El triunfo de la decencia
Por Armando de la Torre
Siglo XXI
Juan Luis Font, siempre inteligente –aunque con frecuencia demasiado cortoplacista en sus enfoques–publicó el 4 de julio un extraño comentario a propósito de la tan exitosa liberación de los rehenes retenidos cruelmente durante años por las FARC de Colombia.
Para nada alude al profundo drama humano que conmueve y edifica a la opinión pública mundial, sino a una vertiente política muy secundaria como lo es otra posible reelección de Álvaro Uribe.
Inclusive su primera frase (“hay momentos en que es impensable que Dios no sea de derecha”) me parece una ligereza irrespetuosa para todos quienes creemos en la existencia de un Dios que no puede guiarse por nuestros minúsculos prismas ideológicos del momento, sino a lo sumo por aquellos que en nuestra infinita inferioridad llamamos analógicamente morales o éticos y para la eternidad.
El triunfo de los involucrados en una liberación tan estupenda a escala humana, así como de quienes unánimemente la aplaudimos, es, simplemente, el triunfo de la decencia.
Por los todavía inmersos en el relativismo moral –“el fin justifica los medios”– de la dialéctica marxista por supuesto que no se aprecian los quilates del espíritu en ese rescate, pero nunca he creído a Juan Luis uno de ellos, dado el desinteresado idealismo con que lo he visto reaccionar ante otros eventos públicos.
Sobre todo, mucho menos entre aquellos que aprobaron y aún ejecutaron innobles secuestros en nombre de una justicia que decidieron criminalmente honrar con el apelativo de “popular” y que todavía se mueven entre nosotros.
Lo “decente”, del latín decet, esto es, lo apropiado o lo debido, responde siempre a una visión del largo
plazo, es decir, de las consecuencias últimas y para los más de cada acto libre nuestro.
Desde este ángulo, lo decente ha sido pocas veces fácil de reconciliar con el ejercicio del poder de cualquier índole que fuere (según insistiera Lord Acton, “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”). La liberación de Íngrid Betancourt y de otras 14 víctimas de monstruosos secuestradores es una de esas pocas ocasiones, y los periodistas, tan críticos de los fallos ajenos, deberíamos ser los primeros en poner igual o mayor énfasis en sus infrecuentes aciertos, como lo hizo el mismo día Karen Cancinos en su columna.
Además contrasta la forma mesurada y hasta modesta con que se han expresado los protagonistas de esta rara historia con el oportunismo de adversarios charlatanes del Gobierno colombiano, tales como Hugo Chávez y Evo Morales. En este sentido, aunque a algunos pudiera parecer inaceptable, creo menos indigno el silencio sepulcral de Fidel y Raúl Castro, Daniel Ortega y Rafael Correa.
No quiero hacer de esta diferencia de perspectiva con Juan Luis una polémica que sería superficial e innecesaria, porque no lo amerita. Sólo quiero subrayar que lo que acaba de ocurrir en Colombia es una oportunidad maravillosa y casi inaudita de recuperar nuestra fe en la naturaleza humana.
- 28 de septiembre, 2026
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