Venezuela: Amuay, meritocracia y miserias del populismo

Por José Ignacio Moreno León
Los imperios del futuro serán los imperios del conocimiento señalaba proféticamente Albert Einstein hace más de seis décadas,
mucho antes de que surgieran las nuevas realidades que, en todos los
ámbitos del saber humano identifican la llamada Sociedad de la
Información y el Conocimiento, como característica fundamental
de la más profunda y dinámica revolución científica y tecnológica de
todos los tiempos, al ritmo de la cual se está configurando la
globalización contemporánea y la marcha de la humanidad hacia la
postmodernidad.
En ese indetenible proceso los países
industrializados continúan avanzando, a pasos agigantados y con sistemas
democráticos y de economía de mercado que, si bien requieren ajustes
importantes para incorporarle un mayor sentido humano a la marcha del
progreso, han demostrado su eficiencia para impulsar el desarrollo en el
marco de las condicionantes globales.
Igualmente, cabe destacar el caso de
países como Finlandia, Corea del Sur, Singapur, Israel, Japón y China,
que de naciones subdesarrolladas han dado el salto hacia el progreso en
menos de seis décadas, porque su liderazgo ha sabido entender
oportunamente las señales de los nuevos tiempos, deslastrándose del
populismo y de complejos tercermundistas y emprendiendo profundas
reformas en el ámbito educativo para lograr una educación de excelencia,
e importantes esfuerzos para impulsar la ciencia y la tecnología como
palancas fundamentales del progreso, en un entorno de sociedades que en
la gestión pública y en el ámbito empresarial, privilegian la
meritocracia por encima del clientelismo y del populismo.
Las valiosas experiencias referidas
contrastan con la historia del desarrollo económico de América Latina,
caracterizado por erráticos intentos en la búsqueda de modelos para
enfrentar los complejos problemas políticos y económicos de la región.
Esos esfuerzos revelan movimientos pendulares entre estrategias
económicas, muchas veces de signos opuestos, que en igual sentido y
quizás con mayor intensidad han estado también presentes en el proceso
político de la gran mayoría de los países de la zona, cuyas
instituciones han oscilado tradicionalmente entre los extremos de
regímenes autoritarios y de gobiernos participativos, representados por
frágiles y nominales sistemas democráticos.
En esos ensayos pendulares de la accidentada
historia del desarrollo económico latinoamericano, han surgido
frecuentes episodios de la demagogia política y económica que
identifican al populismo, con sus sesgos de socialismo real,
caudillismo, expansión del intervencionismo estatal y sustentado en una
gerencia pública altamente politizada, burocratizada, ineficiente y poco
transparente, y en la que son menospreciados los principios éticos, el
valor de la excelencia y la meritocracia.
Las autocracias, otros sistemas
autoritarios y, en general, los regímenes populistas y clientelares son
enemigos de esos principios del buen actuar y del buen gobierno, por ello naufragan en la mediocridad y la corrupción, que han sido pesados fardos para el desarrollo de nuestros pueblos.
Esas ideologías y sistemas políticos no
comparten los criterios de excelencia con la excusa de que es un
concepto oligárquico o elitesco, que obviamente choca con sus posturas
populistas y mediocres; igualmente, rechazan la meritocracia a la que
tildan de discriminatoria porque selecciona con base en méritos
personales como la inteligencia, la formación y experiencia profesional,
las habilidades, el talento y el espíritu competitivo o de superación;
mientras que para ellos la selección y el ascenso se fundamenta en el
sectarismo ideológico, en el compadrazgo, en el nepotismo y en la
obediencia, sin reservas, a los dictámenes del caudillo de turno.
Mientras el populismo, el clientelismo y la
mediocridad todavía son rémoras al desarrollo de varios de los países de
América Latina, incluyendo el nuestro, Israel con la consigna
de "no podemos permitirnos el lujo de ser mediocres" y con solo 2% de
la población mundial ha recibido en personas de esa nacionalidad o
descendientes de ellos 29% de los premios Nobel otorgados hasta 2010;
Corea del Sur, con una educación de excelencia y una gestión pública
meritocrática ha logrado, en contraste con la pobreza de Corea del
Norte, víctima de un férreo régimen militarista-marxista, notorios
avances, ocupando el lugar 31 entre los países de mayor PIB per cápita y
el puesto doce entre las naciones de mayor desarrollo humano.
Las miserias del populismo y su rechazo a la
excelencia y la meritocracia nos acaban de demostrar su dramático
fracaso, expresado en el fatal accidente de Amuay, el más grave de la
historia de nuestra industria petrolera, que se agrega a las secuelas de
otros recurrentes accidentes que ha venido acumulando Pdvsa, desde que a
partir de 2002 se cambiaron su misión y visión fundacionales como
corporación energética de excelencia y la política meritocrática que
orientaba la gestión de sus recursos humanos, con énfasis en el
compromiso corporativo, llegando a ubicarse como la tercera empresa
petrolera mundial, para transformarla, a partir de entonces, en una
agencia gubernamental altamente burocratizada, politizada e ineficiente
en la que la gestión del capital humano solo responde a los patrones de
militancia socialista y revolucionaria de sus integrantes, con las
consecuencias referidas y otras graves fallas que mantienen en alto
riesgo su viabilidad como importante corporación petrolera.
Esta columna fue publicada originalmente en ElMundo.com.ve.
El autor es Ingeniero químico de la Universidad de
Louisiana (USA), Master en Administración de Empresas de la Universidad Central
de Venezuela y en Administración Fiscal y Desarrollo Económico de la Universidad de
Harvard. Es además rector de la Universidad Metropolitana
de Venezuela.
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