ignora la ausencia de
instituciones y a la que le importa un pepino que distintos sectores de la
sociedad sean atacados injustamente? ¿Cuánto de cierto hay en que la gente
reclama honestidad y pacificación?
Lo que me preocupa no es solamente que Kirchner tenga como eje central de
su política de gobierno el revanchismo setentista y el desprecio por los que
piensan diferente. Lo que me preocupa es que, teniendo ese comportamiento, la
gente tenga una buena imagen de él.
Un año de gobierno es suficiente tiempo para ver hacia dónde se encamina
un presidente. Y, dada la fuerte incidencia que tiene en Kirchner la
ideología de los ’70, todo parece indicar que estamos condenados a perder
otros cuatro años y, lo que es peor, a retroceder treinta.
Argentina necesita urgentemente de una elite que actúe como faro para
sacar al país de las garras del populismo demagógico y de la mediocridad de
la mayoría de la dirigencia política.
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