Investigación: Haciendo más con menos
Por Carroll Ríos
Siglo XXI
No abordaré la necesidad de investigar los actos criminales, ni los malos manejos financieros en el Congreso, aunque espero que expurguen estos casos. Aludiré a la investigación para y desde el mercado, que es de igual o mayor importancia para el momento que vivimos. Este tipo de investigación fue bautizada con el nombre de Investigación y el Desarrollo (I&D), del inglés Research and Development (R&D). Ella tiende a incidir positivamente en el crecimiento económico. A fin de cuentas, sólo saldremos de la pobreza y las crisis si creamos riqueza.
Lo malo de la I&D es que es costosa; lo bueno es que mejora la productividad. Los competidores se burlaron del fabricante de acero, Andrew Carnegie, cuando contrató al químico alemán Dr. Fricke. Los estudios que hizo Fricke en distintas minas revelaron que los minerales más afamados de hecho contenían menos hierro que los de escasa reputación. Estos conocimientos mejoraron la toma de decisiones de la empresa, al punto que el biógrafo de Carnegie escribió que si los competidores hubieran sabido la verdad, entonces, “hubieran reconocido que no podían darse el lujo de no contratar [a un químico]”. (Rosenberg & Birdzell, How the West Grew Rich)
Imagino que las iniciativas de I&D en Guatemala tienden a ser reducidas en comparación con otros países, y quizás más empíricas que científicas, aunque se comenta que la industria azucarera ha hecho avances significativos en esta área. Un estudio que realizó la economista Sophia Aguirre, en relación con los factores determinantes del crecimiento económico en Guatemala, encontró que la I&D local tiene un efecto positivo en el factor de la productividad. El punto, entonces, es que debemos potenciar la I&D en el país.
Para ello, es preciso erradicar de nuestras mentes dos mitos respecto de la investigación en el oeste industrializado. Primero, otras civilizaciones privilegiaron la investigación científica sin que ésta tuviera impacto económico. La clave no es la mera abundancia de científicos ni de estudios académicos. Fueron las reglas del juego o las instituciones que crearon este clima favorable para la innovación, una innovación que alimentó el entorno económico. Segundo, la respuesta no es crear un ente gubernamental centralizado que subsidie los estudios. Lo que realmente ocurrió, aclaran Birdzell y Rosenberg, es que hubo orden en la sistematización del conocimiento, pero un saludable desorden en cuanto a su generación. Es decir que el método científico brindó un lenguaje común a todo el que quisiera hacer ciencia, facilitando la experimentación y la comprobación de hipótesis. Pero los protagonistas actuaban por iniciativa propia, sin dirección central, sin barreras de clase, desde el campo, la fábrica o el aula.
El cambio engendra la innovación. Repliquemos esa difusión del poder para llevar a cabo y utilizar innovaciones, y para cosechar las ganancias o pérdidas producto de las mismas. La I&D florece en entornos descentralizados, autónomos y diversos.
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