La crisis europea
Por Armando Ribas
La crisis europea, hoy supuestamente resultado de la crisis griega ha puesto de manifiesto una vez más, la validez universal de las palabras de Tocqueville escritas en el siglo XIX en “El Antiguo Régimen y la Revolución”. Allí dijo “Hasta tal punto son más fuertes los vicios del sistema que la virtud de los hombres que lo practican”. Y es evidente que la crisis europea es un producto del sistema, que a su vez y al decir de Paul Johnson ha creado una burocracia corrupta en Bruselas.
Pues bien a mi juicio la problemática del mundo hoy es que supuestamente existe una contradicción evidente entre la retórica que lleva al poder y el sistema que por primera vez en la historia permitiera la creación de riqueza. El llanto por los pobres y la denominada justicia social son los hitos aparentes del acceso al poder producto de la demagogia socialista.
Voy a repetir que hasta Marx y Engels se percataron de los resultados del sistema que permitió la generación de riqueza al que denominaron capitalismo. Así en el Manifiesto Comunista dicen: “La burguesía durante su predominio de escasamente cien años ha creado más masivas y más colosales fuerzas productivas que todas las generaciones juntas que les precedieron”. Lamentablemente la historia confundió la causalidad de ese proceso e ignoró que la economía, es el resultado de la concepción ética y el sistema político que le es consecuente.
Debo insistir que esta problemática está presente en el mundo y de manera manifiesta en los países desarrollados de Europa. Es decir no es un problema que afecta a América Latina, por culpa de los Reyes Católicos y del curso de las carabelas de Colón. Si así fuera no tendríamos esperanza pues como bien dijera Ortega y Gasset en su “España Invertebrada”, “Es muy fácil en efecto dibujar una organización social esquemática que presente una faz atractiva”.
Pero no olvidemos que la Revolución Francesa fue el origen del totalitarismo en el mundo y fue en gran medida la generadora del pensamiento político latinoamericano a partir de la independencia, de la cual estamos por cumplir el bicentenario. Como bien dijera Luis Alberto de Herrera: “Los sofismas glorificados de la Revolución Francesa han contribuido a afirmar ese extravío fundamental de nuestro criterio al que ya nos inclinaba el impulso imaginativo… La demagogia triunfante en 1789 nos enseñó el sofisma de la libertad, alejándonos de su ejercicio verdadero”. Pero la estupidez política no es propia de América Latina tal como lo reconociera Carlos Rangel en su obra “Del Buen salvaje al Buen Revolucionario”, donde dijo: “Los mitos fundamentales de América no son en absoluto americanos, son mitos creados por la imaginación europea”.
Podemos decir que la validez histórica de las anteriores palabras, lo muestra la confusión reinante respecto a la supuesta virtud política de la denominada Civilización Occidental. Esta confusión implica la ignorancia de un hecho fundamental. O sea la antítesis entre la filosofía política franco germánica, generadora del totalitarismo, y la angloamericana generadora de la libertad de donde surgiera. Sólo la Argentina escapó en nuestro continente al Sur del Río Grande, de esa trampa dialéctica entre la Edad Media –el oscurantismo de la Fe–y el Iluminismo– el oscurantismo de la razón. Así en solo cuarenta años pasó de ser uno de los países más pobres del mundo al séptimo u octavo más rico, a principios del siglo XX. Hecho que aparentemente sigue ignorado precisamente en la Argentina.
La esencia del cambio producido en la historia, se debió a una concepción ética tradicionalmente ignorada. Cuando hablo de ética no estoy hablando de moral, sino de la concepción de principios inherentes a la naturaleza humana. Fue en ese sentido que Locke reconociera primeramente que “los monarcas también son hombres” y David Hume dijera: “La naturaleza humana es inmodificable, lo más que podemos hacer es cambiar las circunstancias… si los hombres fueran generosos y la naturaleza pródiga la mera noción de justicia sería inútil”. Ese cambio en la circunstancia fue la creación de un sistema político consciente de la falibilidad de la naturaleza humana. Fue así que se reconociera la necesidad de la limitación del poder político pues como reconociera James Madison, los hombres no son gobernados por ángeles.
Así siguiendo el pensamiento de John Locke, David Hume y Adam Smith, se creó el sistema político americano, conforme al cual se reconocieron los derechos individuales a la vida, la libertad, la propiedad y a la búsqueda de la propia felicidad. Y voy a insistir en la trascendencia de este último que implica por sí el reconocimiento ético de los intereses privados como no contrarios al interés general. Cuando se supone lo contrario, partiendo de una naturaleza humana modificable, se crea el gobierno absoluto, que supuestamente estaría encargado de dar la felicidad a los ciudadanos.
Por ello voy a insistir en que el concepto de los derechos individuales es antitético al de los derechos humanos. Esta realidad ha sido reconocida recientemente por Glenn Beck en su excelente y popular programa en Fox News. La trascendencia de esta diferencia fundamental es difícil de sobreestimar. Los derechos individuales implican el reconocimiento de la falibilidad de la naturaleza humana y a su vez reconocen la eticidad de los intereses particulares en el derecho del hombre a la búsqueda de su propia felicidad. Por el contrario los derechos humanos pretenden un hombre nuevo despojado de intereses y el derecho a que la sociedad y el Estado le provean la felicidad. El resultado es el poder absoluto y la ausencia de derechos que determina una mayor pobreza.
Igualmente ante la crisis actual europea, que ha sido hoy interpretada como causada por Grecia y para la izquierda el producto del sistema capitalista, es necesario que se reconozca la falacia de esa proposición. La realidad tal como la explica Guy Sorman en su reciente artículo: “Como el socialismo destruye a Europa” es que la crisis es el resultado del falaz estado de bienestar, que cada día produce más malestar. Por supuesto ya Hugo Chávez en recientes manifestaciones pretende el supuesto fracaso del capitalismo para justificar su socialismo del siglo XXI. Es preciso que el mundo aprenda la falacia de esta apreciación y que se reconozca la virtud del Rule of Law sobre
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