Un [ch]asco de plan de rescate
Por Charles Krauthammer
Diario de América
Por fin el esbozo de un debate coherente del rescate federal. Es un relevo agradable a una campaña que nos dio el rechazo anti-intelectual de los Republicanos de la Cámara a cualquier compromiso, los comentarios estentóreos de John McCain contra “la codicia y la corrupción”, y la enunciación distante por parte de Barack Obama de vacuos “principios” del rescate que le permitió ser todo para todos.
Ahora se está haciendo la luz. La línea de fractura es el rescate de la industria automovilística. Los Demócratas están luchando por sacarlo adelante. La Casa Blanca se resiste.
Sustentando las diferencias políticas hay una diferencia filosófica. La administración Bush considera el rescate de 700.000 millones como medida de emergencia para salvar el sector financiero considerando que las finanzas son un servicio público. Ningún gobierno dejaría que las compañías eléctricas se hundieran dejando al país a oscuras. De la misma manera, el gobierno debe salvar el sector financiero para evitar que el crédito se evapore y estrangule al resto de la economía.
El Secretario del Tesoro Henry Paulson está dispuesto a ampliar el significado de “banco” extendiendo protección a entidades tales como American Express. Pero fundamentalmente, concibe su labor como salvar instituciones de ahorro que manejan dinero, nada más.
Los Demócratas ven un panorama diferente, con el gobierno interviniendo en otros sectores financieros de la economía para evitar el efecto cascada de desempleo masivo que conduce a más descubiertos hipotecarios y quiebras de empresas (mientras el consumo se desploma) arrastrando a su vez a más empresas e instituciones financieras, produciendo mayor desempleo, etc. — la letal espiral de los años 30.
Bush está intentando desplazar el LIBOR o la diferencia de los tipos de interés entre la deuda pública y el LIBOR, que mide el flujo de liquidez. La referencia de los Demócratas es la tasa de desempleo.
Con casi 5 millones de trabajadores mantenidos por la industria del automóvil, los Demócratas reclaman un rescate federal. Pero los problemas son obvios.
Primero, el carácter arbitrario. ¿Dónde nos detenemos? Una vez que hayamos abandonado el sector financiero, cada industria con problemas reclamará su parte de los fondos públicos. ¿Cuáles son los criterios para decir sí o no?
Los criterios serán inevitablemente arbitrarios y políticos. El dinero fluirá preferentemente a las industrias con conexiones en el Capitolio y la Casa Blanca. A las compañías concentradas en los distritos electorales de los titulares de Comité. A la influencia. ¿No es esta precisamente el tipo de legislación a golpe de lobby contra la que se presentaba Obama?
En segundo lugar está la ineficacia en estado puro. Salvar el sector del automóvil significa salvarlo de la quiebra. Como hemos visto con las líneas aéreas, la bancarrota puede permitir que prosigan las operaciones al tiempo que se ayuda a zafarse de obligaciones fatalmente insostenibles. En el caso de Detroit, esto significa liberarse de ruinosos acuerdos salariales con sus prestaciones astronómicas (precio de una hora de trabajo de un empleado de los tres grandes fabricantes automovilísticos estadounidenses: 73 dólares; de un trabajador estadounidense de Toyota: 48 dólares), masivos compromisos de jubilación, y normas laborales inabordables tales como “bancos de trabajo,” un eufemismo para pagar grandes sumas a empleados por no trabajar.
La idea central del rescate Demócrata es proteger a los sindicatos evitando este tipo de reestructuración. Lo cual garantizará el continuo fracaso de estas compañías, pero ahora quemarán decenas de miles de millones de dólares del contribuyente. Es lo último en socialismo limón.
Los Demócratas están sugiriendo, sin embargo, un motivo aún más ambicioso para nacionalizar. Una vez que el gobierno participe de las empresas del sector del automóvil, podrá rehacerlas. El eufemismo aquí es “reequipar” el sector para fabricar coches de cara a la próxima economía verde.
Los progres siempre han deseado que las compañías automovilísticas fabriquen el tipo de coches que ellos insisten que todo el mundo tendría que conducir: pequeños, ligeros, ecológicos, y monos. Ahora tendrán el poder para hacerlo.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno tuvo a las compañías del automóvil fabricando tanques. Ahora serían obligadas a fabricar híbridos. La diferencia es que, en mitad de una guerra mundial, los tanques tienen comprador. ¿Los híbridos? Uno de los motivos de que el sector atraviese tales dificultades es que los consumidores se han venido resistiendo a los vehículos más pequeños, menos seguros y menos potentes impuestos a la industria a base de mandatos de eficacia en el consumo de combustible. Ahora el sector se vería obligado a fabricar aún más.
Si usted cree que tenemos problemas económicos ahora, considere los efectos de nacionalizar una industria de este tamaño, pero dirigida ahora por burócratas que promulgan cuotas de producción que se ajusten a planes a cinco años encaminados a cumplir estándares de eficacia en el consumo de combustible políticamente promulgados — para transportarnos a las soleadas mesetas de la inminente utopía ecológica.
El minimalismo Republicano — protección de las empresas de crédito — ciertamente corre el riesgo de quedarse corto. Pero la deriva Demócrata hacia la política industrial masiva amenaza con adentrarse en las ineficacias garantizadas del maximalismo de la economía centralmente dirigida.
En esta crisis, acordamos dejar en suspenso la mano invisible de Adam Smith — pero no para ser machacados por la pesada mano del gobierno.
© 2008, The Washington Post Writers Group
- 28 de septiembre, 2026
- 28 de septiembre, 2026
- 1 de octubre, 2012
- 24 de septiembre, 2026
Artículo de blog relacionados
- 22 de diciembre, 2009
- 19 de julio, 2010
Diario las Américas Son muchas las voces que se han alzado en los...
14 de mayo, 2014BBC Mundo Este martes, se revelaron los detalles de un multimillonario proyecto ideado...
24 de abril, 2012











