Carta abierta a John McCain
Por Nicolas Perez Diez Argüelles
El Nuevo Herald
Senador por Arizona: Tengo presente que el 26 de octubre de 1967 su avión A-4 Sckywack fue derribado por un cohete antiaéreo sobre Hanoi. Fue capturado y guardó prisión en Vietnam 5 años. Lo respeto porque usted dijo presente sin titubear cuando su patria lo necesitó.
Como político en ocasiones ha votado independiente, por ejemplo contra la tortura y a favor del Protocolo de Kioto. Pero en los últimos ocho años ha apoyado demasiadas veces las propuestas de George W. Bush en el Congreso de los Estados Unidos.
Votó por invadir Irak bajo la premisa de que Saddam Hussein había sido cómplice en la voladura de las Torres Gemelas y por ocultar armas químicas, y ambas acusaciones resultaron falsas. Y hoy dice que sólo debe abandonarse Irak cuando allí se implante la democracia y se gane el conflicto armado. Perdone que lo contradiga, senador, pero lo que se está desarrollando en estos instantes en Irak no es un enfrentamiento entre democracia y totalitarismo, sino una guerra civil que no tiene nada que ver con el control de un territorio, sino con el triunfo de una fe religiosa. El conflicto entre chiitas y sunitas se remonta al siglo VII y posiblemente le faltan 14 siglos más para que concluya.
Cuando Bill Clinton entregó la presidencia a George Bush, la economía norteamericana tenía un superávit presupuestario de $127,000 millones y para el año fiscal que comienza el 1 de enero tendrá un déficit récord de $482,000 millones.
En cuanto a inmigración, hubo un instante que usted mantuvo una posición correcta para resolver ese problema. Pero por estar demasiado comprometido con la extrema derecha del Partido Republicano, a la que no gustan los inmigrantes, y ante el temor de perder la nominación en las primarias frente a Mitt Romney o Mike Huckabee, usted renunció a su sueño de una reforma migratoria justa.
Finalmente, lleva 26 años en el Congreso de los Estados Unidos por lo que, por acción u omisión, tiene cierto grado de responsabilidad en la actual crisis económica.
En cuanto a la guerra entre los Estados Unidos y Vietnam, se extendió de 1959 a 1975. En ella se estima que murieron más de dos millones de vietnamitas. Las pérdidas norteamericanas alcanzaron la cifra de 57,685 soldados y fueron 153,000 los heridos.
Por los años 90, quince años después de finalizar esta guerra, usted demostró ser un hombre que estaba por encima de odios inútiles y con una alta dosis de coraje fue un factor importante para que se restablecieran las relaciones entre Washington y Hanoi. Conjuntamente con John Kerry, ambos combatientes de Vietnam, tendieron puentes entre ambos países en aras de la paz.
Un gesto admirable de su parte. Como también lo es que, después de aquel conflicto tan sangriento, con aún 2,500 soldados norteamericanos desaparecidos, apruebe que su esposa Cindy viaje continuamente a Vietnam, la última vez el pasado 18 de junio, para culminar una gestión humanitaria, Operación Sonrisa, que proporciona cirugía reconstructiva para corregir deformaciones faciales a los niños.
Por lo que no entiendo por qué usted, imbuido de tan alto espíritu de perdón y reconciliación, está a favor de que Cindy, que no nació en Vietnam, visite ese país en gestión humanitaria y, quizás mal aconsejado, está en contra de que los cubanos exiliados, después del paso devastador de los huracanes Gustav y Ike, viajen a la isla también en gestión humanitaria, de pueblo a pueblo, para socorrer a sus propias familias en desgracia.
Cuando usted llegó de las prisiones de Vietnam a los Estados Unidos declaró a la prensa: ”Lo importante ahora es seguir adelante, no quiero seguir siendo sólo un prisionero de guerra”. Estoy de acuerdo con usted, senador. Fui a la cárcel en Cuba a los 20 años y recobré mi libertad a los 35. La prisión es una circunstancia, no un destino. Es algo de lo cual nos debemos sentir orgullosos, pero que no puede ser el centro de nuestras vidas. Yo tampoco quiero seguir siendo sólo un preso político cubano. Quiero luchar como lo hizo usted para que en mi patria haya paz y democracia. Sólo me confunde que, cuando en los años 90 realizó una labor de reconciliación con Vietnam, fue un héroe para su pueblo, pero si hago lo mismo para lograr un entendimiento entre La Habana y Washington, soy un mentiroso, un deshonesto y un traidor. Una lástima que cuando se puede polemizar con altura y argumentos, como hizo con mi artículo anterior alguien que admiro y respeto, Alfredo M. Cepero, presidente del Partido Nacionalista Democrático, otros que son sus seguidores y simpatizantes en esta ciudad polemicen con descalificaciones personales. Por lo demás, le deseo suerte en las elecciones del 4 de noviembre.
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