El mundo sin polen
Por Juan David Escobar Valencia
El Colombiano – Medellín
Multitud de la abeja! / Entra y sale / del carmín, del azul, / del amarillo, / de la más suave / suavidad del mundo: / entra en / una corola / precipitadamente, / por negocios, / sale / con traje de oro / y cantidad de botas / amarillas. Pablo Neruda
En la segunda mitad del siglo XIX, el biólogo y zoólogo alemán Ernst Haeckel, para muchos el padre de la ecología, decía que esta ciencia era: “el estudio de todas las complejas interrelaciones a las que Darwin se refería como las condiciones de la lucha por la existencia”.
Si algo estamos aprendiendo finalmente, a punta de golpes y de crisis, es que la interdependencia que pusieron en evidencia Darwin y Haeckel, hace más tiempo del que somos concientes, ha dejado de ser un fenómeno exclusivo de la naturaleza y ha pasado a ser parte de los factores que afectan a casi todas las actividades humanas, especialmente en un mundo que por fin ha empezado a globalizarse. Por eso ya no tiene que sorprendernos que la avaricia de los banqueros y agentes inmobiliarios de EE.UU. termine quebrando la banca islandesa, o que la contaminación de China que cruza el Océano Pacífico, haga parte del aire enrarecido de la ciudad de Los Ángeles, o como escribí hace 15 días, que la economía afecta las decisiones para ser infiel o que las minifaldas afectan la macroeconomía.
De Haeckel apenas ahora estamos comprendiendo la que algunos llaman la primera ley de la Ecología, según la cual “Todo afecta a todo”. Tal vez esta certeza aún biche, haga la vida menos simple que en el pasado, pero les juro que la hace más fascinante porque nos invita a mirar el mundo de forma diferente y a descubrir la alucinante complejidad e interdependencia de los fenómenos y de las circunstancias, que aunque pueden agobiarnos, es mejor entenderlas como los extraños caminos para encontrar nuevas oportunidades y resolver los problemas que nos siguen abrumando.
Hace ya casi tres años escribía en esta columna, asombrado por que no sabía nada al respecto, que parte del problema del hambre en África se debe a las “ratas”, sí a las ratas. Por ejemplo en Tanzania, las ratas se comen hasta el 80% de la cosecha de maíz. Y algunos facilistas insisten todavía en simplificar todo echándole la culpa al “capitalismo” o al “imperialismo yanqui”.
Hace pocas semanas hubo una convención en Washington de científicos y expertos en “polinización”, en el que la preocupación principal del evento fue la disminución del número de abejas en el mundo. Desde la ignorancia diría uno que la gente no sabe que inventarse para volarse unos días de la casa y parecería un desperdicio estar gastando tiempo y dinero en esos bichitos que se desquitan con uno clavándonos parte de su humanidad, pero no, el asunto no es tan inocuo.
Resulta que cerca del 80% de la polinización de las cosechas de alimentos la hacen animales polinizadores, principalmente las abejas. Y para aquellos que solamente los impresionan las realidades expresadas en términos monetarios, un estudio reciente publicado en la revista Ecological Economics, calculó el valor económico de la polinización en más de 215.000 millones de dólares, casi dos veces el PIB de Colombia, con la diferencia que los zánganos de las colmenas al menos fertilizan los huevos de la abeja reina, pero los zánganos nuestros, algunos sentados en el Congreso y hasta de turbante, ni siquiera asisten a su cumplir su deber y hasta despotrican del país que los alimenta.
La explicación definitiva del declive de la población de abejas no aparece todavía, pero su importancia en la producción de alimentos hace necesario tomar medidas al respecto. Laurie Davies Adams, director ejecutivo de la Alianza de Polinizadores advierte la falta de comprensión del fenómeno cuando dice que, “Si una de cada tres vacas estuviera muriendo, haríamos algo”. Aunque parezca exagerado, no descubrir la causa de este fenómeno podría ser un factor adicional que implique alzas mayores en los precios de los alimentos que terminen por agravar la crisis alimentaria.
Hay tanto por hacer y por aprender, afortunadamente.
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