Argentina: Muñecas sagradas de Ghana

Por Serenella
Cottani
El último
argentino que pasó por Accra no fue -como se consignó aquí- el canciller
radical Dante Caputo, en los ochenta (ver “La Fragata y Los Buitreros” cliquear).
Fue el vice canciller peronista Andrés Cisneros, en los noventa. Cuando llegó
acompañado de Jorge Taiana, para instrumentar la retirada del Movimiento de Los
No Alineados. Por entonces Argentina aspiraba a enredarse en el “primer mundo”.
Abandonaba la fascinación popular de amontonarse con los emergentes eternos. Se
equivocaba.
Después de
Cisneros, veinte años después, por el patetismo de la Fragata embargada,
llegaron los dos representantes de los ministerios que se llevan cordialmente a
las patadas.
Alfredo Forti,
de Defensa, el bajador de línea y materia gris de la comitiva. Y Eduardo Zuain,
de Cancillería. De la Casa Casta. Un austero Ministro de Segunda elevado a
fuerza de respaldo político. Sabe traficar con el mérito del respeto y la
humildad. Lo impulsó el gobernador Zamora, de Santiago del Estero, discípulo
superador del viejo Juárez. Pero radical.
En cambio
Forti, con el empuje inagotable de algún columnista influyente, y con la
potencia del pasado dolorosamente heroico, puede ser el escogido para suplir al
ministro Puricelli, hoy sostenido por la piadosa energía de cuatro glóbulos
rojos, y uno blanco. Hoy Puricelli se encuentra hostigado por un conjunto de
inutilidades convergentes. Le bajaron, primero, al Inca Paz, Jefe de Estado
Mayor de la Armada, que salió a bancar a dos subalternos de su humillada
institución militar. Y hasta a la señora Lourdes Puente, titular de la
Inteligencia Estratégica. Como si fueran los responsables por no haber evitado
lo que nadie, en el fondo, estaba en condiciones de evitar.
Porque el error
de La Fragata fue básico. De ningún modo consistió en amarrar en el puerto de
Tema, Ghana. Y no en el de Lagos, Nigeria. Para el caso, en el fondo, era lo
mismo. Ya que Los Buitreros de Paul Singer lo habían contratado al doctor
Ancemah, titular del estudio de abogados, con bufetes armónicos en ambos países
que aguardaban, como bancas, a los puntos. Con información exclusiva,
proporcionada inocentemente en la página web.
El verdadero
error de La Fragata consistió en haber zarpado desde el Puerto de Buenos Aires.
A los efectos de lanzarse a recorrer los mares del mundo. En representación del
país que supo cargar con la responsabilidad de una gloria ficticia, y que hoy,
para qué negarlo, es un “País Paria” (cliquear). Que es litigado.
Judicialmente hostigado, como si se tratara de un Estado Garca. Con marcada
tendencia hacia el aislamiento moral. Una especie de Eje solitario del Mal. O
simple moto-chorro de la política internacional.
A Forti y a
Zuain los recibieron, en Accra, según nuestras fuentes, con indiferente
cordialidad. Pero nunca pudieron lograr que sus interlocutores ghaneanos se
alejaran argumentalmente de la estricta invulnerabilidad de la división de
poderes. Del respeto -emblema de exportación- hacia los fallos judiciales. Sin
“per saltums” que valga.
Incluso,
algunos funcionarios les mostraron su contrariedad ante el fallo menor del juez
de primera instancia. Trascendió cierto malestar del Presidente, al respecto.
Pero un mes
antes de las elecciones presidenciales, a nadie se le ocurre, en Ghana, que
puede llevarse por delante el fallo de un juez.
Aquí hay que
adaptarse, sin otra alternativa, a la monotonía del sistema jurídico.
Dobles rehenes
Plantar la
queja en las Naciones Unidas, como trasciende que va a hacerlo el canciller
Héctor Timerman, por instrucción de Nuestra César, es una muestra desesperada
de impotencia. Un infantilismo inútil.
