Argentina: El campo ante un gobierno falaz
Por Manuel A. Solanet
Fundación Futuro Argentino
La dirigencia agropecuaria está dispuesta a negociar sobre las retenciones, aunque con la incertidumbre de prestarse nuevamente a la estrategia de un gobierno que ha demostrado ser falaz. Es razonable de todas maneras, que lo haga. El conflicto requiere una solución y hay un desgaste que no sólo ha perjudicado seriamente al Gobierno, que es quien lo ha ocasionado, sino también puede alcanzar al campo si no lo intenta nuevamente. Vale la pena un repaso de las circunstancias vividas.
El llamado del gobierno al diálogo, a fines de marzo, fue el argumento para reclamar la finalización del primer paro agropecuario. Si recordamos que el motivo de la reacción del agro había sido la introducción de retenciones móviles y abusivas, se podía suponer que aquella convocatoria era para discutir y revisar esa medida. Diversos sectores, cercanos o alejados del gobierno, incluyendo la Iglesia, pidieron a los dirigentes agropecuarios que se sentaran a dialogar y suspendieran la protesta. La invitación oficial parecía una cuestión de mera civilidad y rehuirla se podía entender, hace dos meses, como una necedad o abrigar otras intenciones. Respondiendo a esa lógica y a ese espíritu, las cuatro entidades decidieron una tregua de treinta días y fueron al encuentro con los funcionarios.
En esos treinta días de tregua se hizo evidente que el Gobierno no tenía intención real de ceder ni cambiar las retenciones móviles. El ex presidente Néstor Kirchner demostró que tenía el mando y que por su mente no pasaba la idea de modificar lo actuado, sino el propósito de vencer (“poner de rodillas”, se dijo) al agro en el conflicto. Hubo todo tipo de gambetas y maniobras. Por ejemplo, en forma unilateral y sin tratarlo previamente con los negociadores, el Jefe de Gabinete y el ex ministro de economía anunciaron subsidios a los pequeños agricultores que teóricamente compensaban el aumento de las retenciones. Fue un intento evidente de dividir a la contraparte suponiendo que la Federación Agraria y Coninagro se darían por satisfechos, pero no lo lograron y el mayor rechazo provino justamente de estas entidades.
Los hechos seguían desmintiendo la repentina vocación dialoguista de un gobierno que se caracteriza por lo contrario: el monólogo hegemónico, y que estiraba los tiempos con todo tipo de subterfugios. Accedió a acordar la liberación parcial de las exportaciones de carne y de trigo. Parecía un avance. Pero no: el comisario Guillermo Moreno lo neutralizó negando o demorando permisos que manejaba desde su Secretaría. Mientras tanto se consumían rápidamente los 30 días de la tregua y el Jefe de Gabinete y otros voceros daban cátedra de sofismas en todas sus variantes. Seguían exaltando “el diálogo” como un avance importante, casi como un fin en sí mismo. Los representantes del campo intentaban una y otra vez de tratar el tema de las retenciones móviles, pero tenían la sensación de estar recorriendo un laberinto engañoso que no conducía a ningún lado. En algún momento el Jefe del Gabinete pareció llevarle a Néstor Kirchner una milimétrica insinuación de tratar las retenciones. Los decibeles del rechazo pusieron a Alberto Fernández al borde del despido. Lo disimuló ante los medios con más sofismas para explicar lo inexplicable. Martín Lousteau no soportó las circunstancias y dejó vacante el Ministerio de Economía por tercera vez en pocos meses.
El campo, en sus dirigentes y particularmente en sus bases, volvió enojado al paro por un plazo limitado. No había otro camino pero, inteligentemente, evitaron esta vez los cortes de rutas y el desabastecimiento. El gobierno apeló entonces a la estrategia de la descalificación y el desgaste. Especuló con el natural cansancio de la gente cuando un conflicto se prolonga, y empleó a fondo medios y publicidad. Siguió exponiendo la falacia de que había convocado “generosamente al diálogo” y que el campo se rehusaba al mismo y a “abandonar privilegios en perjuicio del pueblo”. Con singular audacia, hasta le adjudicó ser el causante de la inflación.
Al filo de la terminación del plazo establecido para el segundo paro, la Presidenta dio otro discurso, esta vez en el acto partidario en la cancha de Almagro. Su cónyuge le cedió el micrófono y, sin mencionar específicamente al campo, llamó “a todos los argentinos” a la concertación plural y el diálogo, mientras a pocos metros se producían, una vez más, graves enfrentamientos entre facciones sindicales. La palabra presidencial fue seguramente una jugada elaborada para retornar a la estrategia del laberinto. Los dirigentes de las cuatro entidades agropecuarias estuvieron más propensos a no prolongar el paro, pero las bases, avisadas y escarmentadas por los engaños anteriores, exigieron que haya previamente un compromiso de corregir la medida del 11 de marzo y de cumplir los acuerdos de carne y trigo. Sin ese compromiso, la nueva invitación oficial sonaba a engaño. Consecuentemente, el paro fue nuevamente prorrogado. Los sofistas del Gobierno, esta vez con la actuación estelar del ministro del interior, Florencio Randazzo, y del gobernador del Chaco, Jorge Capitanich, salieron a los medios de comunicación a sobreactuar su extrañeza ante la infinita maldad de los dirigentes rurales por rechazar el generoso ofrecimiento de la Presidenta. Los acusaron de querer satisfacer ilimitadas ambiciones y de dañar al país. Después de haber abusado impositivamente del campo y de haber burlado a sus representantes durante dos meses, el gobierno desarrolló la táctica de convertirse de victimario en víctima. Lo cierto es que en los últimos días, contando con el cansancio de la población, consiguió la condescendencia de gran parte del periodismo y logró una solicitada de implícito apoyo de entidades empresarias de la industria, la banca y el comercio, usualmente más sensibles a los calores y presiones oficiales.
Si la dirigencia agropecuaria vuelve al diálogo será para obtener algunos cambios en el sistema de retenciones móviles. No será mucho, pero ya ha logrado demostrar que el campo está dispuesto a poner límites. Es el momento de replantear las estrategias, las acciones y los argumentos para que la gente no tenga dudas de que, si el gobierno no revisa sus enfoques, la Argentina camina hacia daños mayores y más profundos.
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