¿Cuba en la hora del cambio?
Por Carlos Alberto Giraldo
El Colombiano, Medellín
Tuve que acostarme de afán en una cama de aquel hogar de disidentes. Me pidieron que me quitara la camiseta y los zapatos y me pusieron a fumar tabaco popular, con la TV encendida enfrente. La idea era que pareciera uno más de la familia. Afuera un piquete de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) se dedicó a buscarme junto al cubano que me acompañaba. Era mediodía en La Habana Vieja.
Cinco minutos antes mi acompañante, a quien yo había contactado en el Parque Central, frente al Hotel Inglaterra, me enseñaba un edificio donde la gente de los pisos superiores dividía sus habitaciones con plásticos, en un hacinamiento evidente. Por las escaleras de la edificación chorreaba agua del alcantarillado.
La casera del edificio descubrió a su compatriota enseñándome aquellos lunares de la revolución y llamó a dos tipos de 1.90 metros que trataron de abordarnos mientras descendíamos las escaleras a toda velocidad. Cuando alcanzamos la calle, aquel disidente tenía la palidez de un glaciar. Me dijo: “camina, chico. ¡Camina rápido!”. Unos 60 metros atrás la casera nos increpaba. Pero nunca más miramos atrás. En la primera esquina que vimos doblamos a la derecha y mi guía gritó: “¡corre, chico, corre!”.
En el apartamento de aquel segundo piso aguardamos una hora a que las cosas se calmaran afuera. En el balcón de enfrente, alguien hacía señas que se veían en un espejo grande de nuestro escondite. Finalmente salimos. Mi guía se descolgó por un muro que daba a un lote baldío. Los ladrillos de la pared estaban perforados para meter manos y pies. Era una ruta de escape. Se despidió y dijo: “si me agarran voy preso con una cadena de aquí a Santiago (al otro lado de la isla)”.
Volví a la calle y dos guardias secretos me atravesaron una bicicleta vieja, me pidieron la tarjeta de turista y, entre severos y amables, me recomendaron: “no te metas en líos, vete a gozar La Habana”.
Esa película se rodó el primer día que llegué a cubrir la crisis de los balseros, en agosto de 1994, en Cojimar. Desde entonces sé que en Cuba la gente aguanta y ama su patria, pero que la libertad de expresión es una quimera.
Es admirable el temple de Cuba y los cubanos. Guerreros hijos de indios tahínos, de negros yorubas y de españoles temerarios. Su tenacidad e ingenio han permitido sortear el inclemente e histórico bloqueo de Estados Unidos. Pero con ese mismo estoicismo la gente soporta los ojos y oídos inquisidores del régimen metidos en todos lados. En casi 50 años de castrismo, el disenso callejero ha sido delito.
Hoy asoma el poder menos inflexible de Raúl Castro: en la isla hablan por celular, comen en cualquier lado, navegan por internet y existen pequeños negocios privados. Pero la gente quiere señalar con libertad, por ejemplo, qué logros trajo la revolución y qué fracasos obligan un cambio, más democrático, sin que crítica y verdad signifiquen ‘cárcel por traición a la patria’.
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