Globalización buena y mala
Por Robert J. Samuelson
Siglo XXi
El debate sobre la globalización no ha sido el debate correcto. Durante años, hemos discutido si ésta u aquella industria sufriesen a causa de las importaciones y si valía la pena el coste social comparado con los beneficios económicos de los productos, tecnologías e inversiones extranjeras.
En general, la respuesta ha sido “sí”. Pero las preguntas más difíciles, pienso, están en otro lugar. Las preguntas del inicio apuntan a la esencia de un gran acertijo: la gran brecha entre el desempeño real de la economía norteamericana (deficiente, pero no horrible) y la psicología de masas (casi horrible). La tasa de desempleo de junio del 5.5%, aunque se elevó de un 4.4% a principios de 2007, apenas excede el promedio desde 1990 del 5.4%. Comparemos eso con la confianza del consumidor, medida por un estudio de Reuters-University of Michigan. Está en su punto más bajo desde 1952 con dos excepciones (abril y mayo 1980).
Concedido, la actual ralentización económica de Estados Unidos —quizás ya una recesión— se origina, en su mayor parte, en causas internas conocidas, dominadas por el reventón de la “burbuja” de la vivienda. El rescate del gobierno de Bush de las entidades gubernamentales para la vivienda ahora en apuros, es el último recordatorio. Aun así, los factores globales, notablemente los altos precios del petróleo y de los alimentos, han agravado la crisis. La línea entre lo que es local y global parece borrarse cada vez más; y existe una ansiedad general de que estamos bajo el influjo de fuerzas mundiales misteriosas.
El bien que ha producido la globalización es difícil de refutar. El crecimiento económico y la transferencia de tecnología impulsados por el comercio han aliviado, en gran medida, la miseria humana. Si las actuales tendencias económicas continúan (y es un gran “sí”), la clase media de todo el mundo se expandirá con la suma de 2 mil millones de personas para el 2030. En Estados Unidos, las importaciones y la competencia extranjera han elevado los ingresos en un 10% desde la Segunda Guerra Mundial. La pérdida de puestos de trabajo, aunque real, es a menudo exagerada.
Pero una economía global desordenada podría revertir estos avances. Por desordenada quiero decir plagada de crisis financieras, interrupciones de suministros clave (el petróleo, obviamente), guerras comerciales o ciclos comerciales violentos. Ese es el talón de Aquiles de la globalización. Las conexiones entre los países se han profundizado y se han vuelto contradictorias.
La economía global actual desconcierta a los expertos y a la gente común. Los países se están volviendo más interdependientes económicamente y políticamente más nacionalistas. Es una combinación combustible. La vieja economía global tenía pocos centros de poder (Estados Unidos, Europa, Japón), pero hoy en día tiene muchos (incluyendo China, Arabia Saudita y Rusia), también se la define por las finanzas y explora monedas alternativas al dólar. Las principales naciones de intercambio carecen ahora de valores políticos comunes y alianzas.
No es más posible anular hoy la globalización, de lo que era posible anular la Revolución Industrial. Pero nuestra comprensión de los mercados internacionales, moldeados por fuerzas económicas impersonales y decisiones políticas explícitas, es pobre.
(c) 2008, Washington Post Writers Group
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