Perú y la fijación con la primera dama

La fijación con el poder que ejercen o se cree que ejercen las esposas de hombres con poder político es tan antigua como el Estado. Desde Leonor de Aquitania, la esposa de Luis VII y luego de Enrique II, que participó en Cruzadas, hasta Teodora, la mujer de Justiniano I, que construyó parte de Constantinopla o la emperatriz viuda Cixí, consorte de Xianfeng y regenta de su hijo, que mandó por interpósita persona en la Ciudad Prohibida, la lista de damas cuya influencia los historiadores siguen escrutando es larga.
En nuestro tiempo, también obsesiona a los observadores el poder atribuido a las consortes de quienes mandan (y, aunque los casos son menores, crecientemente los consortes de las jefas políticas). Dios libre a una primera dama, por ejemplo, de tener mayor popularidad que su esposo. De inmediato se vuelve un "poder en la sombra", una "candidata embozada", una "titiritera ambiciosa".
Casi desde el inicio de su gobierno, Barack Obama ha sido superado por su esposa, Michelle, en popularidad. Pasó lo mismo con Laura Bush y su esposo, el Presidente George W. Bush, en gran parte de su doble mandato. Al otro lado del Atlántico y para invertir los géneros, durante buena parte de sus 11 años de gestión, Margaret Thatcher fue superada, en el afecto popular, por su esposo, Denis, a quien las famosas cartas apócrifas tituladas Dear Bill, inventadas a modo de broma por Private Eye, habían convertido en un simpático personaje en el imaginario popular.
En todos los casos, estas realidades provocaron escándalo en los inicios. Sólo con el tiempo se aprendió a convivir con ellas y entender que es lógico que una consorte que tiene las ventajas del poder, pero no las responsabilidades ejecutivas, supere en ciertos momentos la aprobación del marido (o viceversa).
En el Perú, la primera dama, Nadine Heredia, tiene mayor aprobación popular que el Presidente Ollanta Humala. Su aprobación se mueve en una horquilla que va del 61 al 66 por ciento, mientras que la de él se sitúa entre 52 y 55 por ciento. Nada que no suceda con frecuencia en medio mundo. Sin embargo, este dato anecdótico es motivo de una constante fijación en los medios políticos y periodísticos. No son pocos quienes ven en él la prueba definitiva de que Nadine está organizando el rol de primera dama en función de sus expectativas electorales de cara a 2016. Una visita al interior, una frase en el Twitter, una sonrisa fotográfica, una opinión para tratar de afirmar en el imaginario nacional alguna iniciativa del gobierno de su esposo como tema prioritario se vuelven de inmediato, en boca de sus críticos y ahora también de algunos de sus partidarios, cifras de un código secreto que ella y sus allegados comparten en función del objetivo final: cambiar la ley que actualmente le impide ser candidata en la próxima elección presidencial.
La Ley Orgánica de Elecciones ha pasado a ser motivo de una verdadera hermenéutica para buscarle una interpretación que confirme los temores. Pero el texto resulta implacable. Tienen prohibido ser candidatos "el cónyuge y los parientes consanguíneos dentro del cuarto grado, y los afines dentro del segundo, del que ejerce la Presidencia o la ha ejercido en el año precedente a la elección".
Son contados -yo estoy entre ellos y así lo he dicho en público, pero nadie nos termina de creer mucho- los que piensan que el presidente y Nadine se abstendrán de forzar el cambio de esa ley, que requeriría dos tercios de los votos del Congreso, polarizaría al país y provocaría un trauma institucional en la frágil república donde desde hace dos siglos los gobiernos cambian las reglas para quedarse en el poder. Se cree que la influencia que ejerce en su esposo, su exposición pública, su empatía con la gente y lo fácil que es para un gobierno peruano debilitar los frenos institucionales garantizan que será candidata y logrará aquello que su esposo juró durante la campaña electoral, en la Casona de San Marcos y ante los numerosos testigos que estuvimos allí, no hacer si ganaba: quedarse en el poder.
