La caida del muro del Cairo
La caída del dictador Hosni Mubarak es comparable en significado a la caída del Muro de Berlín. El fin de un régimen totalitario que en cierta forma los representaba y legitimaba a todos en esa importante zona cultural del mundo abre la posibilidad de una transformación tan profunda como la sucedida en el antiguo bloque soviético, aunque también encierra el peligro de lo que sucede hoy en Rusia y los países centroasiáticos: la deriva autocrática de lo que empezó como un gran ejercicio de libertad. Se abre, asimismo, la posibilidad de segar el césped bajo los pies del fanatismo islamista, que tuvo siempre en las dictaduras -la saudita, la yemení, la argelina, la marroquí, la jordana, para nombrar algunas- del Medio Oriente su savia y justificación. Y se abre la posibilidad de que Israel, aprendiendo a convivir con democracias árabes en lugar de dictaduras que usan sus relaciones pacíficas con Tel Aviv para callar toda exigencia de democracia procedente de Washington o Europa, vaya perdiendo el miedo a devolver a los palestinos el espacio para que surjan como sociedad moderna.
Lo ocurrido en Egipto es más que la caída de un hombre. Es el fin de una era que tiene su origen en la revolución de los "Oficiales Libres" de 1952, como se conoció al movimiento que derrocó al Rey Farouk y el legado británico que él encarnaba, y llevó al poder al nacionalismo militarista. El segundo Presidente de esa naciente república, Gamal Nasser, tuvo un efecto épico en toda la región. Varias revoluciones -las de Ben Bella en Argelia, Gadafi en Libia, Abdulah as-Sallal en Yemen, entre otras- se inspiraron en el líder egipcio. Su sucesor, Anwar el-Sadat, otro oficial que había participado en la revolución, prolongó el nacionalismo de corte militar, pero le añadió un elemento que aseguró la continuidad del régimen más allá de su muerte: la paz con Israel. En 1981, al caer asesinado Sadat, asumió el mando otro militar, Hosni Mubarak, formado en la horma del nacionalismo que, además, había sido un aviador destacado en la guerra de 1973 contra Israel.
Ese es el hombre que bajo el pretexto de las leyes de emergencia gobernó tres décadas. Instaló un régimen de terror en el que medio millón de hombres con que contaba el Ministerio del Interior tenían secuestrada a la población y sofocaban todo intento de crear una sociedad civil digna de ese nombre. Campeó la corrupción en un estamento militar al que, además, le llovían más de 1.000 millones de dólares de ayuda norteamericana cada año.
Durante su larga dictadura de tres décadas, hubo ocasiones en las que las circunstancias obligaron a Mubarak a efectuar concesiones temporales. En las elecciones de 2005, por ejemplo, los Hermanos Musulmanes participaron con varias restricciones. El régimen, una maraña mercantilista de intereses militares, políticos y empresariales, fue hábil en chantajear al mundo exterior para que aceptara a la dictadura como indispensable. Un cable enviado ese año por el embajador de Estados Unidos, Francis Ricciardone, al director del FBI, Robert Mueller, en vísperas de la visita de éste a El Cairo, afirma que las autoridades egipcias tienen "una larga historia amenazándonos con el coco de los HM". Ricciardone advierte a Mueller que El Cairo culpará a las presiones de Washington por el éxito de los islamistas en las elecciones de 2005, y sugiere que Mueller debería responder que es precisamente la falta de democracia y transparencia lo que está fomentando el extremismo.
La coartada islamista permitió a Mubarak y compañía erigir un verdadero imperio de corrupción. A diferencia de Cuba, donde los extranjeros no pueden poseer participación mayoritaria en una empresa, en Egipto sólo están obligados a ceder una quinta parte de la propiedad a socios locales. Pero estos socios locales casi invariablemente conducen al Palacio presidencial y a las autoridades. Un libro de Aladdin Elaasar titulado The Last Pharaoh y una investigación realizada por el diario Al Khabar ofrecen detallada información de los miles de millones de dólares que Mubarak y su familia poseen en Egipto, donde tienen propiedades a lo largo del Mar Rojo, así como en Gran Bretaña y Suiza. El gobierno suizo, nada más caído Mubarak, anunció el viernes que congelaría las cuentas suyas y de su familia.
Todo esto se sabía bien en los pasillos del poder de todo el mundo, y cualquier observador con un mínimo de respeto por sí mismo lo entendía con facilidad. Pero lo que muy pocos sabían o querían ver es que, además de represión y corrupción, había en Egipto una fuerza en marcha que significaba modernidad. Era un fuerza amorfa, no organizada, sin líderes y sin un sentido claro del rumbo. Pero la globalización y la explosión de instrumentos audiovisuales y electrónicos de las últimas dos décadas, que Mubarak no había podido impedir que se colara por las ventanas y las puertas falsas del país, habían infundido en esa nueva generación un ansia de cambio.
