Solzhenitsyn: Víctima del totalitarismo
Por Carroll Ríos
Siglo XXI
Aleksandr Solzhenitsyn murió la semana pasada, a la edad de 89 años; miles de personas, entre ellas Vladimir Putin, le rindieron tributo acudiendo a su entierro.
Con mis compañeros universitarios, comentábamos ocasionalmente que Solzhenitsyn era nuestro vecino, pues residía entonces en Cavendish, Vermont. Un hombre de mirada severa, barbado, controversial, retraído, sufrido y misterioso: nos intrigaba. Sabíamos que había ganado el Premio Nobel en literatura en 1970, pero que no lo había podido recoger sino hasta en 1974, tras ser deportado de Rusia. Sabíamos que de Alemania pasó a California, y de allí se mudó a ese ínfimo pueblo de 1,500 habitantes en la esquina noreste del país, donde se dedicaba a escribir. Ya me había graduado yo cuando Solzhenitsyn aceptó recorrer pocos kilómetros para recibir un doctorado honoris causa de mi alma mater, Dartmouth College, en 1991. Usualmente se rehusaba a recibir tales reconocimientos; se cuentan con una mano los que aceptó. A los anteriores se suman un honoris causa de Harvard (1978), el discurso de graduación de Holy Cross (1984) y el Premio Templeton para el Progreso de la Religión (1983).
Lo que más nos cautivaba era su novela Un día en la vida de Iván Denísovich (1950). Era la que mejor conocíamos. Nosotros, gozando de salud, juventud, libertad y seguridad, testigos de las fases finales de la Guerra Fría, escasamente podíamos imaginar el sufrimiento soportado por el protagonista Shukov (Iván). Y la trama es autobiográfica. Al igual que a Shukov, a Solzhenitsyn poco le valió haber servido al país militarmente: cayó preso de su gobierno y tuvo que luchar por sobrevivir en el campo de concentración en Ekibastuz, en Kazajistán. De hecho, allí escribió esta novela. Por supuesto, constituye una denuncia política, pero es sobre todo una oda a la dignidad humana. Como reflexiona el autor: “Solamente tienes poder sobre las personas, mientras no les quites todo. Pero cuando has robado todo a un hombre, él ya no está en tu poder, es libre nuevamente”. No le pueden arrebatar su dignidad al prisionero ingenioso que se agencia de víveres, se resiste a lamer el plato y se esfuerza por caminar erguido. Digna es la persona que vive su humanidad, es compasiva y generosa con el prójimo y se sabe criatura de Dios.
Esta experiencia le abrió los ojos a Solzhenitsyn respecto del comunismo, el único sistema político que había conocido en su vida, pero que posteriormente condenó. Es interesante saber que la novela fue publicada en la Unión Soviética con el visto bueno de Nikita Kruschev, quien, en su afán de poner distancia entre sí y Stalin, estipuló la lectura escolar del libro, diciendo que era aconsejable que todos los rusos controlaran el “Stalin” que llevan dentro.
A pesar de su desencanto con el comunismo, Solzhenitsyn nunca se sintió cómodo en Occidente. En 1990 escribió el ensayo Cómo reconstruir Rusia, que fue un inmediato éxito en su país natal, y en 1994, habiéndosele devuelto la nacionalidad rusa, volvió a Moscú.
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