La Primavera Arabe, un año después
Aunque sólo tres de los 22 países árabes se han librado de sus tiranos -Túnez, Egipto, Libia-, y dos, Yemen y Siria, podrían seguirles los pasos, el cambio ocurrido en esa zona del mundo es mucho más importante de lo que nos dice la fría estadística. Por lo pronto, algunos de los países donde se ha suscitado una transición hacia algo distinto, especialmente Egipto, son muy poblados, influyentes y emblemáticos. Por otro lado, todos, pero especialmente los que menos rebeliones sufrieron, como Marruecos y Argelia, han tenido que hacer concesiones políticas y hasta modificaciones constitucionales para acomodarse a los nuevos tiempos.
En ningún lugar hay, propiamente hablando, democracia, salvo, tal vez, y estirando un poco la liga, en Túnez. Freedom House, que cataloga a los países según su régimen político y el grado de libertades públicas existentes, ya se atreve a llamar a Túnez democracia plena, pero califica a todos los demás países de la zona de autoritarios en uno u otro grado. Si exceptuamos al caso sirio, donde Bachar al Assad puede caer, el país que representa el inmovilismo de un modo más contundente es Arabia Saudí. Y, sin embargo, el gobierno ha tenido que moderar la represión, gastar US$ 120 mil millones en sobornos antidisturbios disfrazados de programas sociales y ofrecer a todos, incluyendo a la minoría chiita fuertemente discriminada, espacios de expresión.
Las redes sociales fueron grandes protagonistas de la Primavera Arabe, lo que pone de relieve hasta qué punto la tecnología es hoy un arma difícil de mediatizar desde el poder. Los héroes de la revuelta más conocidos en Occidente, desde el egipcio Wael Ghonim, que masificó el sentimiento de rechazo a la represión de Mubarak a través de Facebook, hasta la tunecina Lina Ben Mhenni, cuyo blog "A Tunisian Girl" fue una ventana a la historia en movimiento, los ciudadanos-periodistas fueron un sucedáneo perfecto de los periodistas profesionales que en todos esos países o bien estaban reprimidos o al servicio del poder. Y en aquellos países donde no se produjo un gran cambio, bloggers muy famosos como el saudí Fouad al-Farhan, si bien no instigaron revoluciones, ayudaron a entender mejor la forma en que las instituciones han logrado por ahora controlar a la población y en que el "establishment" prolonga la supervivencia del sistema.
Qatar emerge de la Primavera Arabe como un pequeño gigante. Es un caso sumamente extraño, porque se trata de un régimen autoritario y patrimonialista, cuyo líder, Hamad bin Khalifa al-Thani, maneja su liliputiense país como su negocio familiar, pero que, sin embargo, ha sido una verdadera fuerza de la naturaleza en todo este proceso. Gracias a Al Jazeera, el canal semioficial qatarí, la información pudo circular velozmente de un lado a otro, envalentonando a los rebeldes de distintos países y minando a los autócratas. Además, el gobierno dio US$ 400 millones a los rebeldes que combatían a Gaddafi, movió a la Liga Arabe, que está bajo su presidencia, para que esa organización respaldara la intervención de la OTAN en Libia y, para colmo, suministró aviones y hasta infiltró a fuerzas especiales para acabar con Gaddafi. Ahora, es el artífice de la movilización internacional de la Liga Arabe contra Assad en Siria y autor del plan para facilitar la salida del dictador mediante la cesión del poder a su vicepresidente. De hecho, la propuesta original de resolución contra Siria en la ONU, no presentada finalmente porque Rusia la iba a vetar, fue iniciativa formal de Marruecos, pero en realidad estuvo diseñada por Qatar, pues reproducía el plan de la Liga Arabe para una eventual transición. Hay que añadir que Al Jazeera, precisamente porque responde a las autoridades qataríes, fue mucho menos revolucionaria en su información cuando las protestas democráticas llegaron a los países del Golfo, o sea sus vecinos inmediatos.
Estamos en vísperas de una gran definición al interior del mundo musulmán en el forcejeo entre quienes quieren hacer compatible a esta región con la democracia occidental y quienes se oponen. Las victorias de En Nadah en Túnez y de los Hermanos Musulmanes (primer lugar) y los salafistas (segundo lugar) en Egipto han abierto un debate interesante. Por ejemplo, hace pocos días, y desde la izquierda, Nicholas Kristof escribía en el New York Times, después de un viaje a la zona, que los Hermanos Musulmanes son una fuerza moderada y que sus votantes no aspiran a instaurar el califato, sino a restaurar valores morales en el poder, mientras que el ex director del New Republic e importante voz de la comunidad judía, Martin Peretz, descalificaba estas "ingenuidades" desde su antigua revista y enfatizaba que todos los grupos musulmanes que van ganando elecciones han ofrecido la desaparición de Israel. Se basaba para ello en declaraciones del "número dos" de los Hermanos, Rashad Bayoumi. Sin embargo, hay declaraciones de otros líderes de esa agrupación, y del fundador de En Nadah en Túnez, que hablan de un modelo turco como paradigma para la región, es decir, Islam moderado y democracia de mediana intensidad.
