¿Quiénes son los monstruos?
Por Jesús Ruiz Nestosa
ABC Digital
SALAMANCA. De pronto, una mañana cualquiera, como dice Kafka en su famosa “Metamorfosis”, en todos los quioscos de España apareció a la venta la película “La parada de los monstruos” (Freaks) en formado de DVD. Si existe película maldita en la historia del cine, es esta.
Cómo habrá sido, que la actriz Mirna Loy, una de las figuras más atractivas de Hollywood en aquel momento, recibió la propuesta de realizar el papel de Olga Blacanova. Pero ella rechazó el papel porque consideraba que el guión era extremadamente ofensivo.
La película fue hecha en los Estados Unidos de Norteamérica en 1932, donde se estrenó el 20 de febrero de aquel año por el director Tod Browning quien ya tenía en su haber un cierto número de películas de terror sobre vampiros y otros personajes folclóricos del género. El público fue a verla pensando que era una historia entretenida, sin muchos sobresaltos, como son las historias que transcurren en los circos: jovencitas bonitas ligeras de ropa, el domador de fieras, los leones, los elefantes, los trapecistas, los equilibristas y, en el peor de los casos, la mujer barbuda.
A poco de comenzar la proyección, los espectadores iban saliendo de la sala, algunos sin disimular su indignación, otros asqueados, y hubo quienes protestaban contra la película pidiendo que debían retirarla de programación. Estos últimos fueron los que ganaron. La película terminó en oscuros depósitos pues la idea era que nadie quería verla.
Como tantas otras obras geniales que en su momento fueron rechazadas y hasta agredidas por los espectadores -incluyendo el “David” de Miguelángel- en 1994, sesenta y dos años más tarde, la película fue seleccionada para formar parte del archivo del National American Registry como “tesoro cinematográfico”.
En su versión original en inglés la película se llama “Freaks” (“Fenómenos”). En su versión española se llama “La parada de los monstruos”, opción por la cual se decidieron muchos otros países. De todos modos ni aquel ni este no son muy lejanos al contenido de la historia que nos narra.
Su director Tod Browning narra una historia de amor, engaños, ambición, crueldad, frustraciones que se entrecruzan alternando con el espectáculo del circo que siempre es visto desde atrás de las cortinas por donde salen los artistas a la arena. El detalle que hace que todo esto resulte distinto a cuanto hemos visto sobre el tema, es que todos los artistas del circo son “fenómenos”: un hombre sin piernas ni brazos, una pareja de enanos, una mujer barbuda, unas siamesas que deben solucionar ciertos problemas cuando una de ellas se casa. Desfilan también hombres microcefálicos a quienes llaman “cabeza de chorlito”, un “hombre cadáver” a causa de su extrema delgadez, contorsionistas. Y como núcleo central el enano enamorado de la belleza del circo, la única que no sufre ninguna anormalidad de todo el conjunto.
El público de la década del 30 vio la película como una ofensa hacia esos “fenómenos” ya que todos ellos eran así en la realidad, no había trucos, ni maquillajes, ni efectos especiales. En ese momento, el público no podía entender dónde se ubicaban los verdaderos “fenómenos” en ese espectáculo de circo. Los “fenómenos” son los espectadores que encuentran un placer morboso en contemplar la manera en que la naturaleza se ha equivocado con estos seres que han hecho de su deformidad una forma de vida y de sustento. Es comprensible porque el director no sólo convierte en “fenómenos” a los espectadores que ocupan las gradas del circo, sino también a quienes ocupan las butacas de la sala de cine. Preocupado por qué se hacen cosas así, un espectador respondió al periodista que le interrogaba: “El argumento es simple, pero es la manera de contar la historia más que la historia en sí misma, lo importante. Y usted realmente necesita recordarse a sí mismo que ellos son personales reales, no actores, y que esta es la manera que ellos conducen sus vidas”.
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