Argentina: En 2008 como en 1995
Por Alvaro Abós
La Nación
Que Cristina Kirchner, vencedora en las elecciones de octubre de 2007, haya licuado en pocos meses su capital político no es un hecho nuevo para los argentinos. En 1995, tras gobernar seis años, Carlos Saúl Menem fue reelegido con el 49% de los votos. Pero, casi de inmediato, la opinión pública le dio la espalda.
¿Cuál es la explicación para estos hechos? ¿Acaso tiene la sociedad argentina una veta exitista y tornadiza que se complace en espectaculares mudanzas, en volteretas más propias de un trapecista que de una sociedad madura? ¿Se trata de un masoquismo argentino?
Cristina Kirchner ganó con el 47% de los votos. Asumió en diciembre pero, tras el desgastante conflicto agrario, sus índices de popularidad se han derrumbado. Además, se le licuaron las cómodas mayorías parlamentarias; los gobernadores peronistas de algunas provincias rompieron su férreo alineamiento con la Rosada; la CGT, hasta ahora adicta, se dividió, e incluso hay mar de fondo en el propio Partido Justicialista, al que los Kirchner habían regresado, cancelando las veleidades ?superadoras? del peronismo que alentaba años atrás el Frente por la Victoria. También naufragó la ?concertación?, extraño término con el que el Gobierno designaba la cooptación de algunos políticos opositores. Tras ese naufragio, Cristina Kirchner no sabe qué hacer con su propio vicepresidente.
Son los riesgos de las reelecciones. Porque si algo ha quedado claro a lo largo del conflicto agrario fue que, en 2007, no hubo un cambio, como lo postulaba la propaganda oficialista. El enroque conyugal ?Cristina por Néstor? fue un ejercicio de astucia para eludir los corsés constitucionales y abrir un largo reinado kirchnerista mediante sucesivos relevos de la pareja presidencial. La crisis agraria ?piloteada férreamente por el ex presidente Kirchner? mostró que el poder no ha cambiado. El espectacular giro en el humor colectivo, que pasó de la simpatía al fastidio por la figura presidencial, tiene que ver con la contundente revelación de aquello que la propaganda maquillaba: en la Argentina se produjo una reelección encubierta.
En 1995 no había duda sobre ello. Como la Constitución no permitía la reelección, Carlos Menem la hizo reformar al firmar el pacto de Olivos con Raúl Alfonsín. El 14 de mayo de 1995, la fórmula Menem-Ruckauf obtuvo el 49% de los votos, contra el 30% de Bordón-Chacho Alvarez y el 17% del radical Massaccesi. De inmediato, las dificultades se acumularon sobre el Menem reelegido: la desvalorización de la moneda mexicana provocó el ?efecto tequila?, debido al cual muchas inversiones extranjeras se fueron de la Argentina; la desocupación llegó al 18%, se multiplicaron las denuncias sobre la corrupción del régimen, hubo piquetes y cortes de rutas en Tartagal y Cutral Có. La CGT decretó dos huelgas generales. Los docentes instalaron la Carpa Blanca en la plaza del Congreso. Mientras esto sucedía, se difundió en el país la siguiente explicación: el desprestigiado Menem había sido beneficiado por el ?voto cuota?, un voto vergonzante, movido sólo por el temor a trastornos económicos. En las conversaciones cotidianas se oía la frase ?yo no lo voté? y los humoristas machacaban con variaciones sobre la idea: ?Pero entonces ¿quien lo votó??
Mientras tanto, en aquel 1995 y en los años que le siguieron, estallaba el peronismo, al ensarzarse el Presidente en una interminable disputa con el gobernador de Buenos Aires, Eduardo Duhalde. Este quería ser el candidato del justicialismo para las presidenciales de 1999, mientras que Menem procuraba la ?re-reelección?, usando todo tipo de argumento de leguleyos, que no prosperaron.
Así se llegó a las elecciones de renovación legislativa, en 1997. El peronismo, que había triunfado en los comicios parlamentarios de 1991 y 1993, perdió en 1997. El menemato, que había cruzado con pujanza el Rubicón reeleccionario, se precipitó en una pendiente irreversible.
Un antecedente de ambos espectaculares vuelcos de la opinión pública fue lo sucedido con Hipólito Yrigoyen, presidente entre 1916 y 1922. En 1928, Yrigoyen se postuló nuevamente y ganó las elecciones con tanta amplitud que esos comicios fueron luego conocidos como ?el plebiscito?. Pero en 1930 cayó sin pena ni gloria. Tan desprestigiado estaba Yrigoyen que los militares fueron aplaudidos cuando salieron el 6 de septiembre de 1930 del Colegio Militar y cruzaron la ciudad hasta la Casa Rosada, para deshacerse de Yrigoyen como quien tira un trasto viejo. Los partidos políticos de izquierda y derecha ?salvo el del propio Yrigoyen?, la prensa, los sindicatos y los estudiantes aprobaron en un primer momento el golpe.
¿Hay alguna explicación para estos cambios bruscos? Una lectura menos psicologista indicaría que, en cada caso, hubo razones particulares, históricas, concretas para que liderazgos rozagantes se agostaran como si sobre ellos hubiera caído un rayo.
En el 30, Yrigoyen había sufrido una merma considerable en su salud y los argentinos se sintieron en manos de un hombre decrépito, mientras una crisis económica terrible sacudía el mundo. En 1995, la sociedad reeligió a Menem, pero pronto comprendió que había votado a un político ya gastado. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por miedo a los coletazos del ?tequila?? ¿Por desconfianza hacia los candidatos en competencia, algunos ?como se demostró luego? de escasa estatura política?
En 2007, la reelección kirchnerista se montó sobre el temor del electorado a que se detuviera el crecimiento de 40% entre 2003 y 2007. Afloraron los recuerdos del desastre del 2001 (memorias del saqueo).
En situaciones tan distintas como lo fueron las de 1930,1995 y 2007, la sociedad tomó opciones defensivas o dejó pasar alternativas superadoras. Y enseguida afloró la decepción. Casi inmediatamente después del triunfo de Cristina Kirchner, el conflicto agrario puso de relieve rasgos que oscurecieron la opinión de la sociedad sobre la Presidenta: violencia verbal en los discursos de la pareja, destrato a los ruralistas, y aun a cualquier crítico del Gobierno. A unos y otros se los acusó de golpistas por el mero hecho de defender intereses o, peor aún, expresar opiniones contrarias a las tesis oficiales. Una y otra actitud pueden compartirse o no, pero su descalificación, equiparando a huelguistas o críticos con los ?grupos de tareas?, fue una desmesura que degrada la legítima valoración de los derechos humanos. Son éstas las principales razones que explican el derrumbe que sacudió a los Kirchner.
Como la Presidenta debe completar su mandato hasta 2011 y todos sabemos que ese lapso es muy largo, se da ahora una paradójica situación: son los opositores quienes cuidan de la Presidenta. ?La vamos a ayudar a que llegue?, han llegado a decir algunos dirigentes.
En esta situación tan poco estimulante los argentinos debemos afrontar los años que vienen: una vez más, las elites políticas nos han decepcionado y es sobre los hombres y mujeres del común sobre quienes recae el peso de sacar adelante el país. Lo tendremos que hacer con estos dirigentes, ya que otros no tenemos, ni saldrán de debajo de las piedras.
A favor de la situación cabe decir que no es nuevo este sabor amargo que todos sentimos. Por ello, si hoy resta poco espacio para discursos, aun menos lo hay para esos trompeteos demagógicos que ya conocemos tanto y que han sido el preludio de males aún peores.
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