Los sátrapas y las rebeliones populares
Editorial –
El Heraldo, Tegucigalpa
Mientras los egipcios celebraban ayer la primera semana de la caída del dictador Hosni Mubarak, los vientos de rebelión popular pacífica que nacieron en Túnez -donde tumbaron al autócrata Zine El Abidine Ben Alí- continuaban sacudiendo al mundo árabe, gobernado por sátrapas que oprimen y esquilman a sus pueblos, aprovechándose ya sea de Alá o del poder que brinda el apoyo de Washington.
Al tiempo que los manifestantes egipcios aprovecharon la celebración de la caída del hombre que durante 30 años manejó con puño de hierro sus vidas para advertir a los militares gobernantes que no permitirán que se frustren sus deseos de cambios, sus contrapartes de Bahréin -otro aliado clave de Estados Unidos para mantener el control de esa región del mundo- eran reprimidos a sangre y fuego. Este pequeño emirato es gobernado por una minoritaria élite sunita que desde el siglo XVIII mantiene oprimida al 70% de la población chiita que tiene vedado el derecho de ocupar cargos públicos, una especie de "apartheid", tanto que muchos de sus soldados y policías son sunitas traídos de otros países árabes, por lo que no se espera que respeten el derecho del pueblo a manifestarse como lo hicieron los militares egipcios.
Los vientos de cambio son tan fuertes en Medio Oriente y el Magreb que las rachas ya alcanzan hasta al dictador libio Muammar Gadafi, en el poder desde hace más de 40 años, y quien en sus primeras décadas de "revolución" no se sometió a los dictados de Washington, pero poco a poco se fue dando cuenta del riesgo que corría hasta lograr el completo perdón de Occidente, tanto que ahora se hacen grandes negocios, en las dos vías.
Los enemigos del régimen teocrático de Iran, a los que Washington más bien ha estado animando, también están aprovechando estos vientos favorables para retomar el disminuido auge logrado tras las elecciones de 2009, que ellos denunciaron como fraudulentas. Sin embargo, muchos analistas creen que si en las demás autocracias árabes se impone la democracia, Teherán incrementaría su influencia en esos países, como ya lo hizo con la caída del régimen de Saddam Hussein y la invasión, ocupación y destrucción de Irak.
Lo esperanzador es que férreas dictaduras de tan larga data, con poderosos auspiciadores, estén siendo sacudidas por movimientos populares, sin estructura organizada (salvo en Irán), principalmente impulsadas por jóvenes que usan los foros de Internet donde la información no puede controlarse, como sucede con los medios tradicionales de información.
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