El país de los juicios
Ningún funcionario de la escuela de Florida se atrevería a poner una aleccionadora mano encima al niño que se porta mal por temor a que él o ella le denuncie, como denunciado fue un joven miembro de Teach for America, por 20 millones de dólares (la escuela llegó a un acuerdo de 90.000), porque el profesor había puesto una mano en la espalda de un rebotado alumno de séptimo para invitarle a abandonar la clase. La carrera de otra profesora era arruinada por las acusaciones surgidas a tenor de haber puesto los dedos de un niño sobre una flauta. Una encuesta de 2004 daba cuenta de que el 78 por ciento de los profesores de enseñanza básica e intermedia han sido objeto de amenazas legales por parte de estudiantes que sacan los derechos de quicio. Los estudiantes, intuyendo una ansiedad que se apodera de los centros en cuanto el Derecho se inmiscuye en interacciones fortuitas, desafían la autoridad de los profesores.
Alguien que se hace daño mientras corre en el recreo puede demandar al distrito escolar en concepto de supervisión inadecuada del corredor, como sabe el distrito de Broward Country: cerró 189 demandas de los recreos en cinco años. En Indiana, un chico hizo lo que hacen los chicos: bajó por el tobogán de cabeza — y se rompió su fémur. El distrito escolar fue demandado por supervisión inadecuada. A causa de miedos a tales responsabilidades legales, por todo América los recreos han sido limpiados por completo del mobiliario urbano que los hacía divertidos. De manera que delante de televisiones y monitores de ordenador se sientan ahora millones de niños obesos, bajas de lo que el letrado y autor Philip Howard llama "un enfoque sobreprotector de la educación infantil" producido por "el culto a la seguridad.” Long Beach retiró las señales de aviso porque es más seguro no decir nada: los imprudentes bañistas heridos a consecuencia de las corrientes podrían presentar denuncia, afirmando que los avisos no eran lo bastante grandes o vistosos o numerosos o lo que sea. Sólo un escándalo público devolvió las señales a su sitio.
Etiquetas de advertencia defensivas, y absurdas, se multiplican porque prolifera la agresividad. Los pleitos plasman la teoría de que cualquiera debería poder iniciar un pleito para denunciar que alguien es culpable hasta de las acciones estúpidas del demandante, como tragarse un anzuelo de pesca.
Derivado predecible de esta teoría es el cinismo descarado, animado por lo que Howard llama picapleitos "que se congregan en masa en la intersección entre tragedia humana y avaricia humana.” Así:
Un voluntario de una organización católica de caridad de Milwaukee se saltó un disco en rojo e hirió de gravedad a otra persona. Dado que el voluntario no tenía recursos económicos, el herido denunció a la archidiócesis — con éxito, por 17 millones de dólares.
El hilo conductor de tales locuras es el miedo que impregna la vida cotidiana estadounidense. Es, lamentablemente, un miedo sensato derivado de la cultura legal cada vez más retorcida de América que es el tema de lo que seguramente será el libro de asuntos oficiales más necesario de 2009 — "La vida sin abogados: liberar a los estadounidenses de los excesos del Derecho," de Howard.
Una nación en la que la proporción de abogados en la población activa casi se duplicó entre 1970 y 2000 se ha vuelto absurdamente densa con la ley. La autoconciencia legal asfixia el ejercicio del juicio. La cultura de derechos sociales de hoy en día inculca la idea de que todo el mundo tiene derecho a una vida sin peligros, sin decepciones ni agravios. Cualquier discrepancia o molestia puede ser agresivamente "enmarcada dentro del lenguaje de la privación de algún derecho legal.”
La ley es esencial para, pero puede asfixiar, la libertad. Hoy, escribe Howard, "los estadounidenses pasan el día con cada vez mayor frecuencia andando con pies de plomo en lugar de centrarse en el destino al que quieren llegar.” La patria de los libres y los justos se ha convertido en "un campo de minas legal" a través del cual avanzamos de puntillas temerosos de desatar una demanda. Las que deberían ser elecciones cotidianas e interacciones rutinarias están cargadas de riesgos legales.
Hubo un tiempo en que los derechos eran defensivos. Servían para evitar que el gobierno te impusiera cosas. Los derechos son hoy cada vez más armas ofensivas enarboladas para imponer exigencias a los demás, utilizando el poder del estado para la promoción privada. La multiplicación de derechos, carentes cada uno de límites, multiplica conflictos no negociables dirigidos con el extremismo inherente a la retórica de los derechos, bajo la premisa, dice Howard, de que "la sociedad logra de alguna manera un equilibrio si aplaca al que se queja.”
Pero en tal sociedad, deslumbrada por lo que Howard llama "el estupor de las normas" y discriminada por "víctimas" contenciosas, los incentivos estimulan la denuncia intensiva. Lea el libro de Howard, y llore la muerte del sentido común.
© 2009, Washington Post Writers Group
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