Un país que es de todos
Por Nicolás Perez Diez Argüelles
El Nuevo Herald
Algunos artículos se paren naturalmente y sin dolor. Otros se alargan tanto en nuestras apreciaciones, desvelos y pesadillas que nos destruyen emocionalmente. Hay terceros que brotan de una compañía grata, un diálogo inteligente, una forma especial de escuchar que habría calificado José Ortega y Gasset de ”un escuchar que es oír”. En un almuerzo el viernes pasado en un restaurante de Miami con mis amigos el periodista Roberto Rodríguez Tejera, el historiador Marcos Antonio Ramos y el economista Frank Díaz Pou, mentes lúcidas, me dieron suficiente inspiración para construir este engendro.
Ayer, 4 de noviembre del 2008, el pueblo norteamericano eligió nuevo presidente. Esta elección la calificaron multitud de observadores nacionales e internacionales como la más apasionante de los últimos 100 años porque no va a producir un simple cambio de gobierno. Gane quien gane se trata del inicio de la igualdad racial en términos absolutos, el fin de las decisiones unilaterales y de la arrogancia internacional de la administración Bush-Cheney y el comienzo del siglo XXI en los Estados Unidos de América.
En estas elecciones, porque estaba en juego el fin de una época y el principio de otra, no se jugó limpio. Se vendieron miedos inadmisibles, se apeló a los bajos instintos, hubo acusaciones infundadas y un fuerte intercambio de insultos en vez de ideas.
Todos se pasaron de la raya. Ni el candidato republicano es una clonación de George W. Bush ni el demócrata es comunista, musulmán y partidario de Osama Bin Laden. Ni McCain iba a declararle la guerra a Pakistán o al principado de Mónaco, ni Obama iba a repartir el dinero de Joe el Plomero. John McCain representa el ala más limpia y honesta de los republicanos y Obama es tan demócrata como tú y yo, tan partidario del sistema de libre empresa como tú y yo. Nada iba a cambiar, saliera quien saliera, porque aquí las instituciones no obedecen a los hombres, sino los hombres a las instituciones.
Sólo hay dos peligros para esta nación. En una victoria demócrata, que no vigilemos de cerca el inmenso poder que pueden tener desde la presidencia, la Cámara de Representantes y el Senado. Y otro error sería que ambos partidos políticos no entiendan que vivimos una época que los analistas tendrán que estudiar por décadas, porque estamos ante un cambio generacional, una nueva forma de contemplar el mundo, a nuestros enemigos, las regulaciones económicas y la raza diferente a la nuestra.
El Partido Demócrata debe asumir que cuando en sus primarias Barack Obama, mulato, de origen desconocido y sin apenas trayectoria en la vida pública, derrotó a la descomunal maquinaria del matrimonio Clinton, no se oía, no se veía, no se vislumbraba, pero un movimiento telúrico desde las mismas entrañas de la tierra estaba sacudiendo las raíces, cambiando los proyectos más tradicionales y enajenando las lealtades aparentemente más indestructibles del Partido Demócrata. Ahora ellos deben asumir que una nueva dirección sin compromisos con el pasado acaba de asumir el timón de la nave, deben hacer quizás reajustes en los signos de sus alianzas internas y quizás proceder a cambios filosóficos cosméticos.
Donde la cosa se complica es en las filas del Partido Republicano, ellos son otra historia. Los republicanos tendrán que enfrentarse a una crisis que se produjo el 29 de septiembre del 2008, día en que más de 100 congresistas de este partido le dieron las espaldas a su presidente cuando planteó $700,000 millones en ayuda para rescatar la economía norteamericana. Fue una insubordinación, una insurrección. Y no había antecedentes ni indicios de que una cosa así podría estarse gestando porque el Congreso republicano había votado un 95% con Bush y era sumamente disciplinado, obedeciendo a su liderazgo. ¿Cuál fue la causa real de este motín sin precedentes? ¿Por qué lo hicieron? ¿Un rechazo ideológico a una medida de flagrante intromisión estatal en la economía? ¿Acaso pánico electoral?… Cualquiera sabe, que los historiadores respondan estas preguntas, pero en algo tenemos que estar claros, o los republicanos son flexibles y dialécticos, se reagrupan y se reinventan o se destruyen.
Pero por ahora sólo debemos tener la vista fija en una sola cosa: el resultado de las elecciones. Y debemos dejar atrás los odios, las acusaciones y los miedos. Porque amanecemos en un país que es de McCain, de Obama, tuyo y mío. Un país que es de todos.
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