Hablando de Turquía, la Primavera Arabe ha coincidido con la irrupción poderosa de ese país en toda la zona de lo que antes se llamaba Asia Menor. Ankara tardó en hacer suya la cadena de rebeliones en la región que alguna vez fue parte del Imperio Otomano, pero luego se acomodó y pasó a liderar, en cierta forma, la presión contra los dictadores, manteniendo asimismo un tenso pulso con Israel y anunciando que será una referencia de política exterior en Oriente Medio. Turquía ha presionado a Siria, pero al compartir frontera ha tenido que moderar en algo su postura en las últimas semanas ante el temor a una estampida de refugiados o, incluso, un conflicto armado.
Las democracias occidentales han encontrado en la Primavera Arabe la oportunidad de modificar décadas de política equivocada, consistente en establecer alianzas con dictaduras represoras y corruptas (que estaban muchas veces en manos de oficiales militares) para contener al fundamentalismo islámico. Aunque tardaron en sumarse a la ola antiautoritaria, lo acabaron haciendo y, como se vio en Libia, estuvieron dispuestas a intervenir militarmente. Sin embargo, como se ve en Siria, intentan evitar ser arrastradas a nuevos conflictos en medio de la persistente crisis económica, y se inclinan a aplicar el "poder blando" del que hablaba Joseph Nye para secundar cambios. EE.UU. ha decidido que es posible entenderse con las facciones moderadas de los grupos islámicos que ganan las elecciones.
Los grandes perdedores de la Primavera Arabe fueron los dictadores y sus colaboradores inmediatos (los mediatos ya se han acomodado a la nueva situación o, como en Egipto, siguen en el poder, aunque haciendo concesiones a los grupos emergentes desde el otro bando y aceptando situaciones de semidemocracia). Pero hay un segundo grupo de perdedores: los chiitas. En gran parte por culpa de Irán, la teocracia chiita que intenta hacerse con la bomba nuclear, las importantes poblaciones chiitas de Arabia Saudita y Bahrein, que también intentaron rebelarse contra sus respectivos regímenes autoritarios, han sido casi por completo ignoradas. En el caso de Bahrein, la Quinta Flota norteamericana estacionada en esa parte del Golfo no movió un dedo mientras las tropas sauditas intervenían a medias para sostener a su vecino ante las protestas. Sin embargo, en Irak los chiitas moderados están en el poder presionados por el ala más radical; no puede aún descartarse que, en colaboración con Irán, logren tarde o temprano desestabilizar la zona y con ello provocar consecuencias negativas para el proceso de democratización. La actuación de Hezbollah, el poderoso grupo chiita, en el Líbano es otra razón por la cual hay mínimo interés en respaldar a las comunidades chiitas en los países donde están bajo dictaduras sunitas.
Se nota la ausencia de un gran estadista en todo este proceso. Si bien la Primavera Arabe estuvo llena de héroes civiles, no ha surgido todavía un gran liderazgo político. En parte, porque todavía la mayoría de los países están bajo los mismos gobiernos que antes y en parte porque allí donde cayeron los dictadores son los grupos islámicos los que llevan la delantera, se nota a la legua que la sociedad civil no ha producido grandes liderazgos. En otras etapas históricas de cambio -por ejemplo, la descolonización africana en los años 50 y 60-, los movimientos revolucionarios produjeron grandes figuras políticas, casi todas dictadores que olvidaron la libertad nada más llegar al poder. En otros, como la caída del comunismo, en cambio, surgió un liderazgo notable de signo democrático, representado, por ejemplo, por un Vaclav Havel. El propio Boris Yeltsin, luego venido a menos, se agigantó ante la historia cuando impidió el regreso al viejo comunismo en la Unión Soviética y luego desmontó esa estructura imperial. En la Primavera Arabe no hay todavía nada comparable.
La economía seguirá siendo un factor entorpecedor de la Primavera Arabe. Todo indica que las condiciones de vida -clases medias educadas pero empobrecidas- facilitaron las rebeliones. Pero la incapacidad para producir resultados económicos puede tener consecuencias negativas en la medida en que decepcione a quienes aspiran a que los nuevos grupos llegados al poder den resultados. La inversión en Oriente Medio y el norte de Africa ha bajado a los niveles que tenía en 2005. Dubai, gran centro financiero desde donde se manejan muchas inversiones en la zona, ha visto emigrar a más de la mitad de sus "brokers". Dicho esto, también es cierto que la incapacidad de los regímenes autoritarios que quedan en pie para mejorar las condiciones de sus pueblos podría producir una segunda ola democratizadora, o al menos alimentarla. Arabia Saudí, según el FMI, necesita que el sector de su economía no vinculado al petróleo crezca siete por ciento al año para empezar a disminuir su endémica tasa de desempleo.
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