La generación a la que me refiero es la que constituyó el nervio de esta revolución acéfala. No los Hermanos Musulmanes, sombrilla de grupos fundamentalistas junto con otros más seculares, creada en 1928 y que ha logrado una fuerte implantación en el mundo árabe gracias a su labor social, su vinculación con las mezquitas y su ascendiente espiritual sobre muchos ciudadanos. No: ellos se sumaron a la revolución que no gobernaron ni inspiraron. Por momentos jugaron un papel importante, especialmente cuando ayudaron a los demás a resistir el embate de las hordas de matones enviadas por Mubarak a la plaza Tahrir la semana anterior. Pero el aspecto, el lenguaje y el comportamiento de los egipcios movilizados era claramente el de gentes altamente occidentalizadas, que se avergonzaban de ver a su país en manos de un régimen cuasi medieval.
El Occidente no estuvo a la altura de las circunstancias, al menos, no en una primera instancia. Todavía resuenan las palabras del vicepresidente estadounidense, Joe Biden, diciendo que Mubarak no era un dictador; las del israelí Benjamin Netanyahu, asegurando que la revolución estaba al servicio del terrorismo islamista, o las de Angela Merkel, explicando que había que ir muy despacio (como diciendo: la democracia, que espere). Comparada con la generación de Margatet Thatcher, George Bush padre, Helmut Kohl y Francois Mitterrand, que tuvieron que lidiar con el desplome del Muro de Berlín, la de Obama, Merkel, Sarkozy -algunos de cuyos ministros pasaron vacaciones invitados por los dictadores derrocados en Túnez y Egipto hace cuestión de semanas- ha dejado mucho qué desear hasta ahora. El Presidente Obama, afortunadamente, rectificó en una segunda instancia y desde entonces ejerció presión sobre El Cairo, cuidándose, sin embargo, de no dar armas a Mubarak para apelar al argumento de la injerencia extranjera como forma de sostenerse. Su discurso, el viernes de la caída, afirmando que Egipto había "cambiado el mundo" y comparando esa revolución con las de Ghandi, Martin Luther King y el desplome comunista, fue espléndido.
La característica más resaltante de la revolución egipcia, además de que fue pacífica, salvo cuando la represión obligó a defenderse, es que carece de líderes. Ninguna de las figuras que han desfilado por los medios de comunicación en días recientes tiene verdaderamente representatividad. Todos jugaron algún papel porque lograron proyectarse por encima de la multitud esporádicamente y verbalizar los sentimientos colectivos. Pero Mohamed El Baradei, el Premio Nobel de La Paz que pasó de ser un ex diplomático a activista, no tiene una organización o base de sustentación propia. Amr Moussa, el secretario general de la Liga Arabe, no la tiene tampoco y quizá su condición de ex colaborador de Mubarak lo invalide en el futuro. Wael Ghonim, el joven ejecutivo de Google para el Medio Oriente que disparó las protestas desde las redes sociales y las revivió cuando parecían estar muertas, y que conmovió al país tras salir de una detención de 12 días, es un estado de ánimo más que un líder. Omar Suleiman, el ex vicepresidente que antes había jefaturado los servicios secretos durante muchos años, no sólo carece de autoridad moral, sino que, al anunciar que "El Presidente Hosni Mubarak ha decidido dejar el cargo de Presidente", estaba también decretando su propia defunción política.
Queda el Ejército, comandado por la figura que jugará tal vez el rol decisivo en los próximos días: el mariscal de campo Mohamed Hussein Tanwati. La institución que preside carece de toda costumbre democrática y no tiene experiencia en transiciones. Muchos de los oficiales, incluido él, han sido parte de la elite asociada a la familia Mubarak. Sin embargo, por razones que tienen que ver con la cultura nacionalista de las últimas décadas y las guerras contra Israel, el pueblo egipcio mantiene, como se ha visto, un respeto reverencial por sus soldados. ¿Será el Ejército lo bastante inteligente y audaz como para proceder a una transición real o estamos ante el inicio del secuestro de la revolución por un régimen militar, otro más, al que le pondrán un maquillaje civil?
No parece, a tenor del espíritu que reina hoy en Egipto y de la fuerte observación internacional que hay sobre ese país, que el Ejército tenga excesivo margen para hacer esto. Sin embargo, la carencia de organizaciones políticas sólidas y lo débil de una sociedad civil a la que nunca se dejó florecer bien podrían facilitarles a los militares la tarea de apoderarse de la revolución, tal vez mediante una postergación indefinida o una manipulación del proceso electoral previsto en teoría para septiembre. ¿Se atreverán?
Ninguna de estas preguntas tiene respuesta. La historia de las revoluciones tiene un número enorme de desviaciones, así como tiene también un porcentaje estimable de desenlaces exitosos. Por lo pronto, el comienzo no puede haber sido mejor. Un pueblo ansioso de libertad ha derrocado a uno de los dictadores más emblemáticos del Medio Oriente en el país más poblado, estratégicamente importante y culturalmente significtivo de esa región del mundo. Disfrutémoslo todos.
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