El último capítulo de esta fijación nacional por entregas se inició hace pocos días con una operación política astuta de Keiko Fujimori, hija del ex dictador. Ella, cuyo objetivo único es sacar al padre del cómodo confinamiento penitenciario en que se halla, dijo que apoyaría el cambio de la ley para que Nadine pueda postularse a la Presidencia. A los pocos días anunció que este año presentará un pedido de indulto para su padre y se dio el lujo de decir que no sería por razones humanitarias (Fujimori no padece una enfermedad grave), sino políticas. Con ello, sus cartas quedaron al descubierto. Pero lo que complicó las cosas fue que el presidente del Congreso, Daniel Abugattás, un hombre valioso del partido del gobierno que pasa por dificultades políticas y podría no ser reelegido este año, llegó a decir que hay votos suficientes (los 47 de Gana Perú, más los 37 del fujimorismo) para cambiar la Ley Orgánica de Elecciones. La ministra de la Mujer sumó su voz a este coro y desde entonces, varios parlamentarios oficialistas también. Los demás partidos han expresado su rechazo a esta hipótesis.
El penoso resultado de esto es que el país no discute ya dos anuncios de mucha trascendencia hechos por el presidente en días recientes: el levantamiento de una garantía de gas natural del lote 88 del yacimiento de Camisea, que respaldaba las exportaciones gasíferas y ahora ha quedado liberado para el mercado interno, y la construcción de un gasoducto que abastecerá de gas a las regiones del sur y fecundará un polo petroquímico en la costa. Todo esto constituyó la oferta más importante de la campaña electoral de Ollanta Humala y en cualquier caso, reviste alta importancia si se tiene en cuenta que el gasoducto costará casi 5 mil millones de dólares y el polo petroquímico acarreará una inversión tal vez de 15 mil millones. Cuando el país empezaba a debatir si hay suficientes reservas y demanda para justificar la inversión, si debe ser la estatal Petroperú quien corra con el riesgo y si deben ser las empresas brasileñas, muy atacadas por la derecha peruana, las que participen en el negocio, la fijación con Nadine ha desplazado a los anuncios presidenciales del debate nacional, gracias a la maniobra fujimorista y la candidez de algunos partidarios del gobierno.
La primera dama sólo se ha referido una vez en lo que va del gobierno de su marido a su eventual candidatura. Lo hizo para señalar que había una ley que impedía su postulación y explicar que ella no estaba en sus planes. Desde entonces, ha eludido la controversia para no legitimar algo que considera impertinente, dado que nunca ha emitido la menor señal de que piense ser candidata. Es cierto que el no haber descartado categóricamente su candidatura deja un resquicio para la conjetura. Pero el origen de esta controversia está en la campaña electoral, cuando sus adversarios cuestionaron incesantemente su rol, acusándola de ser una izquierdista radical, una influencia ideologizante, un poder en la sombra y una candidata en ciernes. Cuando a inicios del gobierno volvió a plantearse la controversia, ella decidió no aceptar ser arrastrada a una discusión que sólo serviría para distraer la atención de lo importante y fijarle la agenda al gobierno desde la oposición o la prensa.
No es la primera y no será la última primera dama que suscita debates sobre su rol. En realidad, no existe un rol de primera dama: cada consorte tiene que inventarlo.
Como se sabe, la tradición nació en Estados Unidos y los sistemas presidencialistas, especialmente los de América Latina, la importaron. Todo indica que la primera vez que se usó ese término fue en el funeral de la esposa de James Madison, en 1849. Desde entonces ha habido distintos tipos de consorte presidencial.
Desde los tiempos de la esposa de Madison hasta Eleanor Roosevelt, el rol fue únicamente el de la mujer dedicada a la labor social. Luego, Eleanor le cambió el perfil: hizo un programa de radio, una columna periodística y sustituyó a su esposo, F.D. Roosevelt, que por razones físicas no podía viajar, en las visitas alrededor del país. Su rol pasó a ser percibido como mucho más político. Quizá sólo Hillary Clinton, medio siglo después, dio a su papel de primera dama un contenido tan politizado cuando trató de reformar la Sanidad durante el primer gobierno de Bill Clinton. Pero hubo otras consortes que fueron percibidas como figuras altamente influyentes, entre ellas, Pat Nixon y por supuesto, Nancy Reagan. En el caso de Michelle Obama, los adversarios de su marido intentaron, durante la campaña presidencial, crearle la imagen de una activista afroamericana radical, pero ella disipó esa impresión concentrándose en tareas no controversiales en la Casa Blanca.
