Despotismo elegido
Por Gabriela Calderón de Burgos
¿Qué tienen en común el jurista Marco Tulio Cicerón, el “Padre Fundador” James Madison, el filósofo José Ortega y Gasset y el cientista político Giovanni Sartori? Todos le temían a la tiranía de la mayoría, a la democracia pura o ilimitada. Algunas autoridades del Gobierno se ríen cuando decimos que vivimos en una dictadura. Les parece ridícula tal aseveración ya que, como repiten hasta el cansancio, han ganado equis cantidad de veces en las urnas. “Mi poder en las urnas” parece ser la frase mágica que descalifica cualquier argumento que proponga limitar el poder de los que nos gobiernan.
Hoy en países como Ecuador, Bolivia y Venezuela la legitimidad popular sirve de respaldo al poder absoluto. El abogado argentino José Benegas explica que ya no se considera importante limitar el poder sino darle rienda suelta para que “pueda actuar para solucionar todo lo que se considera que puede solucionar, que es casi todo”. Por eso tenemos presidentes, que con el argumento que fueron elegidos, sienten que tienen derecho a usurpar las funciones de otras ramas del Estado. Legislan, imparten justicia (o injusticia) y desempeñan las funciones tradicionales del ejecutivo. Si las instituciones empiezan a incomodar, solo es necesario otro proceso electoral para renovar aquello de “mi poder en las urnas”.
Si la justicia no funciona, una reforma es necesaria pero que el ejecutivo le meta la mano no suele mejorarla. Por ejemplo, ¿hay más justicia en Venezuela desde que Chávez encarceló y condenó él mismo a una jueza por el mero hecho de haber aplicado la ley? ¿Estaba promoviendo más justicia en Argentina Cristina de Kirchner cuando tildó de “partido judicial” a la justicia en su país porque esta cuestionó la legalidad del uso de las reservas del Banco Central para cancelar obligaciones externas? Nuestro presidente simplemente declara que confiemos en él porque, como él es bueno, lo hará “para el bien del pueblo ecuatoriano”.
James Madison, el autor principal de la constitución de Estados Unidos, dijo que la voluntad de la mayoría no puede ser lo que determina el bien y el mal puesto que “la mayoría en toda comunidad desearía despojar y esclavizar a la minoría de los individuos” y esto sería reestablecer, bajo otro nombre y de manera más furtiva, la fuerza como algo bueno. Ellos aspiraban a conformar una república donde la propiedad, la vida y la libertad del individuo estén protegidas de otros y del Estado, aún cuando la mayoría apoye el atropello de esos derechos tan fundamentales.
Ortega y Gasset, que vivió la guerra civil de España y el franquismo, lo explicó en su clásico La rebelión de las masas. Escribió este libro cuando en Europa avanzaban el fascismo de Mussolini y Hitler y en Rusia el comunismo de Stalin. Él consideraba que ambos sistemas totalitarios eran el resultado del individuo convertido en “hombre-masa”. Veía en el triunfo del colectivismo –ya sea disfrazado de comunismo, fascismo o nacionalismo– el mayor peligro para la civilización democrática.
Es necesario que recuperemos un sano temor a la democracia sin límites. Como decía Sartori, “Para que el pueblo ‘tenga poder’ (en serio), la condición irrenunciable es que el pueblo impida cualquier poder ilimitado”. Por eso es indispensable el NO a la consulta.
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