Los amigos que no están
Por Frank Calzón
Diario Las Americas
Nunca estuve tan cerca de la muerte como la última noche que visité a Jeane Kirkpatrick en su casa cerca de Washington. La ex-embajadora de los Estados Unidos ante Naciones Unidas, había sido mi maestra en la Universidad de Georgetown, y era muy querida por sus ex-alumnos, algunos de los cuales ocupan hoy puestos importantes alrededor del mundo. Cuando la vi, ya se encontraba en su lecho de muerte: rodeada por cirios y una suave melodía clásica, dormitaba. La víspera, al despedirnos, al estrecharme las manos le dije: “Jeane, tienes que ponerte bien, todos te queremos”, ella sonrió y despidió de mi.
Aquella ultima noche le expresé mi agradecimiento a la señora que la acompañó en sus últimos días y saludé a otra a la que no conocía, quien después supe que trabajaba en un hospicio, visitando a los moribundos. Siempre lamentaré no haber acompañado a mi profesora aquella noche. Temprano el día siguiente, a la mañana me informaban de su fallecimiento.
De niño, en la Cuba de antes de Castro, visite las tumbas de patriotas cubanos, pero no pensé sobre la muerte hasta mucho después. Mi padre tiene ahora noventa-y-cuatro años y mi madre ochenta y uno. Mis hermanas viven. Mi abuela por parte de madre, española muy independiente, nos visitó en la Florida, pero quería permanecer en Cuba, donde sobrevivía el rígido racionamiento comunista gracias a una cría de conejos. Cuando nos visitó, ella que había sido una cocinera profesional, se alegró almorzar conmigo en un restaurante español en la Calle Ocho.
Cuando sufrió un accidente, mi madre fue a visitarla en la isla. Y descubrió que la casa en que se iba a hospedar era el local del “Comité de Defensa de la Revolución” y que la federista que lo dirigía, y quien le cedió su cama para irse a dormir con su hija, era opositora del régimen.
En la Universidad de Georgetown conocí también a aquel patriota e intelectual que fue Luis Aguilar León. En Georgetown –en la barriada, no en la universidad, a sugerencia de mi amigo Jorge Sosa visité a una cubana que evidenciaba las virtudes de la mujer cubana: la Dra. Elena Mederos. Elena, cuya tarjeta de baustismo ilustraba una bandera cubana, fue abanderada del movimiento de los derechos civíles; luchó por el sufragio para la mujer y cuando el golpe de estado de 1952 representaba a Cuba en una de las entidades de las Naciones Unidas en Nueva York. Renunció entonces a su puesto y regresó a la isla, a unirse a la oposición cívica y después al movimiento revolucionario.
Otros me han dicho como una noche terrible, en medio de una fuerte represión fue una de las pocas personas que se presentaron en una reunión revolucionaria. Después fue Ministro de Bienestar Social en el primer gabinete revolucionario, entonces formado en gran parte por demócratas cubanos, donde se opuso al rumbo hacia el comunismo que se iniciaba, Cuando la oposición en la isla se hizo insostenible, marchó a trabajar con UNICEF a ayudar a los niños en África y Colombia; y más tarde se retiró a vivir junto a su hija María-Elena en Washington, donde se incorporó como voluntaria a una institución de ayuda a la niñez cerca de su casa.
Fue entonces cuando, con un puñado de estudiantes, fundó Of Human Rights, organización dedicada a la defensa de los presos políticos cubanos. Y fue ella quien, en una recepción con el recién electo Presidente Jimmy Carter, le dijo: “Señor Presidente no se olvide de los presos políticos cubanos”.
A su muerte asumió la presidencia de Of Human Rights el obispo Eduardo Boza Masvidal quien residía exiliado en Venezuela, después de haber sido desterrado por los comunistas. El obispo, entonces en la Catedral de los Teques a una hora de Caracas, fue a almorzar con el entonces embajador norteamericano en Venezuela, Otto Reich y al despedirse en la puerta de la embajada el embajador le preguntó: “¿Monseñor, dónde está su chofer?” A lo que el obispo le respondió, “Señor embajador, yo no tengo chofer, he venido en ómnibus”.
Eduardo Bosa Masvidal que dormía en una cama columbina sin colchón, porque se lo había donado a una familia pobre, fue después criticado por visitar a la isla antes de morir. Lo que desconocieron los críticos fue que el obispo no fue a Cuba ni a reunirse con oficiales del régimen, ni a hacer turismo, sino a solidarizarse con el sufrimiento de su pueblo. Logró visitar a algunos presos políticos y discretamente dejó en mano de uno de ellos su anillo episcopal. Aquél anillo, en secreto martillado y machacado por los presos se convirtió en unas crucecitas de plata que circularon por las cárceles del país.
Entre los amigos a los que extraño está también la periodista Raquel Regalado, quién desde Ginebra reportó los debates de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Este año también murió el doctor Armando Lago, economista graduado en Harvard y uno de los fundadores de Of Human Rights.
La lista es casi interminable y lamentablemente dejaré sin nombrar a muchos; pero sería imperdonable dejar de mencionar a Silvia Zimmerman, Piedad Alvarez y a los doctores Gerardo Mora y Manuel Diez del Valle, y al también doctor y poeta Roberto Valero.
Además de los exiliados que ayudaron a Of Human Rights, nos ayudaron personas de otros países, como el columnista Jack Anderson cuyos artículos aparecían en el Washington Post, la periodista Virginia Pruitt del Washington Star, el mas tarde embajador de Estados Unidos en Chile James Theberge, el exministro filipino de relaciones exteriores Raúl Manglapus, y el jurista francés radicado en Ginebra Henry Bandie. Todos ya desaparecidos, aunque a todos ha de honrar en su día una Cuba libre.
Nunca durante los últimos cincuenta años, a pesar de las adversidades y las penurias del momento; de las campañas de desinformación del aparato de propaganda castrista; y de la confusión de algunos exiliados que hasta los años sesenta y setenta defendían lo que llamaban “la revolución cubana”, dejaron los cubanos libres de defender la causa de la libertad.
Es parte de la historia por hacer. Los lectores del Diario Las Américas que quieran enviarnos alguna anécdota sobre cubanos o extranjeros que ayudaron a la lucha de la libertad en Cuba pueden dirigirse a: [email protected]; o al Center for a Free Cuba/ 1320 19th Street, Suite 600/ Washington DC 20036.
Frank Calzón es el director ejecutivo del Centro para Cuba Libre.
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