La crisis de Lisboa
Por Por Enrique Serbeto
ABC
Al Tratado de Lisboa le persigue la misma maldición que la famosa “estrategia” a la que también bautizaron con el nombre de la prodigiosa capital portuguesa, que se ve bien en la mesa del consejo pero no funciona en la realidad. Da pena utilizar aquí la palabra crisis después del abuso de eufemismos con el que se ha profanado el significado de la palabra, pero no se me ocurre otra forma de definir lo que está pasando con el proyecto europeo.
Tal vez puedan salvar el tratado utilizando alguna artimaña, que para eso no les falta ingenio en Bruselas, aunque será un esfuerzo vano: el divorcio entre las instituciones europeas y la población es de tal calado que no hay ninguna posibilidad de que se pueda dotar de legitimidad popular a ninguna medida, reforma, elección, directiva, ratificación, o simplemente a cualquier pregunta sobre la evolución de la UE. El nuevo deporte de moda es el cantazo a Europa. Muchos europeos han dado la espalda a la UE y los que aún no lo han hecho, no están dispuestos a mover un dedo por defenderla. Una estructura política que ya no se atreve a someter sus planes al examen de sus administrados porque sabe de antemano que serán rechazados, no funciona correctamente y está condenada al fracaso.
Ahora es todo nerviosismo. Después de este nuevo bofetón del referéndum irlandés, la Comisión Europea hasta ha lanzado un plan de ayuda humanitaria a los sectores más afectados por la crisis de los alimentos, como si el presidente José Manuel Barroso se hubiera vuelto peronista en busca de “descamisados”.
Demasiados años de europeísmo ilustrado y de culpar desde las capitales a Europa de todos los males habidos y por haber. Las instituciones europeas son -salvo honrosas pero contadas excepciones- un cementerio de políticos caídos en desgracia, que están esperando la menor oportunidad para volver a sus países de origen, servidos por una marabunta de funcionarios que trasiega alocadamente documentos donde no hay más que propaganda. Sigo pensando que la Unión es el futuro de todos nosotros y que debe ser un faro para el mundo. Pero por desgracia en Europa ya no hay líderes y en Bruselas sólo quedan chupatintas.
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