“El principio de Peter” y… ¿nepotismo?
Por Armando de la Torre
Siglo XXI
¿Por qué tantas prevenciones contra el nepotismo en la administración pública, dirá alguno, si el favoritismo mutuo entre allegados es lo más natural del mundo para cualquier grupo de personas que se arriesgan a emprender?
Porque la administración pública difiere del todo de la privada.
Esta última se endereza a la obtención de un lucro mediante la inversión del dinero de sus socios. De lo contrario, no sobreviviría a la competencia implacable del mercado.
A la administración pública, por otra parte, se le prohíbe lucrar (es decir, distribuir dividendos entre dueños que por definición ni tiene ni puede tener). La seguridad de sus finanzas depende estrictamente de la recaudación de los tributos mejor llamados impuestos.
A este respecto, muchos olvidan que el lucro, además de constituirse en una ganancia monetariamente mensurable, la única que hace posible la creación de empleos, de rentas y de capitalizaciones, es, al mismo tiempo, un sistema infalible de información, que nos entera de si lo que hacemos lo hacemos bien al gusto de nuestros consumidores (y por eso lucramos), o mal (y en consecuencia perdemos).
A las empresas estatales –en su casi totalidad monopolios legales– les falta ese criterio tan decisivo.
En su defecto, se rigen por las prioridades políticas fijadas por los poderosos de turno, plasmadas en los presupuestos oficiales.
Tales prioridades de políticos poco o nada se suelen relacionar con análisis de costos/beneficios factibles, como lo ha documentado ampliamente la Escuela de Virginia de análisis de las opciones públicas. De ahí lo fácil, y hasta inevitable, que se malbaraten recursos extraídos a la fuerza de los contribuyentes, quienes ciertamente harían mejor uso de los mismos.
Si a ese hecho se añade que las designaciones para puestos públicos se hayan basado en el parentesco, el compadrazgo, el clientelismo o el amiguismo, la administración queda gravemente expuesta a toda ineficiencia y corrupción.
Y si todavía le agregamos el secretismo tan del gusto de los poderosos, nos explicaremos el frecuente rechazo generalizado a las alzas de los impuestos, o aun a la mera conveniencia de recaudarlos.
Porque es éste el panorama insoslayable el que abona la pobre moral tributaria que el BM o el FMI condenan ritualmente, sobre todo en países como los nuestros.
Quienes aún abrigan esperanzas de remediarlo empiezan por proponer una mejora en la calidad del gasto público, pero casi siempre con el adicional supuesto equivocado de que a lo que la autoridad resuelva habremos de resignarnos.
Hace años se sugirió una implementación presupuestaria alterna a base cero, esto es, que cada año habría de justificarse la existencia de cada una de las agencias gubernamentales, y sus respectivos rubros de gastos, como si nunca antes hubieran existido. Desconozco qué devino de tal propuesta, pero me temo que no haya sido del agrado de casi ningún legislador, como tampoco de los burócratas al servicio del Ejecutivo.
Lo que me recuerda por asociación “el principio de Peter”.
El pedagogo canadiense de ese nombre (1919-1990) tocó el tema del nepotismo de refilón, pues su preocupación principal era la práctica de ascensos por antigüedad en las jerarquías estatales. Dada su larga experiencia, había concluido que tal criterio llevaba irremisiblemente a cada funcionario a ocupar su posición de respectiva máxima incompetencia.
Para mí, el nepotismo tiene efectos similares: cada designado a dedo por cualquier funcionario dotado de la discrecionalidad conducente también acabará por mostrarse incompetente, o no necesitaría del continuado favor nepotista.
Y así, siempre pagamos todos en la medida en que se nos despoja de una parte legítima de lo que nos hemos ganado honradamente, para hallar al final que sobre nuestras cabezas deciden toda clase de incompetentes y corruptos… aquí, en China o en la Conchinchina.
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