No hay razón para que la rica diversidad de roles que han representado las primeras damas en el país que inventó ese simbólico cargo no se reproduzca en los países que, como el Perú, importaron la tradición. Una primera dama como Violeta Correa, la segunda esposa de Fernando Belaunde, muy querida por la población, era, aunque se dedicaba a las labores sociales, un verdadero animal político, como lo advertía cualquiera que intercambiaba dos palabras con ella. Sin embargo, lo era de un modo que no trascendía a los medios. En el caso de Eliane, la esposa de Alejandro Toledo, ocurría la contrario: la percepción le atribuía una influencia política mayor de la que tenía. Influía en los temas que le eran muy afines, especialmente los relacionados con los pueblos originarios, y en circunstancias en que su marido estaba bajo fuego graneado asumía un activismo más bien defensivo. Pero no se metía en la conducción económica y en los grandes lineamientos, a pesar de que la percepción era distinta.
A Nadine Heredia le atribuyen cosas que no son ciertas. Me ha tocado estar en privado con ella y con el presidente en contadas ocasiones y nunca tuve la sensación de que lo sustituía, opacaba o competía con él. Al contrario: dan la impresión de tener muy claras las líneas divisorias sin necesidad alguna de esforzarse. El que manda, en términos políticos, es él. Ella lo complementa, le da un soporte, pero no lleva la voz cantante.
Ocurren, sin embargo, dos cosas que contribuyen a cimentar la idea que el país se va haciendo de ella. Por lo pronto, es fundadora, tan fundadora como él, del proyecto político nacionalista. Cuando Ollanta Humala se levanta contra Fujimori en el sur del Perú, llevan muy poco tiempo de casados, pero ya son un equipo político en ciernes. Lo son también cuando él sirve en el exterior como agregado militar y cuando, ya en 2006, se embarcan en la primera campaña electoral. Ella no es la esposa del político, sino la mitad de un dúo político. Es natural, por tanto, que tenga opiniones y que algunas de las decisiones que toma su marido sean producto de discusiones a las que no es ajena, ni más ni menos que si se tratara de una asesora de máximo nivel. Lo segundo es que ella es algo así como el nexo del hombre de formación militar con la sociedad civil. Ollanta Humala nunca se ha sentido enteramente cómodo con ese mundo extraño de políticos criollos formados en unos códigos tan distintos a los suyos, que son los de la disciplina, la jerarquía, la austeridad y la mirada frontal. Sin necesidad de decirlo así, Nadine lo ayuda a interpretar el extraño mundo de la política civil. Es más: en la moderación y evolución política de Ollanta Humala su esposa ha jugado un papel de primer orden.
Dicho todo esto: si la percepción, en un momento dado, es que todo lo que hace y dice tiende a crear las condiciones para una candidatura, la primera dama acabará, contra su voluntad, volviéndose una fuente de distracción. Ella lo sabe bien. De allí que en las últimas semanas haya dosificado su exposición pública y hasta el uso del Twitter.
Dos ejemplos pueden servir para ilustrar lo difícil que es medir el justo medio en este caso.
Cuando el vicepresidente Omar Chehade desató un escándalo por reunirse en privado con oficiales de la policía supuestamente para favorecer a una compañía que pugna por el control de una empresa azucarera, la primera dama lanzó un mensaje devastador por Twitter, preguntando: "Tan difícil es caminar derecho". El país lo celebró. Meses después y cuando el país discutía incesantemente acerca del hermano del presidente que está preso, el gobierno tenía interés en dirigir la atención hacia los temas importantes. Se tomó la decisión de perseguir a la minería ilegal en la zona de selva, alrededor de la cual pululan comercios ilícitos de distinta naturaleza. Ese día la primera dama hizo una aparición en los medios. Se la criticó por asumir un rol de primera ministra para fijar la agenda oficial ante la prensa. ¿Era esa la intención? No, la intención era contribuir, de acuerdo con una directiva que valía para todos en el gobierno, a centrar la atención pública en la decisión que había tomado Ollanta Humala poco antes. Pero la percepción, alimentada por el papel desproporcionadamente gravitante que se le confiere, fue otra.
Sería lamentable que el temor al exceso lleve a Nadine a retraerse demasiado. Pero sería también lamentable que por no medir bien la delicada frontera acabe volviéndose una distracción. Es una fina medición que tendrá que hacer cada día y ella lo sabe bien.
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