Etica, democracia y autoritarismo
Por Diego Márquez Castro
Correo del Caroní
Hace diez años visitó nuestro país el filósofo y académico español Fernando Savater, en el marco de la celebración del sexagésimo aniversario de la Contraloría General de la República, oportunidad que le fue propicia para entrar en contacto con los venezolanos mediante diálogos, encuentros y entrevistas. Era un año electoral en el que se perfilaba como triunfador quien vapuleaba con un verbo de mesías vengador la democracia surgida en 1958. A Savater no se le escapó la situación que contextualizaba su paso por nuestras tierras.
Efectivamente, en una de sus conferencias, el filósofo habló de la ética como una reflexión sobre la libertad y en ese sentido enfocó el tema de la democracia, sobre lo cual expuso: “La ética, es decir, una ética laica y universalista es el eje, el disco duro, digamos, de cualquier concepto de democracia. Un pensador francés actual, Lipovetsky, en su libro El crepúsculo del deber, lo ha expresado de una manera muy concreta: ‘el código genético de las democracias modernas es una ética universalista laica’. Funciona como lo que está adentro, digamos. El mensaje escrito dentro de la democracia es esa ética universalista laica”. Seguidamente, el pensador destacó los planos de relación de la ética con la política y viceversa para concluir que “la ética es una actitud, una reflexión individual sobre la libertad propia en relación con la libertad de los demás y con la libertad social en que nos movemos. No puede ser la ética sustituta de la reflexión política”.
En ese orden de ideas, Savater desplegó sus razonamientos en torno a temas que engloban tres conceptos fundamentales: moral, política y ética, sobre cuyas relaciones y áreas de competencia dijo: “La moral es una permanente reflexión del sujeto sobre su calidad de sujeto; en cambio, la política es algo que se refiere a la función y actuación de los grupos humanos. En una palabra, la ética se ocupa de lograr mejores personas y la política de lograr mejores instituciones. Naturalmente que en una sociedad que tenga buenas instituciones es más probable que las personas tengan más facilidad y necesiten derrochar menos heroísmo, para comportarse con dignidad”.
Posterior al golpe de 1992, en los años siguientes, la sociedad venezolana fue sometida a un bombardeo constante de mensajes descalificadores de la política y los partidos políticos que provenían, posiblemente con la mejor buena fe, de distintos sectores de la vida nacional que, con no menos razón, reclamaban del liderazgo político de aquel momento, una reflexión y acciones concretas sobre el rumbo que debería tomar la democracia en nuestro país, amenazada como estaba de ser vulnerada por los efectos de un fenómeno mesiánico. Dentro de esa perspectiva, el filósofo dejó deslizar los siguientes pensamientos de advertencia: “Es evidente que el sueño de la política aspira a juntarse con una serie de valoraciones que emanan de la reflexión ética. Hay un marco ético o ético-político que sirve como telón de fondo sobre el que se proyectan el desarrollo, la radicalización y la profundización de la democracia. Muchas veces se dice que la política es algo abominable, es algo que está siempre en manos de personas corruptas, es el mundo del partidismo, en el sentido más bajo de expresión. Se olvida, planteando así las cosas, que en las democracias políticos somos todos. De modo que lamentar lo malos que son los políticos sería venir a lamentar lo mal que ejercemos como políticos”.
El proceso electoral de 1998 estuvo signado por los efectos de un discurso corrosivo y engañador, el típico canto de las mitológicas sirenas. Se reclamaba a gritos un caudillo militar y el caudillo llegó… para quedarse. Savater percibió la situación y en tal sentido avizoró los peligros del autoritarismo sobre lo cual hizo referencia directa: “El autoritarismo no tiene nada que ver con la democracia. En la democracia los ciudadanos son los que fundan las leyes, los que eligen. No hay más autoridad en la democracia que la que los ciudadanos eligen. Entonces, todo autoritarismo, si es una autoridad por encima de la voluntad de los ciudadanos, es la peor corrupción que existe. La peor corrupción que hay es la que secuestra el poder de los ciudadanos y se la guarda un señor porque dice que va a hacer un mejor uso con él”. Ya en 1819, Simón Bolívar, en su discurso dirigido al Congreso de Angostura, dio la voz de alarma al respecto: “La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un ciudadano el poder.
El pueblo se acostumbra a obedecerle, y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía”. ¿Conclusión?
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