Contradicciones chinas
Por Carroll Ríos
Siglo XXI
La China Continental es un enigma, y no sólo debido a barreras de idioma o la distancia física entre nuestros países. Gracias a las Olimpiadas en Beijing, hemos vuelto la vista a este gigante que despertó, y sentimos una renovada curiosidad.
Pese al férreo control que mantienen las cúpulas comunistas sobre los 1,295 millones de habitantes, durante las Olimpiadas los chinos se nos muestran prósperos y pujantes, así como orgullosos de su país. Aman a Mao y a Deng Xiaoping. De hecho, una encuesta del Centro Pew revela que la mayoría de chinos está satisfecha con las políticas implantadas por su gobierno, y que respaldan el discurso nacionalista que éste utiliza para justificar su rígido control político.
Al mundo libre, acostumbrado a la libertad de locomoción y expresión, así como a participar en periódicas elecciones de los gobernantes, parecería lógico toparnos con una población avejentada y quebrantada por la brutal Revolución Cultural. Recordamos las masas de personas vestidas de lúgubres grises en chozas igual de oscuras, cosechando arroz y portando grandes cargas sobre frágiles espaldas. Pero el ejército de estudiantes universitarios que sirven de edecanes del evento olímpico sonríe relajadamente a los visitantes extranjeros. Son miles de optimistas jóvenes, sin dejo de amargura o rebeldía, en un país que rechazó la juventud con su exigencia de un hijo por pareja. Las grandes ciudades, como Beijing y Shanghái, también lucen jóvenes: ultramodernas, occidentales y dinámicas, perfectamente maquilladas para el escrutinio internacional. No pululan las calles los indeseables —vagos, homosexuales, negros y prostitutas— forzosamente removidos en vísperas de las Olimpiadas. Todo color de rosa. ¿Exageran los críticos al régimen: los rebeldes tibetanos, las minorías musulmanas, los grupos de derechos humanos y los mártires de Tiananmen?
No exageran. Lo que ocurre es que desde la “Apertura” iniciada en 1978, finalmente tienen esperanzas las mayorías que no están en la mira de la violencia institucional. Un poco de libertad es mejor que ninguna, y la abrazan con entusiasmo. ¡Su futuro depende en gran medida de ellos mismos! Perciben beneficios concretos, mientras la economía crece a una media anual de 9.67%. Imagine qué piensa el policía sesentón y retirado, que trabajó por 5 yuanes mensuales y unos miserables cupones de alimentos, al ver mercados bien surtidos y el ingreso presente y potencial de su hijo. Está feliz el que abre una empresa de exportación basada en Hong Kong; el graduado universitario que consigue empleo; el pequeño comerciante, y el magnate. Hay inversión extranjera, construcción incesante y turismo. Intuyo que la represión política empezará a pesarle al habitante promedio cuando ella amenace sus conquistas económicas, ya sea con cambios bruscos en las reglas del juego o medidas expropiatorias. Creo que no podrán evadir la lucha por el derecho a la propiedad privada y la inviolabilidad de los contratos, sin las cuales las personas difícilmente seguirán arriesgando, invirtiendo y prosperando.
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