Una familia asesinada
Por Alvaro Alba
Diario Las Americas
No bastó que se sepa, hay que confirmarlo y ahí están las pruebas. Toda la familia real rusa fue asesinada por los bolcheviques la madrugada del 16 al 17 de Junio de 1918. Han pasado ya noventa años del crimen y la herida sigue abierta en la sociedad rusa.
El primer presidente de la Federación Rusa, Boris N. Yeltsin tuvo su momento de gloria política, no cuando sobre un tanque detuvo el golpe de estado de 1991, pues eso fue un gesto desesperado de supervivencia. Su genuina gloria la alcanza al asistir a los funerales de los restos del Zar de Todas las Rusias, Nicolás II, la emperatriz Alejandra, las princesas Olga, Tatiana y Anastasia, y otros once miembros de la corte que acompañaban a la familia real y que fueron masacrados aquella madrugada.
Hace diez años Yeltsin declaró en San Petersburgo que era necesario hablar, contar el crimen pues “durante años hemos silenciado este crimen monstruoso, pero hay que decir la verdad: la carnicería se convirtió en una de las páginas más vergonzosas en nuestra historia” y apuntó al culpable sin ruborizarse – “todos somos culpables: uno no se puede mentir a sí mismo y explicar con fines políticos la crueldad sin sentido.” El fusilamiento, ya de por sí horrendo, vino acompañado del terror y el ensañamiento que da el odio de clases de la ideología marxista.
Los soldados rojos usaron sus bayonetas para rematar a las princesas, pues estas tenían los corsés de hierro de la época y en ellos estaban joyas cosidas. Las cuatros infantes habían sobrevivido la descarga inicial de fusilería. Los cadáveres fueron rociados con ácido sulfúrico, incinerados y enterrados bajo un puente. Faltaban dos cadáveres, que fueron llevados al bosque y allí depositados.
Primero se encontraron dispersos varios restos humanos y fueron sometidos a pruebas de laboratorio, de ADN, comparación de sangre con familias reales europeas. Faltaban algunos restos, no estaba completa la identificación hasta que el pasado miércoles, miembros de la unidad de investigación de la fiscalía rusa confirmaron que los restos hallados el pasado año pertenecen a un adolescente de 12 a 14 años, el Zarevich Alexei y a una chica entre 17 y 19 años, en este caso la Infanta María, una de las hijas del Nicolás II.
En el verano pasado se descubrieron los restos tras nuevas excavaciones. Lo hallado se envió a laboratorios en Rusia del Instituto de Genética Vavilov, a laboratorios militares estadounidenses y a un laboratorio especializado de Austria. A pesar de que no es precisamente la Rusia actual el país que deseáramos que fuera, hay que reconocer que el pueblo va recuperando su pasado, y en este caso, la historia monárquica que por décadas los bolcheviques se esforzaron por borrar, con sangre.
Desde el 14 de julio comenzaron los rusos a peregrinar al lugar del asesinato, en Ekaterimburgo, La Iglesia Ortodoxa Rusa, ya canonizó al Zar y a su familia, pero se niega a reconocer la identidad de los cadáveres. El propio Patriarca de la Iglesia se negó a participar en los funerales en San Petersburgo en 1998. En Ekaterimburgo ya fue levantada la Iglesia de la Sangre Derramada, precisamente en el lugar del crimen.
Es el santuario a todas las víctimas de aquel asesinato, pues además de la familia real fueron fusilados el médico, el cocinero, el ayudante de cámara y la doncella de la zarina. En varias ciudades rusas, desde Vladivostok hasta Rostov, se realizaron peregrinaciones y marchas por las principales calles y avenidas para recordar la fecha y honrar a las víctimas del bolchevismo.
La Gran Princesa Maria Vladimirovna viajó desde Madrid a Rusia, y con pesar señaló a la prensa que de nuevo viajaba con ropa de luto. En todas las iglesias ortodoxas rusas del planeta se efectuará una misa en recordación a los asesinados en esta jornada. Una inmensa multitud, que parecía nunca acabar realizaba su peregrinaje hacia el santuario. Iban familias enteras, para demostrar el dolor por la muerte de una familia entera.
El crimen se mantiene en el debate político e histórico actual. Y la figura del zar Nicolás II está recuperando su verdadero rol en la historia rusa, poco a poco se va imponiendo, sobre la de otras personas que llenaron al país de sangre en el mismo siglo XX.
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