De todos modos era mucho más torpe enviar al vicecanciller Zuain hacia Etiopía,
donde se celebra la cumbre de la Unión Africana. Como se pensó.
“Jamás un estado integrante de la Unión Africana va a tirarse en contra de
Ghana”, confirma la Garganta. O manifestarse, siquiera, críticamente.
Menos aún si se trata de la denuncia de un país ausente como la Argentina, que
carece de estrategia política para el África.
La imaginación se agotó con el envío de la misión comercial demencialmente
divertida, hacia Angola. Cuando se trató de entusiasmar a los angoleños con los
calzoncillos baratos de La Salada. Y conmoverlos con el bailecito presidencial.
Cualquiera que
conozca los pasillos de las Naciones Unidas sabe que es absolutamente imposible
litigar con los africanos. Sobre todo con Ghana, que pretende exportar al mundo
la transparencia de sus instituciones. En especial, la Justicia.
Pero lo
importante, para la Argentina actual, es producir títulos de portada. Adoptar
estremecedoras formulaciones. Aunque debiera aceptarse que el país merece, por
las ambiciones inoportunas de su historia, un poco más de envergadura
intelectual. La densa carnadura de la credibilidad. Y no dar, generosamente,
tanta lástima.
Final triste
del periplo. Atmósfera de fracaso rotundo.
Pero la decisión de sacar de aquí, a los marinos de La Fragata, es
explicablemente sensata. Aunque nunca debieron haber zarpado.
Es, sobre todo,
un alivio. Cada vez que algunos de los 300 muchachos salen a dar una vuelta por
Accra, un ostensible enjambre de espiones se mueve a su alrededor.
Son James Bonds
de utilería. “Pieles de carbón” que se despliegan en bermudas coloridas, con
ojotas o sandalias, anteojos de sol, gorritos de ocasión y aspecto expresivo de
turistas. En un puerto como Tema, que nada tiene que ver con el turismo.
Los espías
pertenecen, según nuestras fuentes, a una agencia de inteligencia privada.
“Israelí”,
confirma la Garganta. Cruzada con otra, pero nigeriana.
Como elementos
de negociación, los muchachos podían convertirse en un peligro. Hostigados por
el aburrimiento y el nerviosismo. Enojados y vigilados.
Son dobles
rehenes.
Rehenes de las
autoridades ghanesas, en primer lugar. Pero lo más impresionante es que son
rehenes de la extraordinaria impericia. La mala praxis del gobierno argentino.
Último domingo en Accra
La cronista
suele disfrutar de todos los lugares que le dispensa la vocación. Pese al
seguimiento ingenuo de los fisgones.
Tienta la visita al viejo Mercado Artesanal de Accra. La indagación visual de
las telas ghanesas, que no están del todo mal. Como los collares de cuentas
multicolores de vidrio. Estatuillas de piedra, de madera, precariamente
originales y muy baratas. Complementan la exhibición de las muñecas sagradas.
Ideales
-explica la vendedora- para facilitar la fertilidad.
Ante la
perplejidad del negrito que espía, la cronista adquiere una muñeca sagrada. Es
para la gran amiga que mantiene el objetivo de ser madre. Sin interesar el
detalle menor del marido.
Después, para
desorientar al fisgón, lo preferible es homenajear al héroe radical, emblema de
la revolución, Kwame Krumah.
Es el líder panafricano, el Simón Bolivar de Ghana. De cuando llamaban, a esta
tierra, La Costa del Oro.
No hay que
desplazarse en exceso para encontrar el mausoleo donde se conservan los
despojos de Krumah.
Accra tiene el
mausoleo que lo une, espiritualmente, a Río Gallegos.
Como
corresponde, Krumah fue oportunamente derrocado. Estuvo en el exilio, como
huésped, de alguno de los dictadores más originales del África. Sekou Touré. De
la Guinea Conakri.
Aquel que
decretó la obligación de casarse otra vez, a todas las esposas de los presos
políticos.
Finalmente
Krumah murió mal, en Rumania, protegido por Ceausescu, otro que también iba a
terminar muy mal. Como termina todo, siempre, demasiado mal.
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